Un viaje de la ciudad al campo, disfrutando de las bondades y el confort del renovado modelo más vendido de GM en Sudamérica.


Cuando dejamos de usar mapas en papel o seguir las indicaciones de ese amigo que pacientemente nos dibujaba paso a paso las instrucciones, calles, autopistas e intersecciones para llegar a una quinta inhóspita en las afueras de la ciudad, nuestra dependencia al celular se desarrolló tanto que hoy no podríamos hacer ni tres cuadras sin GPS.

Es cierto, ahora todo resulta más fácil. Basta con poner la dirección en el navegador y que una agradable voz nos vaya guiando, nos acompañe si estamos solos y se asegure de que lleguemos a nuestro destino sin posibilidad alguna de perdernos. Salvo que nos quedemos sin señal, que se corten los datos o se extinga la batería del smartphone. Ahí sí, estamos a la deriva.

El año pasado, en un viaje por la Costa Oeste de los Estados Unidos, volvía manejando desde San Diego a mi Airbnb en Los Ángeles cuando de repente, con la batería casi extinguida, mi teléfono simplemente murió. El Waze dejó de funcionar, la amable locutora que me iba indicando cada autopista y cada salida no habló más y, mientras se hacía de noche, entré en la desesperación de buscar algún hotel o restaurante donde pudiera enchufar mi celular.

Así, completamente incomunicado y sin un mapa de papel a la vista, maldije a la tecnología y terminé dando vueltas en falso por la glamorosa West Coast.

Hace unos días, cansado hasta el hartazgo de contemplar la misma maqueta urbana de aislamiento donde vivo desde hace más de ocho meses, acepté la invitación de una pareja de amigos para visitarlos en el campo donde habían decidido pasar unas semanas. Quería salir de la ciudad, además, para estrenar mi nuevo Onix en un escenario distinto.

Esta vez no me preocupé por el celular. Si tenía poca batería, el auto mismo me la cargaba apoyando el teléfono en la base del tablero; si me quedaba sin señal, el Onix tenía su propio sistema de wifi en la pantalla central, desde donde podía acceder a mapas, mandar mensajes o hacer cualquier consulta cibernética sin depender del smartphone.

Así, me conecté al sistema MyLink, que permite un nivel de conectividad 4 con MyChevrolet App y es compatible con smartwatchs. Con esta nueva app pude desde consultar informaciones de la computadora de a bordo hasta climatizar el auto a la distancia. Y si ocurría algún imprevisto, el sistema OnStar estaría ahí para salvarme: con sólo apretar un botón accedía al servicio de asistencia de la marca durante las 24 horas, con una operadora a nuestra disposición.

La transición entre el contexto urbano y la ruta fue suave, casi imperceptible. El Onix es compacto por fuera y amplio por dentro, lo que me permitió maniobrar sin dificultades en la cochera de mi edifico y viajar cómodo en mi asiento de cuero, de respaldo alto y distinguido, al dejar la ciudad. La caja automática de seis velocidades y el motor turbo fueron la combinación perfecta para un trayecto que al principio estuvo plagado de semáforos y tráfico intenso y luego se volvió plano, desértico, ideal para agarrar algo de velocidad. Viajé seguro con los seis airbags del Onix y sus luces de regulación automática; fui cambiando de música a pedido por el sistema de wifi, y llegué superconectado, bien entrada la noche, al medio de la nada, a un campo donde pude olvidarme de todo y, finalmente, dedicarme a descansar.