Martín Ron • El alquimista de las paredes

El artista callejero que le esquiva a los ránkings y prefiere concentrarse en la pintura, aprovecha los paredones olvidados como su paño XL para dar vida y color a los espacios de la ciudad.


La Boca, Caseros, Palermo, Villa Urquiza, Fuerte Apache. Londres. Moscú o Miami. El Hospital de Clínicas, el puerto de Buenos Aires y el subte. Un festival de música en Bélgica. En cualquiera de estos lugares, y tantos más, podemos cruzarnos con los trazos hiperrealistas, en 3D y los colores saturados, el sello de autor, del artista visual y callejero Martín Ron, nacido hace 39 años en Caseros, provincia de Buenos Aires, y considerado uno de los mejores del mundo su metier.  

Ron le esquiva a los ránkings, prefiere concentrarse en la pintura, en aprovechar paredones olvidados como su paño XL para darles vida y color, para dejar un mensaje. Seguro que viste un Tevez enorme atrás de la cancha de Boca, o un luchador de Sumo en Palermo, o una alegoría al atentado de la Amia en el Hospital de Clínicas. O ahora, cuando pasás por debajo de la General Paz, ya no ves puentes grises y decadentes, sino un entramado de líneas y colores. Detalles que nos hacen la vida urbana un tanto más llevadera.

Ron es una de las caras destacadas de la remake de la campaña de Fila, que “retoma el concepto #ChangeTheGame -cambiar el juego- y presenta historias reales para incentivar a vivir sin prejuicios ni estándares”, según destacan desde la marca, que en febrero cumple 110 años. Allá por los 80’ tuvieron como referentes al escalador Reinhold Messner - el primero que subió el Everest sin la ayuda de oxígeno- o el tenista Björn Borg, precursor en la vestimenta a todo color, una osadía en aquellos tiempos para el entonces conocido como deporte blanco. Es así que hoy retoman ese concepto para darle fuerza a esta idea, reconociendo y valorando a las personas que pudieron romper los estándares sociales y superar las barreras para expandir sus propios límites.

Por eso consideran que Ron, con su arte, sus murales a gran tamaño, con su osadía, responde a ese espíritu. “Desde chico, cuando empecé a pintar, que soy crítico de lo tradicional, y empecé cambiando las reglas de juego, pintando en la calle. El arte urbano hoy es popular, pero cuando arranqué no habia indicios, más que algunos graffitis. Al no haber referentes, sentía que iba a ciegas, me preguntaba si era un camino, un hobby o algo transitorio. Pero confiando en uno mismo, uno siente que puede armar circuitos y mundos con sus propias reglas”, dice Ron al teléfono, mientras camina por las calles de Lomas de Zamora, en un alto en el primer trabajo -que aún no puede revelar de que se trata- desde que arrancó la cuarentena.

Los primeros pasos en este pequeño gran acto revolucionario que es embellecer paredes, fue allá por el año 2000. Eran tiempos en que no había redes sociales, y el arte urbano llegaba en cadenas de mail, attacheado en power points. Así, se fue contactando y conociendo artistas alrededor del mundo. El arte urbano, señala Ron, tiene que ver con “genenar una contracultura, hacer las cosas difererentes”.  

A los 4 años, Ron ya pintaba, a los siete les dijo a los padres que quería aprender y así fue a escuelas y talleres de arte hasta los 15. Sin embargo, en ese cúmulo de incertidumbres que es la adolescencia, recuerda que perdió un poco la vocación. Hasta que en el fatídico 2001 empezó a estudiar ciencias económicas y se tomó a la pintura como un hobby. Ron salía todos los fines de semana a pintar. “Fue un camino de evolución, cumplí con todas mis satisfacciones personales. Y ya no pude parar”, agrega.

“El mejor consejo para pintar un mural es conectarse con la pared. Hay algo simbólico, porque sí o sí hay que darle la espalda a todo lo que está atrás.”

–¿Cuándo empezaste a vivir del street art?

-–En 2007 fueron apareciendo algunos laburos, empecé a trabajar de profesor de plástica, y a meterme en movidas solidarias en la Municipalidad de Tres de Febrero, donde armé un proyecto que buscaba artistas invisibilizados para generar un espacio de encuentro en la vía publica: pintar murales, poner en valor y hacer más lindo el barrio. De a poquito, Caseros se convirtió en un polo de arte urbano. Después vinieron otros municipios y hoy los murales forman parte del paisaje urbano. Ahí vinieron más trabajos y comenzaron los viajes por el mundo. Después del 2010, el auge de las redes ayudó mucho y en 2011-2012, participé en convocatorias abiertas en la Capital de festivales de arte urbano. Ya ahí fue todo bastante rápido, la viralización ayudó, mi obra gustaba, y con la posibilidad de compartir generé un perfil internacional.

¿Cómo se banca un artista callejero?

–Hay coleccionistas que compran obras, murales para hacer en oficinas, corporaciones, locales comerciales. Pero lo que más legitima a los artistas son los festivales internacionales, la puesta en valor de una ciudad, que es bancada por ONGs, gobiernos o aportes privados. Se invita a referentes de diferentes partes del mundo a pintar, y llega el turismo a ver que pasa. Se genera desarrollo estético que potencia a la ciudad, un desarrollo inmobiliario con focos y circuitos turísticos, un museo a cielo abierto. Se crean nuevos circuitos, como Wynwood en Miami, un barrio olvidado que hoy es el más cool.

–¿Cómo es tu proceso creativo? ¿Qué cosas te inspiran?

–La Inspiración parece que llega como un rayo que dice hoy voy a pintar esto y aquello, pero el proceso crativo es un movimiento constante. Como en cualquier disiplina, uno va generando situaciones en el hacer, y en ese hacer vas escarbando, encontrando. No es que yo pienso en determinada propuesta y voy a buscar la pared. Voy caminando, veo la pared, conecto con la pared, y la propia experiencia hace que haga un recorrido. Transito el barrio, y más o menos sé por donde ir. Ahí digo: acá puede funcionar algo de gran impacto, una gran figura, y empiezo a trabajar desde esa primera impresión que evoque eso que me pasó en ese flash. 

–¿Hacés un boceto a pequeña escala o trabajás directamente sobre la pared?

–Lo mejor es tenerlo cerrado. Un error de escala no es grave pero después da mucho trabajo arreglarlo. Se trabaja en chico y después se traspasa a grande. Lo podés llevar cerrado o abierto. Abierto es, por ejemplo: yo se que acá va a funcionar un niño tratando de volar. Empiezo a pintar y me permito jugar con un free style en el fondo, pinto la figura principal sin tener el fondo definido. Tengo alternativas que me van a dar un panorama más claro en el boceto, pero otra cosa es verlo en el edificio. Después de diez días pintando y viendo el entorno me vienen mas ideas. Veo cuáles son las expectativas de la gente, que pasa en el lugar, escucho historias, al vecino que me carga el agua. Y así también hago algún homenaje o guiño para el mural.

–¿Con cuánta gente trabajás?

–Con dos asistentes: Nicolas Dicianno y Mariana Parra. Si son proyectos más grandes o participativos convoco a otros colegas y nos vamos ayudando.

¿Que estuviste haciendo durante esta cuarentena?

–Descansé mucho, y estuvo buenísmo, porque lo necesitaba, venía de dos años muy al palo. Refexioné, hice introspección y me pregunté que hubiese pasado si esto me pasaba a mi en pleno auge. Los que están emergiendo no pueden pintar en la calle. Se cayeron los circuitos, las muestras, los concursos, las galerías, todo lo relacionado con el arte. Sentí un poco de culpa, porque hay gente que la está pasando mal. Así que a los cuarenta días organicé el primer concurso de arte en el balcón de mi casa. La idea era intervenir puertas, resignificar el objeto que nos mantiene encerrados, la puerta que era para salir a jugar, la que nos cuida, nuestro blindaje. También pinté muchos cuadros, aproveché para experimenter líneas, parodiar la hiperconectividad, porque había una saturación de vivos, de sorteos, ya todo por demás. Y como soy de llevar la contra, agitarla, hice un concurso de chancletas con medias. Quería pintar cuadros que dejaran testimonios de esta época, y era cliché pintar personas con barbijos. Así que me ví en chancletas y medias, como todo el mundo, pedí que me manden fotos, llegaron de a miles, y regalé un cuadro. Son cosas lindas que dejan me dejan un buen recuerdo de la pandemia. El orgullo de haberme mantenido activo en esta nueva calle, que es la virtual. Seguí haciendo lo que había que hacer, irrumpir la realidad, modificarla, hacer lo mismo con lo que tenía a mano, seguir cambiando las reglas del juego. 

¿Qué consejos darías a los que están arrancando?

–El mejor consejo para pintar un mural es conectarse con la pared. Hay algo simbólico, porque sí o sí hay que darle la espalda a todo lo que está atrás. Hoy, por las redes, hay mucha saturación de información, de hacer algo y ser alguien rápido. Pero eso te saca del camino, querés acelerar y estás arando en barro. Hay que desconectarse y conectarse con lo que a uno le gusta, el resto aparece por añadidura. El que le guste pintar que pinte, y si le gusta que lo haga con la disciplina de hacer algo de calidad, una propuesta que supere el nivel, que no sea algo más. Constancia, disciplina y autocrítica. No hace un bir-biri, sacar una foto, postearla y ver cuantos likes tuvo.

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