ALBERTO AJAKA • CREADOR DE MITOS

A pesar de haber incursionado en el teatro recién a los 28 años, el actor que protagonizó Hamlet lleva el oficio en sus venas y se convirtió en uno de los artistas más destacados del momento. Hoy, en plena cuarentena, espera por el estreno de Los que vuelven, la nueva película de Laura Casabé.


Cuando actúa lo deja todo. Y para llegar a transmitir esa autenticidad magnética que lo caracteriza dejó una fábrica familiar y un proyecto de vida bastante encaminado. Actuar se le impuso como necesidad, cuando menos lo esperaba, y enseguida descubrió su talento y se hizo cargo. Tanto que, a pesar de empezar a los 28 años, en poco tiempo montó su Compañía Colectivo Escalada, dirigió y actuó en obras renombradas, con giras por Europa y actores de mucha trayectoria. En teatro sorprendió con Ala de criados, Macbeth, Moreira y Hamlet, y en televisión enseguida se hizo notar con sus papeles en Contra las cuerdas, Guapas y Los ricos no piden permiso. Antes de la pandemia estaba por reestrenar su obra Los rotos y Gorda. Recientemente, interpretó el papel de Jashir Alabi, un verdadero matón, en la polémica serie de Amazon El presidente, y el 1º de octubre, por Cine.Ar, se lanza Los que vuelven, la película de terror de Laura Casabé donde vuelve a hacer de villano. Esa fuerza natural con la que volcó toda su energía a la actuación no se detiene.

“Extraño mucho ensayar teatro. Como otros hacen running, mi actividad es el ensayo teatral, ahí gasto mi pasión, mi tiempo y mis ganas.”

–¿Con quién estás viviendo la cuarentena?

–Con mis tres hijos y mi mujer, María. Vivimos en una casa en Villa del Parque, es una especie de casa chorizo reconvertida. El año pasado estuve cuatro meses y medio en Santiago de Chile filmando El presidente, la serie de Armando Bó. Laburar con Armando, con Andrés Parra, fue una experiencia buenísima para mí. Pero después volví y estuve dos meses en casa. A lo que voy es que es común para mí quedarme en casa, lo que no es común es que no salgan ellos (risas).

–¿Qué te gusta hacer en tus momentos de soledad?

–Mucho streaming. Y escribir teatro, siempre estoy pergeñando dos o tres obras. Extraño mucho ensayar teatro. Como otros hacen running, mi actividad es el ensayo teatral, ahí gasto mi pasión, mi tiempo y mis ganas.

–¿Pensás las obras que estás escribiendo para el formato de teatro virtual actual?

–No. ¡Mirá si en seis meses yo voy a encontrar una variante sobre un fenómeno que es más viejo que Matusalén! El teatro es una especie de ritual, una misa: no se puede ir a misa, no se puede ir al teatro. “Es el fenómeno por el cual hay uno que dice ser alguien que no es, y hay otros que miran y aceptan al que dice ser ese alguien que no es, como verdad”, decía Borges. Estás participando en una especie de fogata, danza de la lluvia, de un fenómeno único, especialmente si no sos creyente y no vas a misa, ni al templo, ni a la sinagoga. El único templo que te queda es ese… o bailar. Pero yo ya no bailo.

–¿Bailabas antes?

–Me encanta bailar. Acá todos los días se baila. Canciones para el bebé, esas cosas horribles, alguna especie de trap que escucha el de nueve… Tengo un piano en el living y un teclado Roland en el quincho, con unas bases muy ochentosas. Eso lo ponen todo el tiempo, son como músicas de programa de cable del año 90. Elena escucha Bruno Mars, también suena eso. Bailamos sin música también.

“Hacer de malo siempre es bastante divertido. Uno puede exorcizar los demonios sin hacerle daño a nadie.”

–Se está por estrenar la película Los que vuelven, que surge a partir de un mito. ¿Qué mitos te atraen o en cuáles creés?

–Creo en los mitos como hombre de teatro. Me resultan totalmente atractivos. Todo el tiempo uno está siguiendo mitos. Mi padre murió hace unas semanas, y Tito Ajaka, mi viejo, a medida que se va alejando y me voy olvidando de su voz, va creciendo como mito. Como civil soy bastante escéptico, pero después, en materias de ficción, soy creyente. Me gustan mucho la llanura bonaerense, la luz mala, el lobizón… El mito mismo de la cruz es la escena perfecta, tan poderosa que persiste hoy en día. Creo que no hay nada en que creer: pasamos y se termina y no hay nada. Pero necesitamos creer en algo, para entender, justamente, el vacío.

–Tu personaje es “el malo”, ¿verdad?

–Sí, es el malo, el que no cree. Se llama “el Bigote”, porque tengo un bigotazo postizo. Hacer del malo siempre es bastante divertido. Uno puede exorcizar los demonios sin hacerle daño a nadie. Me gustó la aventura, cuatro semanas filmando en la selva misionera: el barro, la tierra roja, la humedad, los mosquitos. El bigote me picaba una barbaridad. Teníamos que caminar 300 metros hasta el micro, desde la locación de la casa. Y volvíamos de noche, en grupo, pero las veces que caminé solo yo me esperaba al yaguareté. Y era factible. Podía ocurrir. Que fuera de época también me gustó mucho.

–¿Hay alguna época que te hubiera gustado vivir?

–Una época donde el peligro era más natural, y no urbano. Me hubiera gustado eso. Extrañaría muchas cosas. La calefacción, la electricidad, el wifi. Pero estaría cargado de mayor romanticismo, una labor más del cuerpo, levantarte a hacer las tareas campestres. Yo me dedico a una más abstracta; tanta abstracción a veces la padezco, pienso: “Todo bien, pero en este tiempo me podría haber levantado dos paredes”.

–Estudiaste Filosofía, Diseño y Ciencias Económicas.

–Sí, de todo eso estudié bastante poco. Lo del teatro me pasó a los 28 años. Estaba bastante desarrollado en una imprenta que había iniciado mi familia, ese era mi proyecto de vida; tenía mi casa, dos autos. En algún momento me dejó una novia, empecé a tener más tiempo. En un encuentro de diez años de egresados se cortó la luz, estábamos en el salón parroquial, y yo estuve durante veinte minutos entreteniendo con una linterna a todos. Y cuando terminé, algunos me dijeron: “Che, vos tendrías que actuar”. Eso solo fue necesario para que haga el movimiento. Desde el primer día que fui a una clase, dije: “Me cagué la vida, esto no lo voy a poder soltar”, “Yo esto lo puedo hacer”. Sentí eso. Vivía solo y tenía tres habitaciones empapeladas con ejercicios, me devoraba los libros, iba a ver siete obras por semana. A los 37, ya había viajado a Europa por teatro, filmado una peli, estaba con Ala de criados. Un día fui a la fábrica y me agarró un ataque de pánico. Estaba en un ensayo con Kartun y tenía el Nextel incendiado. Me escapaba de la fábrica para ensayar y volvía. El cuerpo decidió por mí, llegué a mi casa, me acosté y no hablé por dos días. Desde ese momento no fui más. A los quince días me salió el primer laburo de televisión, en Contra las cuerdas.

"Creo que no hay nada en qué creer: pasamos y se termina y no hay nada. Pero necesitamos creer en algo, para entender, justamente, el vacío."

–De repente tuviste un papel más de galán de prime-time con Guapas, ¿cómo te encontraste con eso?

–Galán es Vittorio Gassman. Yo soy un actor que conoce los resortes necesarios para activar ciertas zonas para que se produzca un tipo de empatía. Si puedo hablar y caminar, me atrevo a ser galán a los ochenta. Mi oficio es conocer los resortes de la apariencia humana que logran ejecutar un verosímil en una situación dramática. En Los ricos no piden permiso tuve que hacer de antigalán; voy mucho a Cañuelas a comer a un club donde va el gauchaje, y los tipos me reconocen por ese personaje. En El lobista, yo era alguien con un deseo homoerótico sobre un personaje. Llevaba a mi hija al jardín y las abuelas me preguntaban: “¿El fiscal, qué onda?”. No me lo querían decir. Yo les decía: “¿Si es gay? ¿A vos qué te parece?”. Me gusta que alguien que ni siquiera lo pueda nombrar piense en eso; es la única manera que encuentro de hacer el bien. En otras cosas, en la gran mayoría, no sirvo. Soy mejor ahí. Tengo mal pulso en la vida, pero en escena teatral tengo mejor pulso que un mozo de Güerrín. Explicamelo.

–¿Actores que admires?

–Chaplin, Kinski, Gassman, Urdapilleta. Todos muertos. Mis lugares mitificados los tengo ahí. Después, en la cancha se ven los pingos. En cada escena se juega el prestigio o lo que sea que tengas detrás. Hay gente con la que tengo un juicio previo o prejuicios, como cualquier persona. Pero después estoy atento, porque aparece una perla en el menos esperado.

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