La cuarentena disparó a niveles impensados la utilización del celular y las aplicaciones. Pero son muy pocos los que nos advierten de la vulnerabilidad y la falsa privacidad disfrazada de anuncios, recomendaciones y sugerencias. ¿Hay alguna legislación que regule esta actividad? ¿Somos todos conscientes? Y si lo somos, ¿estamos dispuestos a modificar y limitar su uso?


La cuarentena disparó a niveles impensados el uso del celular y las redes sociales. Y también las advertencias sobre la vulnerabilidad y la falta de privacidad disfrazada de anuncios, recomendaciones y otros contenidos clickbait diseñados para generar comportamientos adictivos. Si bien ahora la lupa está puesta sobre las apps y herramientas que utilizamos actualmente –en maneras contraproducentes para nosotros–, no quedan ingenuos que afirmen que no fueron creadas para esto mismo. Entonces, ¿por qué actuamos tan sorprendidos? De la búsqueda de diseños “más humanos” a una mayor autocrítica que le devuelva autonomía (o por lo menos una mayor conciencia) al usuario promedio, así estamos.

Los mismos creadores son los que hoy admiten que algo tan aparentemente inocente como los likes o favs estuvieron pensados para explotar la vulnerabilidad y la psicología humana, maximizar las ganancias y generar dependencia.

Una necesaria toma de perspectiva

Redes, no podemos vivir sin ellas, pero cada vez se nos hace más complicado vivir con ellas. Y es que no era necesario ver un documental en Netflix para ser conscientes de los estragos que el uso desmedido y desregulado está causando tanto en nuestra psique como en la sociedad. Desde el fiasco de Cambridge Analytica (por el cual se recopilaron y usaron sin consentimiento datos de 50 millones de usuarios) hasta la ya decena de leaks (fugas) de información dando cuenta de las malas prácticas en el uso de los datos personales por parte de los gigantes tecnológicos, pasando por el arrepentimiento público de los creadores del botón de like o retuit (Chris Wetherell), o por el propio Sean Parker, uno de los primeros inversores de Facebook y ex Napster, quien hoy en día se describe como un “objetor de conciencia”, son ostensibles los daños que las redes sociales han causado.

El último de los escándalos incluye un memo interno publicado por BuzzFeed hace unas semanas, en el que una ex empleada y data scientist de Facebook cuenta ejemplos específicos de manipulación política de los que la plataforma tenía conocimiento y con respecto a los cuales no hizo nada. “Sabía que tenía sangre en mis manos”, dice dramáticamente Sophie Zhang. No es para menos.

“Una de las cosas que me parece más interesante en relación con la tecnología es que varios de los CEO de las grandes compañías no se imaginaron siquiera los problemas que traerían sus desarrollos. El ejemplo más claro es Jack Dorsey, el fundador y CEO de Twitter, que en una entrevista dijo que si pudiese volver el tiempo atrás y empezar de cero no le daría la importancia que le dieron al número de followers y likes porque eso hizo que en la plataforma sólo se corriera para ver quién tenía más retuits, más ‘me gusta’ y más seguidores. La carrera equivocada. En vez de tener conversaciones sanas que contribuyeran a la red y, después de todo, a las sociedades, pasó todo lo contrario. Un error gravísimo”, nos cuenta Axel Marazzi, periodista especializado en tecnología.

Pero si varios de los protagonistas de estas historias de progreso exaltadas culturalmente por décadas (y no sólo en Silicon Valley) son los que hoy admiten que algo tan aparentemente inocente como los likes o favs estuvieron pensados para explotar la vulnerabilidad y la psicología humana, maximizar las ganancias y generar dependencia, ¿qué nos queda?

Es posible que la toma de perspectiva y la crítica sean dos herramientas indispensables para los tiempos que corren, y por suerte, algo que todo individuo de la sociedad civil puede desarrollar motu proprio.

Es el diseño, estúpido

Si vamos a poner crítica y diseño en la misma oración, probablemente tengamos que hablar de Mike Monteiro, autor del libro Ruined by Design (2019), quien puso el dedo en la llaga señalando la irresponsabilidad de los diseñadores hoy en día, ya sea por acción u omisión, lo cual lo hace doblemente interesante. Es que no sólo deberíamos preguntarnos por qué hacemos o diseñamos como lo hacemos y qué impacto tiene eso en la cultura, sino también qué no estamos haciendo que deberíamos. “Estamos usando los productos como fueron diseñados para que los usemos. Ellos los diseñaron para que nos volviéramos adictos, y nosotros lo hicimos. No fue un accidente de la tecnología sino una decisión consciente”,dijo Monteiro en una entrevista reciente. Un buen ejercicio: no olvidar el mindset con el que las tecnologías que hoy más utilizamos fueron creadas. Ya lo decía Vinton Cerf, uno de los padres de internet, hace unos años desde la revista Wired, en una nota oportunamente titulada “The Internet is broken”: “Cuando diseñamos la red no teníamos un propósito específico en mente. No nos importó cuál era la aplicación. Nosotros sólo queríamos llevar paquetes [de información] de un lugar a otro”. Tal vez la cuestión sea barajar y dar de nuevo, si es que eso es posible.

¿No deberíamos, entonces, ser un poco más críticos, sobre todo si tenemos en cuenta la trastienda de estas tecnologías y su impacto negativo tanto en los individuos como en las sociedades?

“Hace algunos meses entrevisté a Mike Monteiro, que es un diseñador muy crítico de este tipo de plataformas, y me dijo que no les cree a los CEO porque sus desarrollos nunca atentarían contra lo que crearon. Yo siento que si bien Monteiro tiene razón, también se están viendo cambios que nos hacen pensar que, al menos para la popu, están haciendo cambios que son interesantes en las plataformas. ¿Hace falta más? Sin duda. Creo que poco a poco no sólo los expertos en tecnología o las personas que seguimos de cerca estos temas empezamos a pedir por ellos, sino también la gente común que se está dando cuenta de que, de alguna manera, nos hicieron dependientes de sus creaciones de manera consciente”, señala Marazzi, evidenciando que todos cumplimos un rol crucial en la denuncia y la exigencia de más responsabilidad tanto en el diseño como en el uso de estas herramientas.

De todas formas, varias empresas han comenzado a incorporar algunos cambios que podrían observarse con cierta esperanza de cara al futuro. “En Twitter, por ejemplo, se está por implementar una característica que alentará a los usuarios a leer los artículos antes de compartirlos. La idea es frenar la viralización de noticias falsas. Desde Instagram, por ejemplo, agregaron la opción que les advierte a los usuarios que ya vieron todos los contenidos nuevos que había para ellos para incentivarlos a que dejen el celular. Esto es un cambio radical en la plataforma, que antes hacía lo posible para mantenernos pegados a ella intentando que no soltemos el celular”, cierra Marazzi.

Si podemos preguntarnos qué están aportando al mundo los creadores y diseñadores, ¿por qué no cuestionarnos a nosotros también? ¿Para qué sirven esos estados en FB, el RT de ese meme del día o la foto de nuestra tostada y café en Instagram?

¿Y nosotros qué?

Los diseñadores y los creadores de tecnología son responsables por lo que ponen en el mundo. ¿Y nosotros? Algunas reflexiones recientes se centran únicamente en las explicaciones del control excesivo de las plataformas masivas, y pocos parecen estar mirando qué rol toma el individuo en todo esto. Entre ellos, Richard Seymour, en su reciente libro The Twittering Machine, nos propone una lectura más integral del problema. “¿Sobre qué mierda están tuiteando todas estas personas? ¿Qué están pensando? ¿Qué están esperando lograr? ¿Cuál es el análisis costo/beneficio que los llevó a pensar que su continua participación en las redes sociales era una buena idea?”, pregunta Seymour con sarcasmo y mucho tino.

Si podemos preguntarnos qué están aportando al mundo los creadores y diseñadores, ¿por qué no cuestionarnos a nosotros también? ¿Para qué sirven esos estados en FB, el RT de ese meme del día o la foto de nuestra tostada y café en Instagram? Estamos de acuerdo en que no todo tiene que tener una función utilitaria y que gran parte de las redes sociales son mero entretenimiento, pero, ¿no se nos habrá ido la mano en este juego de intrascendencias? ¿Cuántos recursos personales queremos dedicarle a eso? Y, sobre todo, ¿cuánto ruido blanco o “contaminación informática” estamos produciendo sin darnos cuenta? Después es muy fácil quejarse de la cantidad de cosas que hay pululando en el ciberespacio y de lo difícil que es filtrar o encontrar algo de valor. ¿Acaso te pusiste a pensar que esto quizá se deba a lo que vos mismo estás generando día tras día?

Así, según Seymour, no basta con echarles la culpa a la química de nuestro cerebro ni a los planes maquiavélicos de las corporaciones, sino que también hay que preguntarnos por la decisión consciente que podemos tomar respecto de estar presos de nuestros dispositivos. Además agrega que nuestro deseo de escribir incesantemente (scripturient) tiene tanta relación con la historia y evolución de los medios y el contexto político actual como con nuestra intención por “conectar” con otros, ser reconocidos y evitar la muerte, aunque no sea una estrategia muy eficiente de autopreservación. “Dado el tiempo que esta adicción demanda, deberíamos preguntarnos qué otras cosas podríamos estar haciendo –e incluso a qué otras cosas podríamos ser adictos también–. El tiempo no es infinito. Ninguno de nosotros puede permitirse gastar lo que le queda con lo estúpido e intrascendente.” Al final del día, nada de esto se soluciona, simplemente, tocando un algoritmo acá o allá.