El bótox o los rellenos de ácido hialurónico no son ninguna novedad, aunque el uso extendido y desmedido en personas cada vez más jóvenes plantea un interrogante: ¿por qué muchxs quieren convertirse en un clon inflado de la hermana más rica del clan Kardashian?


“En la sociedad del aquí y ahora parece mucho pedir que los jóvenes entre 18 y 30 años esperen a varias limpiezas de cutis para mejorar su aspecto. Si las Kardashian se pinchan y luego van a almorzar como si fuera lo más normal del mundo, ellos exigen lo mismo.”

El artículo que destaca esta frase, publicado en el diario El País de España, da cuenta de un fenómeno que crece al vertiginoso ritmo de un scrolleo en Instagram: rostros calcados, rasgos modelados, bocas de ilustración erótica que rozan la caricatura y pieles tan jóvenes y tersas como el catálogo de filtros de nuestro smartphone. Los rellenos, que se popularizaron hace más de veinte años con el famoso bótox surgido en los noventa como la panacea para detener el paso del tiempo, hoy toman el nombre hashtaguero de “#fillers” y encuentran en el ácido hialurónico la nueva expresión de una cara hecha a la medida del movimiento influencer, que hoy parece dominarlo todo. Ya no se trata solamente de no tener arrugas, de ser joven por siempre o incluso de querer operarse la nariz como esa actriz de Hollywood con rasgos perfectos e inalcanzables. Hoy, gran parte de las adolescentes de clases medias y altas del mundo entero aspiran a una belleza ficticia creada en redes sociales y modelada con base en jeringas y pinchazos exprés. Una técnica que ha hecho y hace mucho en favor de la belleza y de las correcciones estéticas sin cirugía pero que hoy, convertida en exceso adolescente, puede resultar peligrosa.

Un fenómeno global

Inglaterra es hoy uno de los epicentros de este desfase estético. Allí se dispararon las consultas entre los y las menores de 18 años adictos a los fillers, en un loop de pinchazos sin licencia médica que no para de crecer. “Hay chicas de 17 años que encuentran perfectamente natural querer que les hagan un relleno, tan natural como querer que les compren un bolso. Lo consideran un equivalente a ir a la peluquería”, dice el doctor Nick Milojevic, que dirige la Milo Clinic, en Harley Street, Londres. “En este momento tenemos nuevas herramientas y nueva clientela. Hasta ahora, el objetivo principal era ralentizar el proceso de envejecimiento y evitar las operaciones quirúrgicas. Sin embargo, ahora hay chicas de 18 años que no están interesadas en contener ese envejecimiento, sino en conseguir la transformación física. Lo que quieren son pómulos más altos y labios más gruesos”, sentencia.

En los Estados Unidos, los fillers también se picaron. Allí, la American Society for Aesthetic Plastic Surgery expone que el uso de inyectables es un negocio que alcanza las siete millones de intervenciones anuales y que los más jóvenes, aquellos que están entre los 19 y los 35 años, son un mercado más que pujante: el uso de inyectables ha aumentado un 30 por ciento en esa franja en sólo un año.

Sin entrar en detalles de nombres o características de actrices, cantantes e infuencers argentinas que hacen de los fillers su religión a tempranísima edad, basta con hacer un breve recorrido por el universo vernáculo de las redes sociales para dar cuenta del fenómeno. 

“Los rellenos empezaron a colocarse en lugares como mentón, mandíbula, contorno de la cara y nariz, porque fueron siendo cada vez más eficientes en su calidad, en su durabilidad y en su bioseguridad”, explica el doctor Richard Lingua, médico especialista en estética. ¿Pueden modelar la cara? “Sí, lo más asombroso son las rinorremodelaciones con una técnica que se llama bioplastia, que puede rellenar el perfil del tabique y la base de la nariz y así remodelar el tamaño y el perfil para eliminar imperfecciones. En pómulos, mandíbula y mentón logra un mayor sostén para la piel con un efecto lifting. Los fillers, al perfeccionarse, hacen que la gente empiece a adoptarlos de manera más temprana, porque funcionan de forma preventiva ante la aparición de flaccidez, surcos o arrugas sin llegar a la cirugía. Por eso se han vuelto tan populares”, explica.

Consultado sobre la adicción a estos procedimientos, Lingua analiza el fenómeno desde el lado del “proveedor”, dejando un punto de vista claro en cuanto a la responsabilidad de la sobreexposición a los rellenos. “El perfeccionamiento de los procedimientos estéticos no invasivos va por detrás de las demandas que establecen, por ejemplo, los medios de comunicación, el cine, las series o las redes sociales. El Photoshop hace que siempre el paciente pida la piel de un determinado personaje, y es muy difícil hacer entender que ahí hay mucho maquillaje, mucho filtro. Hay una demanda que crea un ideal sociocultural al que la gente puede montarse o no con diferentes grados de intensidad, pero eso es lo que provoca en la industria el querer estar siempre a la altura de esas necesidades”, sentencia.

My lips don’t lie

Hoy rellenarse los labios es en apariencia tan fácil y rápido que las más jóvenes, incluso menores de edad, salen de sus casas a practicarse alguna de estas intervenciones a escondidas de sus padres. Como si se tratase de aquel tatuaje prohibido que muchos nos hicimos en un acto de rebeldía adolescente, los centennials ya no se escapan a una galería a dibujarse de manera permanente una flor o un ideograma chino en la piel, sino que huyen, en muchos casos, al centro de estética de una shopping, que funciona como si se tratase de una peluquería en donde la mayor locura era raparse o teñirse el pelo de violeta.

El sitio de noticias XL Semanal relata el caso de Emily, una joven británica que usó todos sus ahorros para verse como Kylie Jenner, la hermana menor del clan Kardashian. “Emily empezó a hacerse rellenos de labios en febrero del año pasado, cuando aún tenía 17 años. Estaba paseando con una amiga y se fijó en el cartel pegado a la puerta de una peluquería. Entró, dijo tener 18 años en el formulario que le hicieron rellenar, concertó una visita para la semana siguiente y volvió con una serie de fotos de Instagram. Quien la atendió le explicó algunos de los riesgos, indicó que por el momento no podía aumentarle los labios en tanta medida como ella quería y le cobró 200 euros por un relleno de un mililitro. El hombre en ningún momento le exigió ver un documento de identidad que confirmara sus años. ‘Me salieron unos moretones enormes –recuerda Emily–, pero el resultado fue fantástico.’ Su madre reparó en la hinchazón y se quedó horrorizada. ‘Pero la sesión me la había pagado yo con un dinero que me había ganado trabajando los sábados. Le dije que tendría que aguantarse’, reconoce Emily.”

Estos casos se multiplican a medida que avanza en redes sociales el bombardeo de fotos de celebridades casi púberes exhibiendo sus labios artificialmente carnosos con total normalidad. En el plano mundial, la influencer Kylie Jenner, la joven empresaria más rica del mundo según la revista Forbes, muestra el antes y el después de su transformación facial y populariza el hashtag #fillers como un espejismo al que sus 195 millones de seguidores en Instagram podrían (y deberían) llegar. La hija menor del imperio Kardashian acaba de pasar los 23 años y es quien más influye a las jóvenes de todo el planeta a través de sus redes sociales. Su rostro se asemeja más al de la cantante de country Dolly Parton (reina absoluta del universo de las cirugías plásticas) o al de Cher (la cantante que acaba de cumplir 74 años) que al de una ídola teen de belleza clásica y fresca.

La dismorfia se naturaliza hoy cada vez más, con referentes de la música adolescente suscribiendo a esta peligrosa tendencia. La cantante Tini Stoessel, en el plano local, estrenó en su último videoclip una boca agrandada, de labios milimétricamente esculpidos, que parece intencionalmente artificial, como si la moda fuera cruda y explícita: “Tocate la boca que está bien; todas lo hacemos; cuanto más grande, mejor; y no te preocupes por lo que dirán, que hoy lo importante no es simular naturalidad, sino todo lo contrario”.

Aunque parezca que esta costumbre llegó para quedarse y los rellenos prematuros en exceso son lo más normal del mundo, las consecuencias a largo plazo pueden traducirse, paradójicamente, en un indeseado y absurdo envejecimiento prematuro. Así lo señala la edición estadounidense de Vogue en su último número, donde destaca: “Too much, to fast, will age you” (“demasiado, muy rápido, puede avejentarte”), poniendo énfasis en dos puntos. Primero, lo que muchos ya sabíamos: el bótox, a largo plazo y en personas muy jóvenes, puede detener la tensión natural de los músculos faciales y hacerlos caer en picada si no se aplica otra dosis de manera urgente. Como si se tratase de una droga de las más adictivas, el cuerpo siempre pedirá más. Segundo, lo que muchos y muchas temen: el exceso de fillers, el maravilloso ácido hialurónico desperdigado a borbotones por cada rincón de nuestra cara, exagerando nuestra boca hasta convertirla en los famosos labios de utilería de la duquesa de Alba, provoca un efecto de estética uniforme en grupos de personas con rangos etarios tan disímiles como los veinte o los sesenta años. Sí, Charlotte Caniggia a sus 27 puede verse exactamente igual que Graciela Alfano a sus sesenta y pico, y la cantante Dua Lipa, que arrancó con los fillers a los 22, podría terminar con la cara igual de inflada que Madonna casi sin darse cuenta.

Y todas nosotras, si nos seguimos pinchando cada vez más temprano, corremos el riesgo de vernos, mucho antes de lo esperado, como el hijo pródigo de Walter Mercado y la duquesa de Alba.