La miniserie de diez episodios producida por Cristina Ricci para Prime cuenta la historia de Zelda Sayre y su relación con el gran escritor F. Scott Fitzgerald.


«Ella es lo que quiero, y es el comienzo de todo», eso escribió Francis Scott Fitzgerald sobre Zelda Sayre, quien sería su mujer y el amor de su vida. La miniserie de diez episodios producida por Cristina Ricci para Prime habla del «comienzo de todo» en lo que a esa historia se refiere. Y Ricci, que es una actriz talentosa y una mujer inteligente, se reserva para ella el protagónico, que juega con la solvencia de siempre.

Scott y Zelda Fitzgerald fueron la pareja emblemática de los años de entreguerras, de los americanos jóvenes y cultos que, como Hemingway, Gertrude Stein y tantos otros, recalaron en el Paris de los años ’20 y ’30 y se emborracharon y divirtieron tanto como produjeron libros y obras de arte. Todos quedaron inmortalizados en la más bella que veraz «París era una fiesta», y de manera un poco más cruel y autorreferencial en la novela más efectiva del propio Scott, «El Gran Gatsby«.

Lo que la miniserie narra es la antesala de aquellos momentos, los días en que ambos eran jóvenes y bellos y querían conquistarlo todo en el sur profundo y aristocrático de los Estados Unidos. La historia se basa en una biografía sobre Zelda, y ella es la voz que cuenta (por momentos) los hechos.

Nueva York es tan protagonista de esta etapa, con su mezcla de filósofos y coristas (como después titularía Fitzgerald a uno de sus libros de relatos), como el foxtrot, el jazz y la gloria de Hollywood Tallulah Bankhead.

La historia está contada con profundidad y sin fuegos artificiales: lo primero hubiese encantado al matrimonio Fitzgerald, lo segundo quizá los hubiera desilusionado un poco. Pero nosotros, espectadores, agradecemos ambas cosas. El matrimonio fue burbujeante y trágico en iguales proporciones, y el origen de la relación contada aquí nos hace entrever todo eso. Ricci y su compañero David Hoflin, que personifica a un gran Scott, contribuyen a enaltecerla cada segundo que están en pantalla.

«Uno no se da cuenta de la belleza de algo hasta que lo pierde», son las primeras líneas de Zelda en la serie. Y podrían perfectamente ser su síntesis.