Fernando Diez es el creador de esta proveeduría virtual que reivindica la restauración y el reciclado de objetos encontrados en la calle y en ferias de segunda mano, sustentabilidad, diseño y oficio de artesano.


–¿Qué fue lo que te hizo cambiar de rumbo y apostar por arrancar tu propio proyecto?

Don Terrenal nació como un hobby. Yo trabajaba escribiendo y desarrollando contenidos para TV, y en el tiempo libre reciclaba muebles y maderas que rescataba por el barrio. Pero gustó más de lo que esperaba y comenzó a crecer. En 2015, mi casa de entonces salió publicada en el blog Casa Chaucha y en un par de revistas. Eso trajo un montón de gente nueva interesada por el estilo de deco más cercano al barrio que al diseño profesional. Al poco tiempo decidí dedicarme de lleno a este proyecto, registré la marca y abrí la tienda online que conservo hasta hoy.

–¿De dónde surgió esta pasión por la recuperación de objetos antiguos?

–En mi familia siempre estuvo presente el cariño por los muebles y objetos de antes, de la mano de una cierta maña para recuperarlos. Mi tía Muñeca, de Caballito, cirujeaba marcos y los patinaba en rosa y dorado. Recuerdo a mi vieja tapizando sillas; cierta vez mi abuela ligó unas Thonet y les hizo un esterillado –jamás había hecho nada similar– ¡con hilo choricero! Hay una cierta caradurez y falta de solemnidad que para mí es clave a la hora de intervenir y reciclar.

–¿Por qué creés que la mayoría de las personas elige lo nuevo y no les da una segunda vida a otras cosas?

–Muchas veces el trajín cotidiano no nos deja tiempo o energía para ocuparnos de la búsqueda y reacondicionamiento de cosas viejas. A mí mismo me pasa que tengo más proyectos que horas libres. Pero lo disfruto, no lo padezco. Creo, igualmente, que cada vez más gente está buscando hallazgos vintage online, porque sabe que, pese a ser usados, la gran mayoría de las veces tienen mejor calidad y menor precio que los muebles nuevos.

–¿Qué consejos nos podés dar a la hora de comprar cosas para nuestro hogar?

–Es muy personal, pero creo que en toda incorporación a nuestra casa debe haber armonía. Un equilibrio entre lo que necesitamos, lo que amamos, lo que podemos pagar. Tener en cuenta el uso y la calidad de los materiales: hoy hay sofás nuevos que cuestan cuatro salarios y son livianos como un almohadón. Eso quiere decir que la estructura es blanda y frágil, por ende, poco duradera. Quizás buscar un sillón usado en internet y retapizarlo a piacere da mejores resultados y nos cuesta mucho menos. Hay que dejar de pensar que mayor precio es mayor calidad. Hoy tenemos cosas carísimas porque son importadas y están sujetas al dólar, pero en realidad son artículos de segunda en su país de origen. El lema de mi proyecto es una frase de Ramón Ayala: “Un ranchito borracho de sueños y amor quiero yo”. Esa es mi visión de la casa: un refugio imperfecto con lugar para todos nuestros amores, plantas, perros, gatos, hijos, cachivaches, música. No siempre está limpia y ordenada, apta para fotos de revista o de Instagram, pero puede hacernos sonreír igual. La belleza está en los ojos del que mira.

–¿Usás de referencia o inspiración a otros artistas argentinos o del mundo?

–Me parece fundamental nutrirse para crear. Es como leer libros y escribir, mirar películas y hacerlas; son cosas que van inevitablemente de la mano. Me gusta mucho la obra de Consuelo Vidal, con su reivindicación de la mística popular y lo que hacía con su hermana Ana en Las Vidalas; el barroco salchichoso de Chiachio & Giannone; la simpleza para pintar la vida de @ecodelcoco; las letras de María Elena Walsh; la alegría de la cumbia; el kitsch de Almodóvar y la Coca Sarli. En Instagram, la deco de @zilverblauw, los montajes de @erinsummer_, la paleta mamarracha de @mattcrump. En cuanto a afiches y gráfica, el trabajo de Juan Carlos Romero es una referencia ineludible. Hoy en día me gustan San Spiga e Imprenta Rescate. Pero, definitivamente, lo que más me inspira es la gente y sus formas de habitar. Las mesas rústicas de campo con un mate y un quesito cortado, las abuelas regando en la galería, los pibes jugando en una vereda colorinche de La Boca.

–Tu cuenta de Instagram tiene una estética muy marcada y se compone de imágenes profesionales sacadas por vos. ¿Por qué elegiste esa paleta de colores tan especial?

–Soy diseñador audiovisual, así que desde siempre tuve bien clara la importancia de la comunicación visual. En el océano de estímulos que son las redes sociales, uno tiene que captar la mirada del usuario de algún modo y luego hacer el resto. No nos podemos quedar como imágenes de catálogo asumiendo que todo el mundo nos quiere seguir o comprar. Los colores surgieron de los restos de pinturas que encontraba en los muebles de campo o en las maderas de los conventillos; mucho celeste, rosa, amarillo, verdecito. Eso con un twist de diseño y mucha claridad natural se transformó en la estética de Don Terrenal. Tras años conjugando mi laburo como artesano, creativo y comunicador, Ale de @mamaemprendearg me invitó a compartir esa experiencia con otros emprendedores y fue un éxito.

“Esa es mi visión de la casa: un refugio imperfecto con lugar para todos nuestros amores, plantas, perros, gatos, hijos, cachivaches, música. No siempre está limpia y ordenada, apta para fotos de revista o de Instagram, pero puede hacernos sonreír igual. La belleza está en los ojos del que mira.”

–Tus perros también son protagonistas en tu cuenta, ¿qué lugar ocupan en tu vida?

Les pulgoses son parte crucial del hogar, por lo tanto tienen una “columna” destacada en los contenidos de Don T. La comunidad los adora, es como si los conociera de toda la vida. Pascualina es una salchicha de diez años, se crio con mi laburo en redes y es una estrellita de 20 centímetros, se come la cámara. Cocoliche llegó hace alrededor de un año, rescatado de zona oeste, y aporta otro condimento más simple e inocente, bien de barrio. ¡Las doñas lo aman!

–¿Hubo un cambio laboral a partir de la pandemia?

Los primeros días de cuarentena fueron de mucha incertidumbre, pero rápidamente se alinearon los planetas y el rubro de ventas online se activó y creció mucho. Tuve que reacomodar mi rutina y dedicarle mucho más tiempo a la logística: preparar pedidos, embalarlos, despacharlos. En general me dedico a fotos, redes, e-mails y demás durante la mañana; armo pedidos y despacho después del mediodía, y trato de terminar el día en el taller que tengo en casa escuchando música y tomando unos traguitos. Ese es un día ideal, no siempre lo logro y a veces se me hacen las nueve de la noche armando paquetes. Malabarismo emprendedor. A futuro, me gustaría reorganizar la estructura del “kiosquito” para correr menos y poder dedicar más tiempo a los reciclajes y restauraciones que hago en el taller. Es lo que más me entusiasma y lo que más se asemeja al ritmo de vida que sueño para mis próximas décadas. Ojalá se dé.