La madurez de una estrella que es mucho más que una ex ídola teen, la resistencia de un clásico total del heavy metal y lo nuevo de una banda porteña que es pura potencia y talento. Suban el volumen.


Miley Cyrus – Plastic Hearts

Sony Music

Miley Cyrus acaba de cumplir 28 años y parece haber vivido ya mil vidas. En una de ellas, la casa que compartía con su hoy ex esposo, Liam Hemsworth, en Malibú, fue devorada por un incendio forestal. Todo se perdió allí, incluido el material que formaría parte de una trilogía de álbumes. No se amilanó, siguió adelante y como parte de su renacer (de las cenizas) tiró a la cancha su séptimo disco. Inteligente, vio una puerta de escape en el rock y lo metió, en dosis mayores, en una coctelera donde también entraron el pop bailable, las baladas de inspiración country que tan bien le sientan –y donde el álbum se toma bienvenidos respiros–, colaboraciones bien elegidas (su alma gemela Dua Lipa en “Prisoner”, el ochentoso Billy Idol en “Night Crawling”, la magna Joan Jett reptando, sensual, en “Bad Karma”) y una intensidad que, si bien jamás le fue ajena (tanto en la vida privada como en su carrera), aquí aparece mejor direccionada y concentrada que nunca. Bien por ella.

AC/DC – Power Up

Sony / Columbia

En medio del caos, con el cantante arrastrando una sordera irreparable, el fallecimiento de Malcolm Young en 2017 y los problemas judiciales del baterista, la vuelta de AC/DC parecía un tuit archivado. Pero los australianos resurgieron como el ave fénix emboinado en Power Up, una colección de doce canciones que hablan el único idioma que conoce la banda: rock & roll. Los eternos odiadores no tardaron en aparecer y tildaron al 17º álbum de Young y compañía como repetitivo y poco original. Allá ellos, porque en realidad nadie quiere que AC/DC experimente con otros sonidos o haga otra cosa. Nadie. El quinteto se levanta de una época trazada por las desgracias con riffs entretejidos de los Young (Angus y su sobrinito de 63 años, Stevie), el tándem sonoro y preciso de Rudd y Williams y la voz revitalizada e inconfundible de Brian Johnson, que se calzó un audífono especialmente diseñado para él. La tormenta pasó, la calma y el rock se volvieron a encender.

Bestia Bebé – Gracias por nada

Laptra

Melancolía rock me lo hizo entender. La paráfrasis constructiva de la famosa línea de Páez le calza justo al cuarto disco de los Bestia Bebé. Entre imaginativos arpegios y riffs (debuta el violero Boul Viche y está a la altura), las inspiradas letras del cantante Tomás Quintans –a propósito: qué bueno es cuando un vocalista va de frente, como él– vuelven a brillar con su carga de nihilismo, ironía, observación ausente de filtros, sabiduría barrial y el referido trazo melancólico. Son once temas que van de las clásicas operaciones del letrista partiendo de lo simple para terminar hablando de algo que no lo es tanto (“Un documental sobre mí”, “El podio del TC”, “Música de suspenso”), canciones mid-tempo introspectivas (“¿Qué clase de ciudad es esta”, con Santiago Motorizado y Mora Sánchez Viamonte; “Eucalipto”) y otras que recorren caminos ya transitados por la banda de Boedo, aquellos que le dieran su bien ganada fama (“Media docena de maleducados”). Un gran disco.