Escritora, filántropa y activista, la estadounidense que fundó Amazon junto a su ex esposo Jeff Bezos es dueña de una fortuna que asciende a los 68 mil millones de dólares. Todo sobre la vida de esta millonaria que dona su dinero a favor de la equidad racial y la igualdad de género.


Que siempre hablemos de las mujeres en términos de con quiénes estuvieron casadas no es algo que debería seguir sucediendo, y sin embargo, en 2020, todavía es moneda corriente. Si encima esas mujeres se encuentran en la esfera pública, son intelectuales, deportistas, artistas o políticas, el escrutinio es aún menos piadoso. Por eso, en un escaneo por los titulares de las últimas semanas sobre MacKenzie Scott, la reciente ex esposa de Jeff Bezos (dueño de Amazon), no sorprende el enfoque: cómo obtuvo su fortuna volviéndose la mujer más rica del planeta en menos de un año o su nuevo carácter de “divorciada”. Casi como si Scott no hubiese tenido una vida previa. Y lo que es peor, minimizando el rol que tuvo en el éxito de la empresa de su ex marido.

“Lo que se suele dejar de lado es el hecho de que MacKenzie ayudó a su esposo a comenzar esta histórica compañía, empezando por acceder a dejar su vida y mudarse de Nueva York a Seattle. Es también parte de un patrón de cómo son contadas las historias de las compañías de tecnología, en donde se borran los muchos individuos que ayudaron a construirlas en favor del ‘genio solitario’”, explicó la periodista Louise Matsakis en la revista Wired. Tampoco es casualidad que muchas de esas personas sean mujeres.

Tanto históricamente como hoy pareciera que se necesita más “evidencia” de que una mujer es competente, importante o inteligente, plantea Marie Hicks, autora de Programmed Inequality. How Britain Discarded Women Technologists and Lost Its Edge in Computing. Pero además de ser la ex pareja de Bezos, MacKenzie es escritora, empresaria y filántropa.

¿Quién es esa chica?

Nacida y criada en San Francisco, California, Scott se graduó con honores en una prestigiosa universidad de la Ivy League, Princeton, con una licenciatura en Inglés y una pasión por las letras que la llevó a estudiar con Toni Morrison, ganadora del Premio Pulitzer, quien en diversas ocasiones la describió como “una de las mejores estudiantes”. Scott, además, publicó dos novelas, The Testing of Luther Albright y Traps, y ganó un American Book Award en 2006. Pero por si necesitábamos más testimonios de las capacidades y solvencia de Scott, esta no fue observadora pasiva del éxito de su marido sino que fue cofundadora de la empresa.

Luego de graduarse, Scott se casó con Bezos, a quien había conocido trabajando en una empresa de fondos de inversión de Nueva York. Y fue en 1994 cuando fundaron Amazon, proyecto del cual ella formó parte desde el comienzo. Scott fue la contadora y es considerada una de las empleadas “más antiguas” (su matrimonio tiene prácticamente la edad de Amazon), además de ser responsable por la negociación de los primeros contratos por envíos de la compañía, nada más y nada menos que con la libreríaBarnes & Noble.

Tras veinticinco años de casados y un affaire entre Bezos y la presentadora Lauren Sánchez (su actual novia), MacKenzie Scott se convirtió en una de las mujeres más ricas del planeta, superando incluso a Françoise Bettencourt Meyers, heredera del emporio L’Oréal. Esto captó la atención del público, mientras que su actual fortuna de 67.400 millones de dólares no para de crecer. El motivo es que Scott se quedó con una porción de la empresa tecnológica (un 25 por ciento), cuyas acciones mostraron un crecimiento abismal durante el primer trimestre de este año debido a la pandemia de covid-19.

¿Filantropía 2.0?

Pese a haberse vuelto una de las mujeres más ricas, a fines de julio, Scott anunció mediante un statement que había donado alrededor de 1.700 millones de dólares a diversas causas, incluyendo organizaciones sin fines de lucro dedicadas a la equidad racial y de otras minorías (LGBTIQ+), temáticas de género, el cambio climático y la salud pública. Esta promesa de ir donando la mayor parte de su riqueza progresivamente no es una idea original de Scott, y de hecho es lo que muchos multimillonarios vienen haciendo en los últimos años, desde Warren Buffett hasta Bill Gates, comprometiéndose a donar al menos la mitad de sus fortunas durante sus vidas.

“El año pasado prometí devolver la mayoría de mi riqueza a la sociedad que ayudó a generarla, comenzando pronto y continuando hasta que mi caja fuerte esté vacía. No me cabe duda de que la riqueza de cualquier persona es resultado de un esfuerzo colectivo y de estructuras sociales que presentan oportunidades para algunas personas y obstáculos para innumerables otras”, explica en una entrada de su blog en Medium.

Pero a diferencia de otros filántropos contemporáneos, Scott no estableció ninguna fundación a su nombre, sino que donó de forma directa a causas y organizaciones subrepresentadas que ya estaban haciendo trabajo de campo y que requerían fondos. Otra particularidad fue su enfoque “antipaternalista”, dándoles todo el dinero de una vez a las ONG para que dispongan de la plata inmediatamente y la administren como consideren necesario.

Scott tuvo una metodología muy certera y no sólo consciente sino con perspectiva de género a la hora de donar parte de su fortuna: de su lista de organizaciones beneficiadas (que se encuentra en la entrada de su blog), el 91 por ciento de las organizaciones de igualdad racial están llevadas adelante por líderes de color; el 100 por ciento de las organizaciones del colectivo LGBTIQ+ están lideradas por miembros de estas minorías, y el 83 por ciento de las organizaciones de género, por mujeres. Lo cual puede parecer un detalle, pero sin duda no lo es cuando se trata de traer experiencias vividas a las soluciones para revertir sistemas sociales desbalanceados.

Nadie puede pensar y articular mejores soluciones para la desigualdad social y de género que las personas que pertenecen a los sectores perjudicados por ese mismo statu quo que los oprime, plantea Scott en su alegato. Y detalla también que en la mayoría de los casos estas organizaciones ya demostraron tener experiencia en afrontar estos desafíos y proveer soluciones en sus diversos campos.

¿Ayuda económica sin limitaciones y autorregulada, además de conciencia de género y de clase? ¿Se le puede pedir algo más? Los cínicos plantean que hay que mirar con desconfianza o, por lo menos, con escepticismo las promesas que vienen de estos millonarios, ya que nosotros, como ciudadanos que pagamos impuestos, les damos un gran subsidio para que puedan hacer lo que hacen –además de que reciben reducciones de impuestos por esas obras benéficas–. Sea como sea, no cabe duda de que emporios como Amazon o Apple no fueron creados en el vacío por un solo hombre, sino que son una amalgama de esfuerzos e ideas, incluyendo, sobre todo, a esas mujeres invisibilizadas durante tanto tiempo.