Atrás quedó el influencer que tomaba champagne en un yate lujoso mientras le daba play al último hit del verano. La pandemia modificó la vida de todos y hoy nos interpelan contenidos que logran conectarnos y crear comunidad.


Los medios de comunicación transmiten imágenes desoladoras: en Corea del Sur, los más chicos vuelven a clases con máscaras faciales y mamparas que dividen sus asientos; en Inglaterra, el primer recital de la nueva era se lleva a cabo sobre plataformas metálicas distanciadas entre sí; en la Argentina, aún seguimos sin salir de casa, o intentando salir lo menos posible, mientras la venta de calmantes crece al ritmo de enfermedades como la depresión y el estrés.

A mediados de marzo, cuando una pandemia nos confinó a vivir en cuarentena, las ventanas al mundo pasaron a ser las redes sociales. Con una televisión enfocada exclusivamente en el minuto a minuto de la covid-19, sin nuevos programas de entretenimiento que nos propiciaran segundos de distracción, sin aperturas de bares, sin recitales o eventos masivos, y encerrados entre cuatro paredes, Instagram tomó un impulso sin precedentes y se convirtió en una suerte de salvavidas de la realidad virtual.

Necesitamos pensar en otra cosa, eso está claro, y ante la urgencia de leer mensajes positivos que nos ayuden a salir del contexto de crisis, las famosas “cuentas del bien” proliferaron en el universo de internet. En lugar de viajes de lujo, hoteles seis estrellas y marcas de ropa imposibles de pagar para la mayoría de los consumidores, ahora se habla de alimentación consciente y se debate sobre diversidad corporal y autocuidado personal. Los viajeros de siempre planean aventuras conectadas con el medioambiente, y las it girls recomiendan proyectos de moda ética y cosmética cruelty free. Pero también hay lugar para los artistas, los lectores y los amantes de la buena gastronomía, que nos abren las puertas de sus casas y nos entretienen cada noche con sus ciclos en vivo.

“Los que supieron acompañar el momento desde un lugar empático se destacaron mucho más. Es importante que puedan asumir el rol social que tienen y tomar esa responsabilidad para generar mensajes acordes, ya sean informativos o de acompañamiento.” (Juan Marenco, director de la agencia Be Influencers)

Entre canción y canción, la influencer Connie Isla publica una receta de pancakes veganos y un video con diez consejos “para intentar salvar al planeta”. La actriz Señorita Bimbo habla de antiespecismo, al mismo tiempo que incentiva a probar un #LunesSinCarne y hacer red la consigna. La autora Soledad Barruti nos cuenta cómo reemplazar los productos del supermercado por comida elaborada en casa y lee frente a la cámara fragmentos de su último libro dedicado a la industria alimentaria local. “Hoy veo a las redes sociales siendo emergentes de información y espacios de comunicación muy copados, sin censura y rápidos. Hay una necesidad de buscar información que nos ayude a salir de este desastre, y las redes unen, juntan gente y arman activismo”, dice la escritora.

Dafne Schilling, la yogui e influencer espiritual que a diario dicta consejos para conectar y liberar emociones (además de dar clases virtuales de meditación), cuenta que, para muchos, esta pandemia fue un gran despertar de conciencia: “Nos obligó a cambiar de ritmo, a estar más tranquilos y a observar cómo nos sentimos. Pudimos ver con más claridad qué hábitos consumimos a diario y cómo repercuten en nuestro bienestar, y accionar hacia lo que nos hace mejor”.

Algo parecido hace el fotógrafo e instructor de yoga Dylan Werner, ante su más de medio millón de seguidores: hoy desde su casa, pero habitualmente de viaje por el mundo, comparte imágenes de sus posturas en diversos escenarios naturales y técnicas de control mental para sobrellevar la ansiedad.

Los y las ecoinfluencers (como las hermanas Basilotta, que derriban mitos sobre la moda sostenible a través de la cuenta @laschicasdelplaneta, o Carry Somers, fundadora del movimiento global @fashion_rev, que desde 2013 promueve tomar conciencia sobre quién fabrica la ropa que usamos, cómo se hace y en qué condiciones) son grandes protagonistas de esta nueva era, aunque no son los únicos. Con el auge del body positivity, un movimiento que celebra la diversidad corporal y deja atrás el concepto de belleza hegemónica, perfiles como el de la modelo Ashley Graham o la megaestrella Lizzo se volvieron masivos en la red social de los likes.

A nivel local, las modelos plus size Agustina Cabaleiro (@onlinemami_) y Brenda Mato hablan sobre gordofobia, ley de talles y uso desmedido de Photoshop, tres temas que suelen generar controversia. El mes pasado, para contrarrestar los mensajes negativos que reciben a diario, impulsaron una acción denominada #ChallengeDelBien. “Por cada contenido del mal que veas, no le comentes, no lo compartas, no te enojes. Anda a la cuenta del activista que más te gusta, de creadores de contenido copado, de gente que tiene algo importante para decir y difundí lo que hace. Usemos esa energía para visibilizar a quienes sí se lo merecen”, escribió cada una en su cuenta.

Pero, además, los influencers de siempre nos unen a través de disciplinas como el arte, la música y la gastronomía. Así, vemos a la joven Martina Elisa, que además de hacer pintura, comparte información sobre muestras visuales, fotógrafos y artistas del exterior; al periodista Nicolás Artusi (@sommelierdecafe), que organiza charlas y ciclos de lectura en vivo; al conductor de radio Ale Lacroix, que ofrece DJ sets desde el balcón de su departamento en Recoleta, y a la popular Paulina Cocina, que todos los días nos enseña trucos para comer rico con ingredientes accesibles, algo clave en este contexto.

“Por cada contenido del mal que veas, no le comentes, no lo compartas, no te enojes. Anda a la cuenta del activista que más te gusta, de creadores de contenido copado, de gente que tiene algo importante para decir y difundí lo que hace. Usemos esa energía para visibilizar a quienes sí se lo merecen”, proponen Brenda Mato y Agustina Cabaleiro.

Más allá de la cuarentena, las vidas de los influencers hoy son mucho más reales y parecidas a las nuestras. Porque, en mayor o menor medida, todos tenemos una historia que contar.

“Siempre supieron entretener, pero durante la pandemia, los influencers se transformaron en una compañía cotidiana y una especie de salida de la rutina para quienes están solos. Todos ellos modificaron sus estrategias y sus contenidos para adaptarse al encierro, y los que supieron acompañar el momento desde un lugar empático se destacaron mucho más. Es importante que puedan asumir el rol social que tienen y tomar esa responsabilidad para generar mensajes acordes, ya sean informativos o de acompañamiento”, concluye Juan Marenco, director general de la agencia Be Influencers.