Detrás de la serie producida por Cate Blanchett para denunciar los centros de detención de inmigrantes ilegales en Australia se encuentra la verdadera historia de Cornelia Rau.


Siguiendo la tendencia de grades actrices que producen series, Cate Blanchett decidió arriesgar por una historia basada en hechos reales que sucede en los campos de refugiados -casi una ironía llamarlos así, si no fuera una crueldad- de su Australia natal. Y se reserva para ella un papel breve pero de mucho peso en la trama, que no la favorece, y este es uno de los pocos puntos débiles de la ¿miniserie?

Tres historias se conectan de un modo que recuerda levemente a Babel (película en la que también intervino Blanchett) en la trama de este guión: la de una joven australiana acorralada en realidad y en su mente por una familia que desea el modelo perfecto de hija y decide huir de ellos y tomar prestada la identidad de una turista alemana (gran performamce de Yvonne Strzechowski ); un australiano de clase media, con poca cabeza y buenas intenciones que se convierte de la noche a la mañana en custodio de uno de estos tremendos sitios; y finalmente un padre y una hija que sobreviven a su familia en la huida desde algún pais que podria ser Irak.

Las vidas de estos desplazados, más o menos destrozadas, convergen en este centro, probablemente uno de los peores lugares posibles para el momento que pasa cada uno de ellos. Y lo que la miniserie pone de relieve es la manera en que insensiblemente todos, incluidos la directora del Departamento de Migraciones, la delegada a cargo de este infierno tan temido (aplausos para Asher Keddler, actriz australiana, estupenda en su composición de esta mujer que se debate entre el deber y la humanidad), y los guardiacárceles; van progresivamente deshumanizándose, convirtiéndose en números unos, y en rangos los otros, hasta dejar de tener nombre, hasta dejar de reconocerse en el espejo.

La próxima visita de una comisión de Derechos Humanos, esas que necesitan que los lugares estén prolijos y pintados, es la punta de mecha para que todas estas personas, frágiles en su brutalidad, inicien una cadena de crisis personales, humanitarias y profesionales que llevará toda la situación a extremos de los que es difícil, si no imposible, regresar.

La miniserie está rodada con un ritmo muy ágil, los conflictos personales que aparecen son interesantes y actuales, las actuaciones (excluyendo la sobreactuación caricaturesca de Blanchett al comienzo) son exactas. El final es lo suficientemente abierto como para que, dependiendo del éxito, tengamos un segunda temporada.