Movimientos sociales como Black Lives Matter marcan un punto de inflexión en la industria de la moda. Cuerpos, razas y colores exigen una nueva representación que no puede esperar.


Uno de los momentos más memorables de la semana de alta costura parisina (y, probablemente, de la historia de la moda) fue la presentación otoño-invierno 2020/21 de Balmain, hashtagueada #BalmainSurSeine. El director creativo Olivier Rousteing dio un paso decisivo a favor de la inclusión en el ecosistema haute couture. Siguiendo la norma de distanciamiento social, modelos de diversas etnias y edades navegaron por el río Sena y participaron de una performance con la cantautora Yseult y bailarines urbanos. Entre los dramáticos vestidos insignia del diseñador, había ejemplares del archivo de la maison nacida en 1945.

Rousteing, un joven de ascendencia etíope-somalí que fue apuntado para el cargo con sólo veinticinco años, allá por 2011, personifica la evolución de un sistema naturalmente elitista. En una era de movimientos transformadores, como #MeToo y Black Lives Matter, impulsados por la conciencia política, el activismo de la generación Z y las redes sociales, tiemblan los cimientos de la moda tradicional.

Si otrora la ilusión de exclusividad era el motor de esta industria multimillonaria, ahora los consumidores prefieren llevar piezas que reflejen sus raíces y valores. Si antes las minorías eran consideradas “distracciones” para el imaginario del lujo, ahora demandan reconocimiento a través de influenciadores que representan audiencias mucho más diversas que los medios fashion. El monólogo cede lugar al diálogo.

Hoy el eco de Black Lives Matter, movimiento antirracista que conmocionó al mundo, resuena en la moda con reclamos que evidencian la falta de representación en pasarela y en backstage. Faltan kilómetros por recorrer, sí, pero los más recientes desfiles presentaron un panorama esperanzador tanto para la alta costura como para el menswear y el ready to wear.

Fue con el boom de las redes sociales que los flashes propusieron normalizar estereotipos, cuerpos e individuos considerados marginales pese a representar a gran parte del público.

Paso a paso

Cuando en 1973 un grupo de diez modelos afroamericanas arribó a Versalles para participar de The Battle of Versailles, un desfile-competencia entre modistos franceses y estadounidenses, las pasarelas europeas fueron por primera vez escenario de diversidad. A excepción de casos como Dorothea Towles en los 40 y Helen Williams en los 60, la capital gala carecía de musas negras, y el evento, influenciado por el espíritu multicultural del movimiento por los derechos civiles y la guerra de Vietnam, causó sensación.

En años posteriores, creadores como Yves Saint Laurent, John Galliano y Jean-Paul Gaultier exploraron influencias “exóticas” con modelos a la altura de las circunstancias. Pero lo que parecía un avance definitivo resultó ser tendencia pasajera, ya que los años 90 devolvieron la hegemonía de musas blancas.

Fue con el boom de las redes sociales, veinte años después, que los flashes propusieron normalizar estereotipos, cuerpos e individuos considerados marginales pese a representar a gran parte del público.

La década de 2010 enmarcó sucesos revolucionarios. La ex modelo y activista Bethann Hardison, una de las maniquíes de la Batalla de Versalles, fundó la Diversity Coalition en pos de aumentar el porcentaje de musas de color en las fashion weeks. Las barreras de género se desdibujaron gracias al avance de modelos trans, como Andreja Pejić y Lea T. La juventud dejó de ser un requisito excluyente y firmas del calibre de Versace, Yves Saint Laurent y Junya Watanabe convocaron a rostros mayores de cuarenta. El rubro beauty se diversificó a raíz del contrato de Estée Lauder con la china Liu Wen, primera embajadora asiática de la marca. El estigma de los talles grandes se revirtió con modelos plus-size, como Ashley Graham en la tapa de Sports Illustrated. La estadounidense Vogue publicó su primera portada shooteada por un fotógrafo afroamericano, y la versión inglesa nombró al primer editor en jefe negro de la historia, Edward Enninful. El machismo de los conglomerados de lujo empezó a ser desafiado por referentes como Rihanna, primera mujer de color al mando de una marca del grupo LVMH, Fenty.

Junto con los cambios en el statu quo, los consumidores se volvieron más exigentes respecto de la procedencia y la implicancia social de sus prendas. Instagram permitió que cuentas como Diet Prada y Esteé Laundry se cargaran esos asuntos al hombro y pusieran en evidencia ofensas o casos de apropiación cultural. Como consecuencia, cada vez más nombres sumaron a sus equipos diversity chiefs, encargados de llevarlos hacia puertos inclusivos. Se destacan los casos de Ralph Lauren, Gucci y Chanel.

El movimiento Black Lives Matter puso la lupa sobre la industria de la moda y su inherente desigualdad. Alrededor del mundo resonaron testimonios de racismo en gigantes que manifestaron sus disculpas públicamente.

Black Lives Matter

El movimiento internacional Black Lives Matter puso la lupa sobre la industria de la moda y su inherente desigualdad. Alrededor del mundo resonaron testimonios de racismo en gigantes que manifestaron sus disculpas públicamente. Entre los “arrepentidos” salieron a hablar Anna Wintour, en nombre de Condé Nast; el diseñador Jonathan Anderson; la editora Carine Roitfeld; el British Fashion Council, y el Council of Fashion Designers of America, que cuenta con sólo cuatro por ciento de miembros de color. Otra evidencia de racismo institucionalizado.

A esta altura del partido, el cambio no puede quedarse en lo superficial y se hace necesario avanzar hacia un destino en que diversas comunidades sean representadas en los boards de las compañías, donde la mayoría de los ejecutivos son hombres blancos y hegemónicos. Un destino en donde además de contratar modelos de color, las marcas busquen maquilladores y peinadores que sepan trabajar con diversos tonos de piel y espesores de pelo.

El éxito de semejantes decisiones se hace visible en la última campaña de belleza de Gucci, cuya modelo, Ellie Goldstein, tiene síndrome de Down. La mayoría de los profesionales que trabajaron en las imágenes, incluido el fotógrafo David PD Hyde, presentan algún tipo de discapacidad.

Asimismo, el verdadero impacto de estas iniciativas se verá el día que la inclusión no sea la excepción. Así lo resumió Rousteing, luego del desfile de Balmain: “Lo que estoy haciendo es normal. Lo que no es normal es la falta de diversidad”.