El movimiento autoconvocado por fans y artistas surgió para visibilizar la realidad de la cantante, exigir su libertad y romper con la conservatorship aplicada desde hace más de diez años bajo la tutela de su padre.


¿Hay alguien en este planeta azul que no conozca a Britney Spears? Si fuiste criado bajo la cultura occidental no hay forma de que no sepas quién es. Sus canciones reventaron la radio, la TV y la adolescencia de más de una generación que hasta ese momento veneraba, cada tanto, a ídolas adultas y atrevidas como Madonna. Y no importa si te gustaba el rock, los hits de Britney flotaban como flechas en el cielo de la cultura pop de los 2000.

El 22 de julio pasado, Spears, de 38 años, fue citada a la corte de Los Ángeles, Estados Unidos, en el marco de un juicio por obtener su autonomía legal. Según el portal de noticias The Blast, por problemas técnicos y en plena pandemia mundial, Britney no pudo participar de la audiencia y la jueza Brenda J. Penny decidió reprogramarla. El 19 de agosto, cuando se retome, la Justicia deberá avanzar en la ratificación o revocación de la tutela que le ha otorgado en marzo de 2008 a su padre, James Spears, luego de que la cantante experimentara crisis nerviosas por las que recibió tratamiento psiquiátrico. En ese entonces, la Justicia definió que no era capaz de garantizar sus propios derechos ni los de sus hijos y definió su conservatorship, término legal utilizado en los Estados Unidos para definir el cuidado de los bienes materiales de una persona que se encuentra incapacitada.

En pleno agite de la nueva ola feminista, fanáticos, artistas, abogados y otros especialistas se unieron para denunciar el abuso sostenido que la cultura ejerce sobre ella.

Pasaron trece años de ese fallo y su padre, una vez más, insiste en sostenerlo. ¿Pero qué argumentos tiene? Eso se pregunta el movimiento autoconvocado #FreeBritney, que, al calor de los feminismos del mundo, ha surgido para visibilizar la realidad de la cantante y exigir su libertad. Personalidades como Miley Cyrus o Cher se han sumado a la campaña virtual y el colectivo Abogadas por Britney sigue el caso en detalle.

Bailarina impecable vestida de colegiala tirando pasos imposibles en los pasillos de una escuela como las de las películas yanquis. Su pelo dorado repartido en dos trenzas, ¡esos moñitos rosas de las puntas! Esas inflexiones de su voz diciendo “oh baby, baby”. Britney Spears legalizó el beboteo moderno. Encarnó el estereotipo de niñez sexualizada creyendo que tan sólo creaba himnos y coreografías. Construyó un imperio de 230 millones de dólares netos de los que no puede disponer. Como determinó la Justicia, Britney recibe 1.500 dólares semanales. Pero no puede salir de su casa ni manejar un auto o hacer reuniones debido a su salud mental. Nada dijo la ley acerca de su impecable desempeño para seguir generando ganancias: en 2019, Spears sumó nada menos que 138 millones de dólares por derechos de autora, por participar en The X Factor y por su residencia en Las Vegas.

Spears tenía 10 años cuando el showbiz la captó. Fue en la competencia de talento Star Search, en 1992, donde se coronó ganadora y miembro del Club de Mickey Mouse. Desde entonces, sus vínculos fueron regulados por su padre. Britney no tiene amigas. En 1997 su carrera giró a fase solista, desde donde alcanzó récords de ventas, giras, millones de dólares y tapas de revistas, al tiempo en que su independencia empezó a verse coartada. En las primeras entrevistas que dio siendo adolescente la encontramos concentrada en sostener la imagen de chica bella, joven, sexy pero virgen que le habían impuesto defender y que conformaría a la velocidad de la luz el estereotipo juvenil de muchas niñas en todo el mundo. En las notas que dio siendo madre, la vemos revoleando sus ojos ante acusaciones –no preguntas– de mala madre, mala canción, ropa inapropiada. La vara que siempre la había medido empezó a ser cada vez más irreal. Britney no tiene contacto con la prensa a menos que su padre lo decida; se dice que él edita el material antes de su publicación. ¿Cómo hizo para colectar semejante poder? Britney no controla ni siquiera sus redes sociales. Todos sus posteos son acerca de flores, maquillaje y la vida espiritual. Jamás responde los comentarios de sus 28 millones de seguidores, quienes preocupados por ella le ofrecen ayuda en Instagram.

No tiene la custodia de los hijos que tuvo con Kevin Federline, de quien se divorció hace trece años. Supimos de sus episodios críticos porque Britney creció a la luz de los flashes. Vimos en vivo y en directo cómo la joven que encarnó el producto más acabado de la industria universal del espectáculo destruía su final feliz. ¿Qué le habrá pasado a la diosa pop para que decidiera ponerse un buzo gris, raparse su blonda cabellera y, fuera de todo glam, reventar los vidrios de un auto a paraguazos?

Desde hace más de diez años, la princesa del pop no puede hacer ni decidir nada sin la autorización de su padre. Britney no controla ni siquiera sus redes sociales.

Birtney Spears no es la primera estrella del espectáculo que atraviesa feroces disputas legales o situaciones complejas bajo la lupa del periodismo morboso. Sin embargo, es la primera cuyo contexto abrió posibilidades antes impensadas. En pleno agite de la nueva ola feminista, fanáticos, artistas, abogados y otros especialistas se unieron para denunciar el abuso sostenido que la cultura ejerce sobre ella.

El radiopasillo dice que se siente presa. Que nunca pudo ser como realmente quiso. Que controlaron su crecimiento personal y profesional como si no fuera humana. La mamá de Britney, Lynne O’Field Portell, solicitó su tutela en las últimas audiencias. Su hermano Bryan aseguró que la esencia de Britney no puede salir a la luz tal como la obligan a vivir. La Justicia asegura tomar nota. ¿Y Britney? ¿Cómo está?