En esta adaptación de HBO, el icónico abogado Perry Mason es también un detective heredero de los mejores exponentes de la novela negra. Desde su carisma, el actor galés lo transforma, además, en un hombre dispuesto a enfrentarse con sus peores demonios. Aquí, en exclusiva para EPU, cuenta cómo lo hizo.


Luego de seis temporadas como Philip Jennings, nuestro espía televisivo favorito en The Americans, Matthew Rhys asumió el desafío de encarnar para HBO a Perry Mason, el legendario personaje de la literatura y la televisión estadounidenses. A lo largo de una temporada de seis episodios que mañana a las 22 llega a su fin (ya se confirmó una segunda para 2021), Mason atravesó el camino que lo llevó de ser un detective traumatizado por los efectos de la Primera Guerra Mundial a consolidarse como el abogado que muchos recuerdan por la serie original protagonizada por Raymond Burr y emitida durante casi una década.

El secuestro y asesinato de un bebé, un combo de sexo, política y fanatismo religioso más el consiguiente juicio a una madre, imposible de ganar para cualquier abogado (a menos que se trate de Perry Mason), es la receta perfecta de una serie ambientada en la década del 30 que ha logrado reinventar el célebre personaje de las novelas de Erle Stanley Gardner y adaptarlo al paladar de la audiencia actual.

–¿Cómo te enteraste de la realización de esta serie? ¿Qué fue lo primero que pensaste en ese momento?

–Me enteré en septiembre de 2018, cuando mi agente me dejó un mensaje. Ahí pensé: “¿Por qué querrías hacer una remake de Perry Mason?”. Después, cuando hablé con mi representante, me comentó que HBO estaba detrás y le dije: “No va a ser una remake, van a HBOgizarlo”. Entonces, cuando me reuní con la productora Susan Downey y los escritores rápidamente me di cuenta de que era una reinvención, no una nueva versión. Dijeron que estaban interesados en la historia original de cómo Perry Mason se convirtió en un abogado defensor y describieron quién era él, cómo se va construyendo el personaje que todos conocemos. Ahí me enganché al toque.

–¿Quién es tu Perry Mason y qué lo hace tan interesante?

–A este Mason le pasan muchas cosas. Es un tipo muy dañado que ha vivido la Primera Guerra Mundial. Un veterano que arrastra tremendos problemas en su vida cuando lo conocemos, pero hay un elemento particular que parte de la injusticia de la guerra. No puede soportar la injusticia. No puede sentarse y ver que eso suceda, así que cuando ocurre algo injusto, el tipo tiene ese faro. No estaba interesado en alguien que sirve a la justicia usando calzoncillos sobre sus pantalones, como los superhéroes; quería a un ser humano completo y complejo, con todos sus errores.

–El caso de secuestro en el que se involucra Mason es muy atrapante. ¿Qué impacto tiene en él?

–Es un caso que se tuerce y gira como debería hacerlo un buen thriller. Yo quería saber desde el primer episodio cómo se desarrollaría. Porque si te ponés en el lugar del espectador, esperás subir a esa especie de montaña rusa donde estás adivinando todo y tratando de resolverlo. También disfruté sus dudosos procedimientos de investigación. Es un tipo que no se deja guiar por la moral más superficial, está interesado en el resultado final de la justicia, por lo que el mecanismo de sus actos no es necesariamente el más moral. Además, el caso le remueve sus propios demonios. Es reacio y reticente a convertirse en un abogado defensor, no es una elección fácil para él. Por lo tanto, hay muchísimos obstáculos que deberá sobrellevar.

–¿Qué te acordás de Perry Mason, la serie de los 60? ¿Qué características no querías repetir en tu interpretación?

–Tengo un recuerdo vago y borroso, era de esas series que veían tus abuelos. Mis recuerdos son de este servidor de la justicia que iba siempre por el lado correcto. Justamente, no estaba interesado en hacer una versión tan prolija y limpita, cercana a la de un superhéroe. Lo que me interesaba (lo discutí con los escritores en el desarrollo de los guiones) era explorar la complejidad de la justicia. No quería nada fácil ni sencillito. Estaba profundamente interesado en las zonas grises y en su complejidad, lo opuesto a que la justicia emanara milagrosamente al final.

–¿Cómo llegaste a ser productor ejecutivo y qué implica eso?

–Me hace sentir como un adulto, como si debiera tomar todo esto más en serio, ya sabés (se ríe). No, de verdad, me lo tomo muy en serio. Básicamente, que me convirtiera en productor ejecutivo se lo debo a la amabilidad de HBO y del Team Downey (N. de la R.: Robert Downey Jr., quien estuvo a punto de encarnar a Mason, es uno de los productores de la serie junto con su pareja, Susan); la intención fue que todo se convirtiera en una gran colaboración. Dijeron: “Estamos interesados en que construyas este personaje y hagamos el proyecto. Creemos que estaría bueno que fueras productor para que puedas participar en la historia, el elenco, el equipo y en todo lo que es importante para vos”. Fueron increíblemente generosos en ese aspecto.

“Al principio no descubrís enteramente a Perry Mason como abogado defensor, lo ves crecer de a poco.”

–¿Cuáles fueron las escenas más complejas de filmar?

–Las escenas del tribunal fueron desafiantes. Me permitieron un gran lujo como actor porque al principio no descubrís enteramente a Perry Mason como abogado defensor, lo ves crecer de a poco. Así que tuve este período de gracia en el que te vas asentando, encontrando el punto en el cual inclinarte dramáticamente, llevándolo para que explote en la corte, un lugar donde los propios abogados actúan ante el jurado. Es como si hubiera una audiencia doble: una es el jurado y otra es la gente que mira la televisión, así que vas descubriendo cómo regular la intensidad, para quién y cuándo. Encontrarles el tono a esas escenas en la sala del tribunal fue lo más complejo. También, obviamente, el gran alegato. Hemos visto tantos alegatos icónicos, estos grandes momentos en la corte, desde Atticus Finch en Matar a un ruiseñor hasta Tom Cruise en Cuestión de honor, que decís: “¡Dios mío, tengo que lograrlo!”.

–¿Cuál fue el punto culminante en el set?

–Para mí, el punto más alto fue ver a Tatiana Maslany (interpreta a Sister Alice) dar ese tremendo oficio fúnebre del segundo episodio y envolver a la congregación en un frenesí. HBO hace que estas producciones sean lujosas para el actor. Hay cientos de extras, todos vestidos en personaje, y los sets son increíbles, por lo que es difícil no sentirte en ese mundo. Todo ese trabajo está creado para vos y deja poco librado a tu imaginación.

–¿Cómo te sentiste cuando terminaron el rodaje? ¿Te habías encariñado con Mason?

–Llegué a quererlo porque el hombre pasó por mucho, su viaje fue enorme. Fue un gran rodaje y mucha gente le puso el cuerpo. A veces, al final de algo así, te sentís exhausto de la mejor manera, pero también triste porque diste tanto. Aunque te cuento que el departamento de utilería me regaló su encendedor, así que tengo mi recuerdo de Mason.