Los Estados Unidos eligieron nuevo presidente. Y, en una votación polarizada, las celebridades jugaron sus cartas para “despedir” a Trump. Fandoms, influencias, popularidad, enojos y campañas virtuales en la era de las redes sociales.


Luces, neón, show. Redes sociales, militancia brava, apoyos confesos y el glam de las celebridades entrometiéndose en un terreno áspero: la política. Hay quien entendió en la letra de “Canguro”, del rapero argentino Wos, una especie de manifiesto en contra de Mauricio Macri. “Que haga lo que quiera pero sáquenlo”, escupía el joven músico en octubre de 2019. Algo más de un año después, entre imágenes tomadas con drones de carreteras transitadas, médicos colocándose barbijos y la bandera de los Estados Unidos flameando, Joe Biden lanzaba su último spot presidencial.

De fondo, la épica de la épica: suena “Lose Yourself”, esa especie de “Gonna Fly Now” 2.0 que Eminem le cedió al candidato demócrata. El espíritu de Rocky en los tendones afiebrados del político de 77 años y flamante presidente de los Estados Unidos. En una elección cerrada que tuvo récord de participación en la historia de los estadounidenses (unos 145 millones de votos), se necesitó de, justamente, épica para triunfar. Por eso, de pronto, las estrellas quisieron sentirse parte.

El 7 de noviembre de 2020, con los resultados consumados, Lady Gaga, una de las artistas que se cargó al hombro la campaña azul, tuiteó una imagen abrazada a Biden. “Joe Biden, Kamala Harris y el pueblo americano (sic) tuvieron uno de los mayores actos de humanidad que jamás haya visto”, agitó la cantante. Gaga es oriunda de Nueva York, estado en el que los demócratas cosecharon 55,7 por ciento de los votos y que aportó unos 29 valiosos electores al conteo final.

Entretanto, la televisión –o el establishment de la comedia televisiva– se puso corrosiva cuando, en 2016, Alec Baldwin personificó a Donald Trump besándose en la boca con un miembro del Ku Klux Klan. Por esos días, Saturday Night Live satirizó el apoyo de David Luke, antiguo líder de la organización racista, al entonces candidato a presidente. Y desde Aristófanes hasta acá, la comedia se caracterizó por formar parte del pensamiento filosófico, político, económico y social. Después de celebrar Halloween con Barack Obama (en 2013, YouTube es testigo), SNL jugó a plantar una bandera para sacudir otra: le dijo “no” al republicano y les dijo “sí” a los demócratas.

Si bien desde el entorno de Biden y Harris aseguran que su campaña estuvo seteada a contrapelo de las redes sociales, donde Trump hizo pie y utiliza al dedillo (basta con revisar los tuits revulsivos posteriores al 3 de noviembre), las celebridades pusieron sus propias cuentas a disposición. Desde ahí, una especie de militancia inorgánica que entronizó desde el escritor antitrumpista Stephen King (lo odia con su alma) hasta la camaleónica socialite Kim Kardashian (que peló foto sonriente con Donald y después, sin solución de continuidad, celebró a Joe). Al costado, su marido, el rapero Kanye West, que apoyó a Trump, también fue inorgánico y se lanzó como presidente. En esta aventura sin marco teórico, West cosechó unos 60 mil votos. “Hice campaña por el otro candidato pero voté por usted”, le dijo el payaso Krusty a Bill Clinton en Los Simpson.

Los sacudones políticos de la administración Trump en plena pandemia subrayaron la existencia de un problema de fondo: una especie de prefascismo retórico que opacó algunos de los logros de la economía durante su gestión.

Una vez más, only in America.

Pero más atrás, celebridades como Katy Perry se entrometieron hasta el tuétano para traccionar votos. De hecho, la cantante pop se convirtió en la defensora número uno de la ex candidata demócrata Hillary Clinton. Por eso, en su revancha (a esta altura de la soirée, casi una cuestión personal), llamó a votar por Joe Biden.

En la vereda de enfrente, el célebre rapero Lil Pump (bautizado erróneamente por Donald como “Little Pump”) fue uno de los más acérrimos defensores del oficialismo. “No voten por el somnoliento Joe”, tiró Lil enfundado en una gorra roja que ya es en sí mismo objeto de devoción de la cultura pop: Make America Great Again. En la misma sintonía, Ice Cube y 50 Cent bancaron en redes sociales a la administración republicana. ¿El motivo de esta banca? El proyecto demócrata de la suba de impuestos a las grandes fortunas para quienes ganen más de 400 mil dólares anuales. Si les tocan el bolsillo a los raperos, qué quilombo se va a armar.

Por su parte, hay un dato electoral interesante que sobrevuela en los resultados de la última elección: el “voto NBA”. En todas las ciudades en las que la NBA tiene una franquicia, Biden y Harris consiguieron un resultado positivo. Salvo en Oklahoma, un histórico estado republicano. ¿Casualidad o consecuencia directa de la campaña Black Lives Matter? La incomodidad ya venía desde hace tiempo, cuando los sulfatados equipos de Milwaukee Bucks, Memphis Grizzlies y Dallas Mavericks decidieron no alojarse más en hoteles del presidente de los Estados Unidos.

Un devenir similar tuvieron las ciudades con franquicias de la NFL: en todas triunfó Biden. Salvo en Green Bay, casa de los Packers, donde Donald Trump realizó un mitin de campaña. Todo deporte es político. Y todas las redes sociales, voces y expresiones de sus deportistas suenan y resuenan en el electorado estadounidense. ¿Cambia el voto? Difícilmente. ¿Crea un clima? Posiblemente. El juego mental es el siguiente: imaginen por un instante si astros del estilo de Leo Messi, Manu Ginóbili o Gabriela Sabatini jugaran para tal o cual candidato político.

Así las cosas, enfundada en un bucito blanco con un corazón que rezaba la inscripción “Joe”, Lady Gaga cerró la campaña de Biden. Cantó “Shallow” y “Yoü and I”, dos de sus últimos hits. “No es el momento de quedarse sentados”, se justificó desde un atril azul. Unos días después, con el maquillaje corrido de llorisquear y mientras se abanicaba con sus propios dedos, Gaga subía un video a Instagram diciendo: “Este país va a cambiar. Estoy emocionada”.

Y en la foto ganadora (con los 270 votos electorales ya embuchados), un puñado de jóvenes demócratas festejaron al ritmo de “All I Want For Christmas is You”, ese temazo inmarcesible de Mariah Carey. Se volvió viral y la diosa Mariah se ensanchó orgullosa. Ella es una de las que, junto a Shakira, Jim Carrey, Mark Ruffalo, Millie Bobby Brown, Michael Moore, Chris Evans, Salma Hayek, Camila Cabello y Jennifer Aniston, entre otras tantas estrellas de Hollywood, celebró el triunfo demócrata.

Por ahí también anda Sacha Baron Cohen, responsable de Borat 2, film que chicanea algunas de las tradiciones republicanas y que dejó expuesto a Rudolph Giuliani, ex alcalde de Nueva York y una de las personas más cercanas a Donald Trump, ante una situación incómoda. “El pueblo habló. La democracia funciona”, tiró el comediante en su cuenta de Twitter. La ficción como arma electoral.

Los sacudones políticos de la administración Trump en plena pandemia subrayaron la existencia de un problema de fondo: una especie de prefascismo retórico que opacó algunos de los logros de la economía durante su gestión, como el crecimiento continuado de su PBI y de las exportaciones, los récords bursátiles y otro tendal de indicadores positivos hasta comienzos de 2020. La gestión del covid-19 dejó un saldo negativo: las miles de vidas. Enseguida, por las dudas, no bien le avisaron que sería presidente, Biden se ajustó fuerte el barbijo.

En tanto, revolviendo en algunos otros motivos que exceden al bolsillo y a lo sanitario, el electorado estadounidense estuvo disconforme con el corrimiento del presidente hacia el centro radicalizado de su núcleo duro. Y el disgusto se profundizó por cómo encaró mediáticamente el asesinato de George Floyd a manos de la policía en Mineápolis, Minesota. “Que haga lo que quiera pero sáquenlo”, habrá pensado Lady Gaga cuando le dio “enviar” al tuit del 7 de noviembre: “Trump, por favor, sé parte de una transición pacífica para que nuestra transición sea pacífica también”.