La primera gran aventura del fontanero italiano de Nintendo vio la luz en 1985 y rápidamente se transformó en el videojuego más famoso de todos los tiempos. Claves y curiosidades de un hito que cruzó a fuego la cultura pop.


En el mundo de los videojuegos, 1985 es recordado particularmente: una nueva llama se encendió sobre el ocaso de un grande. Nada se pierde, todo se transforma. Con la debacle de Atari, provocada, entre otras cosas, por una saturación de títulos de dudosa calidad, asomó el fin de una generación de videojuegos. Mientras tanto, la compañía japonesa Nintendo popularizó su primera consola doméstica, la Nintendo Entertainment System, gracias a Mario, un fontanero petiso, ancho y bigotudo.

Y van 35 años de ese hito. Y ya son 35 velitas de ese semidiós que cambió para siempre el devenir de la industria del entretenimiento. Fue su estética, fue su forma de jugar: fue la revolución que propuso el Super Mario Bros., el videojuego más popular en la historia. “Super Mario Bros. fue un estallido de amor por los videojuegos en un momento en el que crecía la fascinación por la tecnología”, explica Durgan A. Nallar, uno de los primeros periodistas especializados en videojuegos del país.

En plena competencia de los ordenadores personales, Nintendo entronizó la idea de una nueva generación de videojuegos. Una que superaba a la Master System de Sega y que reinó hasta la Mega Drive (y volvió con la Super Nintendo). Y que encontró siempre en Mario a su mejor embajador. “Mario representa muchísimas cosas dentro de la historia de los juegos. Surgió en una época donde todavía era infrecuente encontrarse con personajes reconocibles en una pantalla con entretenimiento interactivo”, explica Guillermo Crespi, docente y responsable de Modo historia, podcast dedicado a las leyendas de los videogames (top #3 en Spotify).

Después de años de paletas, autos y naves, de Pac-Man como norte estético y del Space Invaders como el summum de las máquinas recreativas, la tecnología comenzó a representar figuras humanas con cierto grado de personalidad. “Mario es concebido como una potencial ‘mascota’ para Nintendo, y desde el primer día de su presencia nos prometió una experiencia alegre, de diseño cuidado, carente de agresividad y apta para todo público”, continúa Crespi.

Super Mario Bros. tuvo la dosis justa de dificultad in crescendo, que hace que todavía sea desafiante jugarlo. Pero, fundamentalmente, enamoró con su personalidad colorida y sus simpáticos personajes. Lo explica Nallar: “Siguiendo la línea iniciada por Donkey Kong en 1981, fue uno de los primeros en contar una historia completa y fue uno de los pioneros en hacerlo por medio de cinemáticas, razón por la que se metió en el Guinness”.

Si el Space Invaders consolidó su éxito en unos puntitos moviéndose y si 1983 fue el año de juegos “sencillos”, como Mappy, Maniac Miner y Jumpman, el Mario propuso un dinamismo insólito hasta el momento. “Jugar al Mario era una clase de gimnasia”, sentencia Federico Wiemeyer, conductor de TN tecno y uno de los máximos voceros del nerdismo local. Y sigue: “Ante todo, el Mario tiene jugabilidad. Y es uno de los grandes baluartes de Nintendo. La jugabilidad es el fin supremo de un videojuego y por eso ha superado el paso del tiempo”.

A la sazón, la identidad de Mario terminó delineando a Nintendo como marca. “El personaje ayuda a definir qué podemos esperar de un videojuego de consola. A diferencia de aquellas experiencias breves y frenéticas diseñadas para engullir nuestras fichas en tiempo récord, Super Mario Bros. remite tanto al poder del personaje como a la ambición detrás de un juego que nos empieza a acostumbrar a una enorme cantidad y variedad de niveles, mundos, escenarios y desafíos”, revuelve Crespi.

Si el Space Invaders consolidó su éxito en unos puntitos moviéndose y si 1983 fue el año de juegos “sencillos”, como Mappy, Maniac Miner y Jumpman, el Mario propuso un dinamismo insólito hasta el momento.

Ahora bien, ¿por qué un fontanero de cuerpo hirsuto y mostacho se convirtió en un icono cool? ¿Por qué Mario perdura en la fábula de la cultura pop? ¿Qué pasa con sus miles de continuaciones, con su merchandising infinito y con un imaginario que se estira hasta Bob Hoskins interpretándolo en una polemiquísima versión cinematográfica?

“En una época donde todos los personajes eran caballeros con espadas, musculosos o animales con actitud ondera, Mario era un tipo de overol con un gorrito, un tupido bigote y una panza prominente que trataba de rescatar a una princesa a los saltos. No es un héroe legendario ni tiene un arma sagrada. No es el más rápido ni tiene poderes especiales, pero el tipo se manda igual”, advierte gBot, firma de la revista Replay, publicación dedicada al retrogaming, y acérrimo defensor del Mario.

Esa noción de hombre común en situación extraordinaria todavía lo pone en un lugar de privilegio. “Eso hace que se sienta más real que el resto de los personajes de la época, pero a la vez se mete en mundos de fantasía, con hongos mágicos y bloques invisibles”, continúa gBot. Según el momento, el universo de Mario se extendió hasta pistas de karting, juegos de mesa, canchas de béisbol, tenis y golf. “Fue doctor y hasta astronauta”, completa Nallar. Y bromea: “Aunque se dice de nacionalidad italiana, yo siempre lo vi muy argentino: va cambiando de profesión a cada rato”.

Entretanto, esa capacidad de reinventarse puso siempre a Mario en el centro de la escena. “Con el tiempo, los de Nintendo lo fueron tuneando y adaptando. El aliciente fueron estos japoneses pillos que no lo dejaron morir como un clásico, sino que tomaron a su personaje estrella y lo fueron actualizando en todo momento, con todos los cambios que vinieron en las décadas posteriores”, Wiemeyer dixit.

A 35 años de aquel primer juego de plataformas, Mario resiste, renueva la piel y capea los tiempos (y las generaciones) con una naturalidad indómita. “Más allá de un sinfín de videojuegos que toman elementos de su universo y lo ponen en distintos roles, los principales juegos de la serie rara vez han apuntado a otra cosa que no sea reinventarse, en lugar de quedarse en la comodidad de siempre”, refuerza Crespi.

“Aunque se dice de nacionalidad italiana, yo siempre lo vi muy argentino: va cambiando de profesión a cada rato.” (Durgan A. Nallar)

Saltó con elegancia por casi todas las eras videojugabilísticas (fue delirio en 8 y 16 bits y mutó al 3D con éxito superlativo) y, ahora, con su propia voz (todo cambió con su voz), el Mario se constituye como el verdadero mito de origen fichinero. Tuvo una secuela. Y otra. Y otra más. Así las cosas, el último Super Mario Bros. 35 se lanzó el jueves 2 de octubre de 2020 para la consola Nintendo Switch. Aquí, unas 35 personas pueden jugar al Super Mario Bros. original de manera simultánea, en una especie de Mario mezclado con Fortnite. Nada se pierde, todo se transforma.

Hoy, muchos videojuegos son como largometrajes y su industria se posiciona por encima de la cinematográfica. “Hay grandísimos juegos que cuestan más que una película y terminan siendo aburridos”, confiesa Wiemeyer. Pero no es crítica, es certidumbre: aún a más de tres décadas de su lanzamiento, Mario es la antítesis del aburrimiento.

Con la perspectiva que le otorga esa ristra de palmarés y medallas, el Mario se erige como la primera referencia cuando alguien –en cualquier lado del planeta– piensa en videojuegos. “It’s-a me, Mario!” Chiches de McDonald’s, romhacks bizarros y pieles que lo exhiben como un tatuaje inmarcesible. Jugabilidad, entretenimiento y avance tecnológico. “Con el Mario se alinearon los planetas”, concluye Wiemeyer. Feliz cumple, maestro.