Una serie original de Netflix que reúne las andares de distintas personas que se encuentran, cuentan sus decepciones, alegrías y comparten soledades junto con un buen plato de comida japonesa.


Cada tanto el streaming nos acerca una joyita inesperada. De esas que son inclasificables y que dejan el corazón y la cabeza satisfechos.

«Cuando el trabajo termina y la gente se apresura por llegar a su casa, comienza mi día»: eso dice el sabio cocinero de una pequeña cantina que abre cada medianoche, al comienzo de cada episodio de la serie. Y vemos entonces la populosa Tokio, plagada de carteles luminosos, trenes sobreelevados, calles superpobladas; para que la cámara luego nos lleve por el angosto callejón hasta un pobre edificio en cuyos altos está este «Restaurante de Medianoche».

Cada capítulo lleva el nombre de un platillo japonés, generalmente simple, que jugará un rol protagónico en esa cena en particular, y un grupo rotativo de personajes irán desgranando las penas, emociones, desolación, alegrías de unas vidas pedestres, que casi siempre desembocan en una historia de amor.

Todos los personajes, comenzando por el cocinero, son entrañables. Las historias perfectas en sus 28 minutos promedios de duración, y parece mágico que pueda contarse tanto en tan poco tiempo.

Impecable dirección de actores, guión que todo el tiempo escapa de lo previsible y direccion de arte sutil y elegante.

La serie lleva dos temporadas de 8 capítulos cada una y es, sorpresivamente, una producción original de Netflix, que muestra aquí la capacidad de apoyar productos diferentes y de nicho.

Si como teorizó alguien, las series reemplazan hoy a las novelas por entregas del siglo XIX, esta sustituiría a un libro de pequeños poemas.