El caracterizador, diseñador de imagen e ilustrador está en su momento más verdadero: disfruta de su nueva pasión, deconstruye el oficio del maquillaje y recapacita sobre el presente.


Damián Brissio silencia su celular y lo deja apoyado sobre la mesa del bar mientras peina su jopo y pregunta si es muy temprano para tomar una cerveza. “Ya fue, estamos en confianza, hagamos de esto un momento más real”, dice el ganador del Premio Hugo a mejor maquillador por la obra Cabaret, que lejos está de ser el estereotipo glamoroso de una persona que trabaja en el medio. De hecho, nada tiene que ver con esa versión falsa de nosotros mismos que queremos vender por Instagram.

Acostumbrado a moverse en todos los ámbitos, reconoce que la cuarentena exacerbada a la máxima potencia la vivió cuando hizo un videoclip donde estaba a cargo de la dirección de vestuario, pelo y make-up desde Buenos Aires mientras el director comandaba el rodaje desde Miami y el equipo filmaba en Santa Fe. “Fue una locura total, pero creo que eran las cosas que había que hacer como para ver el límite de la conectividad, si bien conseguimos resultados óptimos, me quedó la sensación de que le faltaba alma a lo que estábamos haciendo”, dice Damián.

Quizás la locura es lo único que lo cura a uno, y más en situaciones extremas. Después de hacer kilos de pan con masa madre, haberse intoxicado con lavandina y liberar su cuerpo del demonio de Marie Kondo, Pichino, como lo llaman sus amigos, empezó a ilustrar y hacer linografía sin saber que se estaba reinventando una vez más. “La resiliencia fue la palabra más comentada de esta cuarentena porque si no la aplicábamos nos agarraba un infarto espiritual”, explica.

«Hay una diferencia grande entre ser maquillador y ser caracterizador: la pauta del make-up convencional es poner linda a una persona, y la de la caracterización es la creación de un personaje que tiene una historia»

–¿Cómo impactó el cambio de paradigma en tu trabajo?

–A principio de año, con el parate, vi que muchos colegas estaban subiendo indiscriminadamente tutoriales de maquillaje y me dije “hay un montón de gente contando el paso a paso de las cremas nocturnas para las patas de gallo, yo quiero hacer otra cosa”. Creo que hubo una saturación de material con una calidad dudosa. ¡Ojo! Me encanta que la gente haga, pero no creo que todos tengamos que hacer todo, todo el tiempo, así que me detuve a recapacitar, pasando por la luz y la oscuridad, sobre mi profesión y mi laburo desde otro lugar.

–¿Me podrías compartir algo de esa recapacitación?

–Hay una diferencia grande entre ser maquillador y ser caracterizador: la pauta del make-up convencional es poner linda a una persona, y la de la caracterización es la creación de un personaje que tiene una historia, un contexto sociocultural, un problema de salud físico o psicológico, no siempre está impecable y es una construcción que se logra en sintonía con el guionista, el director y los intérpretes. Amo ser el mejor en lo que hago, obviamente, pero no me parece que siempre tenga que resaltar; hay veces que mi trabajo está perfecto cuando no se nota. Hoy elijo contar una historia y ser parte de un acto creativo en conjunto.

–En toda esta introspección y redescubrimiento, ¿con qué otras cosas te reencontraste?

–Con un hobby que tuve desde siempre pero nunca me animaba a mostrar: dibujar diseños propios. Me compré los elementos para hacer linografía, que es calado con gubias, y me puse a practicar de manera intuitiva hasta que adquirí la técnica. Los dibujos fueron llenándose de mi estilo, por momentos un poco oscuro, por otros muy luminoso, con un toque esotérico, hasta que el emprendimiento tomó vida propia; lo llamé ODA y le abrí una cuenta de Instagram, @oda.study. Primero llegó un encargo de una florería de Uruguay; luego una galería me propuso vender mis obras, y ahora estoy con un proyecto de estampa de tela para una marca de ropa. A lo que sea que haga, me interesa ponerle mi impronta.

–Sos el caracterizador de las dos temporadas de la exitosa serie brasileña Coisa Mais Linda, de Netflix, situada en los años 50. ¿Cómo llegaste a formar parte de esa experiencia?

–Hace años viví en San Pablo, y la productora ejecutiva con la que hice mi primer audiovisual allá me llamó para ofrecerme el puesto. Llegué y caí en unos estudios tipo El Globo, doscientas personas trabajando, infinidad de extras, un delirio. Me tuve que informar y documentar para poder aportar mi mirada desde un lugar humilde, porque no dejaba de ser un argentino contando una historia brasileña atravesada por la bossa nova, ¡imaginate! Me ayudó mucho la gente con la que me tocó laburar; había una mujer maravillosa de sesenta años llamada Gloria que sabía cómo se peinaba en ese momento, porque era negra, venía de una favela y tenía la data real de esa época, aprendí mucho.

–¿Pudiste ponerles tu impronta a esas cuatro mujeres tratando de empoderarse en Río de Janeiro?

–Pude deconstruir, desde el maquillaje, esa fantasía de Televisa de que la mujer se levanta llorando con la boca pintada de rojo impoluta. Dejémonos de joder, son mujeres reales, no muñecas. Las actrices participaron mucho y así conseguimos el grado de verdad que exigía cada personaje. Estoy agradecido de haber formado parte de ese equipo. Después me ofrecieron hacer la historia del Sandro brasileño, pero quería volver, yo sigo eligiendo la Argentina. Además me encanta lo ecléctico de hacer una megaproducción en Río y venir acá a hacer Cosquín o Jesús María con la Sole.

–Desde hace años trabajás con la imagen de la Sole Pastorutti. ¿Qué me podés decir de la experiencia del show por streaming desde el Movistar Arena que vendió más de 20 mil tickets?

–Fue un despliegue enorme de producción desde la puesta, las luces y las visuales. Era su cumpleaños número 40 y lo que más quería era homenajear a su público. Laburamos en la parte estética apostando a encontrar lo icónico y peculiar yendo a su esencia, porque la moda es pasajera pero el estilo permanece. Sole tuvo un cambio radical que responde a un proceso interno que yo acompañé como amigo y profesional, lo construimos entre los dos. Me llena de orgullo, es un sueño cumplido. Yo siempre pido cosas al universo, hay que decretar, no hay límites, pero también hay que ayudarse.

–¿Qué fue lo último que decretaste?

–Comprarme Disney, debe de haber bajado un poco el precio con esto de la pandemia (risas). No, hablando en serio, lo último en lo que me estoy concentrando es en “la verdad”, eso me está atravesando, creo que es la única forma de ser, de trabajar y de permanecer. Lo real es un tesoro muy preciado y más en este momento que vivimos, donde todo es una gran mentira, donde un like en Instagram toma una dimensión y un valor exacerbado. Yo prefiero cultivar una vida más auténtica.

–Como diría Krishnamurti: “No es sano estar bien adaptado a una sociedad profundamente enferma”. ¿Creés que a partir de lo que estamos viviendo pudimos reconectar con lo verdaderamente importante?

–Creo que el que no logró hacerlo es porque está siendo mala persona o estúpida. Están desde marzo recordándonos cuántos muertos hay por día, inyectando el miedo permanentemente, nos adormecen mientras atrás están pasando un montón de cosas que desconocemos, y estoy hablando a nivel mundial. Es preocupante ver cómo estamos explotando los recursos naturales. ¿De qué dólar me estás hablando si no vamos a tener tierras ni agua potable? Hay que hacer un reset completo, me parece que tenemos que seguir despertando porque hay pocos conscientes. De todas maneras, creo que la empatía es un valor profundo que esto nos dejó.

–¿Qué pensás de tu vuelta laboral al nuevo escenario incierto y prometedor que se viene?

–Afortunadamente, vuelvo al ruedo: viajo otra vez a Brasil para hacer la serie Maldivas, que es la nueva apuesta de Netflix para 2021, con un elenco de lujo, pero ya no me imagino estando a un ritmo enloquecedor. Adquirí una valoración del tiempo distinta, siempre fui una persona epicúrea, no sólo por la comida, sino también porque me gusta la siesta, el mate, el sol, yo soy de Arequito, ahora hago yoga y todo. Quizás lo nuevo sea aprender a decir que no a algunas cosas para así darles espacio a las que valen verdaderamente la pena.