Al frente de la Asociación Femenina de Fútbol Argentino, fue elegida por la BBC como una de las cien mujeres más influyentes del mundo. Así es la historia de superación personal de esta ex jugadora profesional, que logró el reconocimiento sin nunca perder su esencia.


La vida de Evelina Cabrera es un canto al sacrificio, entendiendo el significado profundo de esta palabra, que es el “sacro oficio”, el oficio sagrado que se hace honrando lo que uno ama y entregándolo; por una costumbre errónea, ahora lo vinculamos con dolor o pérdida, pero no es ese su verdadero sentido. “Yo nací en un lugar donde, por ser pobre y mujer, siempre tuve el no de antemano. Por más que haya sido valiente viviendo en la calle, la sociedad te limita cuando querés proyectar, así que como el no ya lo tenía, me mandé siempre de caradura con lo que sentía, nunca me detuve en el cómo, porque sé que mi arma es ir para adelante, lo que me trajo hasta acá fue creer en mí”, comenta esta mujer que, sin duda, tiene la camiseta bien puesta.

Dicen que cuando el deseo es claro, el universo se hace cómplice. Si no, basta mirar el recorrido de Evelina. Comenzó siendo futbolista, según ella, bastante mala, pero con un hambre que la llevó lejos. Por cuestiones de salud, tuvo que retirarse de las canchas, pero no renunció a su pasión y empezó a estudiar para ser entrenadora. Junto a otras compañeras fundó la Asociación Femenina de Fútbol Argentino (Affar), la cual preside. Debido a su lucha por la igualdad social y de género, fue invitada a cerrar el foro de las Naciones Unidas en Nueva York. Como si esto fuera poco, formó también el primer equipo de fútbol ciego femenino de Buenos Aires. “Yo no planifiqué nada en mi vida, yo fui haciendo. Muchas veces me preguntan con qué sueño, y para no pincharles el globo digo que con esto o aquello, pero en realidad, te soy honesta, yo no sueño: yo hago. Creo que esa es la clave, porque nada te va a caer del cielo”, cuenta con naturalidad.

Escuchándola y haciendo uso de todos los lugares comunes, podríamos decir que la historia de supervivencia de esta mujer que inspira sin proponérselo ayuda a sacudir conciencias y genera una identificación masiva. Evelina no tiene tiempo para perder en cosas vanas, tiene que entrenar jugadoras, hacer trabajo social en los rincones más vulnerables y gestionar misiones imposibles. “Yo no soy un discurso de un rato, yo milito todos los días haciendo cosas para los demás, voy de callada y me meto en cualquier barrio a ayudar a la gente, hago más cosas en silencio que las que digo y muestro en las redes”, declara orgullosa.

–Aparte de toda tu actividad, sacaste Alta negra, un libro de resiliencia en el año resiliente por excelencia. ¿Qué te llevó a escribir tu autobiografía?

–Una visionaria. Si lo planificaba no me salía (risas). Se agotó y tuvo una segunda tirada. Están pasando cosas muy fuertes con el libro. El otro día, una nena me dio una carta donde me decía: “Yo estuve trabajando cinco años limpiando una casa y el dueño abusaba de mí todos los días, yo lo justificaba diciéndome que al menos podía estudiar, hasta que me compré tu libro y leí una parte en donde vos contás casi la misma anécdota y que te fuiste: ese día yo también me fui”. Casi me muero. Yo escribí un libro sin pensar en todos los que sufren violencia, porque una piensa que le pasó a una nomás. Lo escribí para que el día de mañana no me vengan a correr por el lado de las cosas que hice. Me mandé mil cagadas, pero me mostré tal cual soy.

–Sos la voz de muchas personas invisibilizadas.

–Estoy tratando de procesar todo lo que me está pasando, estuve mucho tiempo encerrada, salí y de repente la gente me reconoce, me cuenta su vida, llora. La semana pasada en terapia le dije a mi psicóloga que no sé si puedo con esto, yo soy una soldada, me banco la pelea, los ataques. Los soldados, cuando están en guerra, están a full, pero cuando están en paz, no saben qué hacer. No sé cómo reaccionar ahora que la gente me está acariciando, estoy aprendiendo yo también.

–¿No se te ocurrió pensar que parte de tu camino, quizá, sea dar un mensaje diciendo que, pase lo que pase, siempre se puede? Ahí sembrás una semilla, pero no sos responsable por los otros.

–Es lo mismo que me dice mi psicóloga, María se llama, hace tres años que voy con ella, es una fuera de serie. Me dijo: “Asumí lo que pasa con la gente, abrazalos a ellos y a la situación, y después es tema de cada uno”. Siempre digo que, a medida que una se construye, se va poniendo distintos trajes, el de Miss Simpatía, el de negociadora, pero se van rompiendo con el tiempo, se van destiñendo y una tiene que resistir. Yo no sé si estoy preparada para esta exposición, para que la gente sea tan demostrativa y dulce conmigo.

–Si me tuvieras que describir tu 2020, ¿cómo lo harías?

–Fue un año muy difícil. Más allá, obviamente, de que fue bravo para todos, en lo emocional fue realmente complicado para mí. Yo me separé hace dos años y medio y al principio era la Difunta Correa, estaba llena de botellas, me faltaba el pibe en la teta, literal, estaba todo el día triste. A finales de 2019 me estaba recuperando, me mudé con una amiga futbolista, porque necesitaba estar con alguien, y ahí nomás empezó la pandemia. Mi amiga es de Córdoba, así que se fue para allá y de repente me tenía a mí sola. ¡No sabés lo que era estar encerrada en mi casa, me faltaba la ruedita y era un hámster! Me di cuenta de que fui una persona que siempre le escapó al silencio, pero, bueno, sobreviví.

«Los que salen adelante son los que aprenden a adaptarse. No te podés negar a un cambio, pero sí podés ser la mejor versión de vos misma dentro de ese caos que, te guste o no, está pasando»

–Hiciste de todo, ¿podés contarme algunas cosas que ideaste en pandemia?

–Lo primero que hice en la cuarentena fue comprar un aro de luz, porque si iba a vivir de esto, me tenía que mostrar. Cuando arranqué tenía diez mil seguidores en Instagram, ahora tengo trescientos mil, gestioné todo el tiempo. Junto con la Institución, construimos la Comunidad Affar, que fue que por cada persona que estudiara online, donábamos un kilo de alimento a distintas organizaciones que lo necesitaban. Muchas empresas se nos bajaron, el único que nos ayudó fue AFA. Se inscribieron un montón, logramos que la gente cumpliera con el aislamiento haciendo algo productivo, que era formarse, y gracias a eso muchas personas recibieron un plato de comida.

–En un año en donde muchos no pudieron reinventarse, vos creaste desde las cenizas.

–Siempre digo que los que salen adelante son los que aprenden a adaptarse. No te podés negar a un cambio, pero sí podés ser la mejor versión de vos misma dentro de ese caos que, te guste o no, está pasando. Estoy cansada del discurso de los grandes aconsejadores que te dicen: “¿Para qué vas a invertir tu tiempo acá, mirá cómo está el país?”. Esa frase la escucho desde que nací. ¿Sabés qué? El país va a seguir como siga, el tema es qué hacés vos con eso.

–Trabajás mucho con chicos. ¿Pensás que es más factible sembrar en ellos otras creencias, como, por ejemplo, que está bien que una chica juegue al fútbol o que quiera ser dirigenta?

–No solamente con las chicas, con los chicos también. Al principio, cuando empecé, hacía mucho hincapié en las pibas, y después me di cuenta de que tenemos que trabajar la idea de que está bien hacer lo que sientas de maneras iguales. En esta pandemia, hablando con muchos hombres del ambiente del fútbol y otros lugares, me di cuenta de que varios de los que tienen ese discurso machista no están convencidos de las cosas que militan para la foto, por decirlo de alguna manera. Entonces es una locura, porque de ahí para abajo es toda una mentira, pensá que esa gente cría niños. A mí me pasa que voy a trabajar a los barrios y los pibes me dicen: “¿Por qué entrenás a las pibas y a nosotros no?”. Y tienen razón, ellos ya vienen con otro chip, yo soy un desastre, cero pedagógica. En realidad, me entrenan los chicos a mí (risas). El año que viene saco un libro para ellos, por el momento no te puedo contar más.

–¿Qué significa el reconocimiento a nivel internacional que te hizo la BBC de Londres?

–Me pone muy contenta, porque una hace cosas y muchas veces cree que nadie está mirando. También siento que confirma más la teoría de que nadie es profeta en su tierra: yo fui reconocida por la revista The Economy, diserté en la ONU, me premiaron en España… En lo personal me sirvió para reconfirmar que no está mal hacer lo que una siente, aunque tengas a todos en contra; no es que soy una loca que promuevo algo que está mal, al contrario, yo lo que quiero es que empecemos a deconstruir cosas arraigadas que no nos sirven.

«Siento la responsabilidad de la capitana que no abandona el barco. Quiero irme a una provincia, trabajar en un club y mostrarles a las demás que no hay una necesidad inmediata de venir a Buenos Aires»

–“Las Lorenzas”, los vivos de Instagram que surgieron en cuarentena con Dani la Chepi, son furor, tienen 30 mil personas mirándolas. ¿A qué pensás que se debe?

–¡Un flash! Muchas dicen que perdieron su trabajo o se les murió gente y esperan a la noche para reírse con nosotras. Pudimos bajar línea, con humor y hablando de sexo desprejuiciadamente, de las cosas que no está bueno que naturalicemos, como, por ejemplo, que no es ser gauchita coger cuando no tenés ganas. A partir de eso, muchas marcas me dijeron que no podía hablar así. Yo estaba preocupada y se lo comenté a María (sí, otra vez mi psicóloga), y me lanzó una pregunta genial: “¿Vos llegaste hasta acá siendo correcta, Evelina?”, así que fui auténtica y todas las marcas me renovaron. Este año fue de mucho trabajo de aceptación conmigo misma.

–¿Estás con algún club ahora?

–No, estuve desempleada todo el año pasado. En medio de la pandemia me llamaron de un montón de clubes de Europa para trabajar allá la parte social, pero decidí quedarme a ayudar a los que están acá, por lo menos hasta que termine todo esto. Siento la responsabilidad de la capitana que no abandona el barco. Quiero irme a una provincia, trabajar en un club y mostrarles a las demás que no hay una necesidad inmediata de venir a Buenos Aires. Me parece que es importante predicar con el ejemplo. Quiero sentar un precedente porque después es un efecto dominó: lo hace uno y lo hacen todos.