Es la chef y food stylist detrás de la imagen visual de McDonalds’s, Arcor y Unilever. Después de trabajar con Francis Mallmann, se abrió su propio camino y aprendió a captar la mirada del consumidor a través del lente.


Emi Pechar está en todas partes: detrás del Big Mac perfecto y jugoso que aparece en las publicidades de McDonald´s, entre las burbujas del chocolate aireado de Cofler y al lado del conejo de Nesquik que inunda de sabor las góndolas del supermercado. Es la persona que nos hace comer con los ojos, capaz de tentarnos con una foto de Instagram o el paso a paso de una receta impresa en un paquete de Chocolinas. Aprendió a cocinar en familia, en el campo que su papá administraba en Tierra del Fuego, y se enamoró de ese mundo. “Nos instalábamos durante el verano y nos la pasábamos pescando truchas, recolectando hongos y haciendo dulces. Nos encantaba preparar mesas gigantes para la hora del té y agasajar a los vecinos”, recuerda con nostalgia. El resto fue tiempo, trabajo y la fortuna de estar en el lugar correcto en el momento exacto. Primero conoció a Francis Mallmann en la Expo Sevilla, el mismo año que viajó a España para trabajar como niñera de sus primos. “Francis había llevado su restaurante para representar al país. Un día fui a conocerlo y me encontré con Próspero Velazco, su pastelero estrella. Entonces le pregunté si podía empezar a ayudarlo y me dijo que sí. De vez en cuando iba y hacía un mousse de chocolate para dos mil personas”, cuenta mientras se ríe. Lo siguiente fue hacer una pasantía en su restaurante Patagonia. Emi quedó fascinada con los libros de cocina del chef, y su curiosidad la llevó a preguntarse por la persona detrás de la foto: una duda que resolvió estudiando en Nueva York, en el Culinary Institute of America. “Estando allá, de casualidad me encontré con un curso que se llamaba Foodstyling: cómo preparar comida para la cámara. Yo ni sabía lo que era, pero me llamó la atención y entré. En ese lugar encontré la mezcla perfecta de todo lo que hoy me gusta. Sigo enamorada de mi trabajo como el primer día”.

«Cada producto tiene su truco. La comida caliente, por ejemplo, se suele fotografiar fría: podemos pintar la carne o la pasta con aceite para dar esa sensación de recién salida del horno o simular humo con una vaporera facial.»

—¿Qué herramientas te dio ese curso?

—Fue un curso muy intensivo, de una semana, pero me sirvió muchísimo. Primero, para entender que me encantaba el mundo de la fotografía. Hoy vienen mis tres hijos y mi cámara de fotos. Y lo más importante, aprendí a transmitir con la comida y a atrapar la mirada del consumidor. Está buenísimo poder meterse en la cabeza de la gente y entender qué les gusta.

—Bueno, hoy sos la encargada de la imagen visual de Havanna, McDonald’s, Arcor. ¿Qué tenés en cuenta a la hora de armar esa imagen?

—Hay que evaluar el perfil de cada uno, a qué consumidor apunta, y trabajar sobre eso. Hoy los gustos de la gente son muy claros. Yo el otro día subí una foto de una receta vegana a mi cuenta de Instagram (@emipechar) y tuvo dos likes, porque la gente en mi perfil busca chocolate, no cocina light. Yo no transmito eso. Las redes hoy me sirven para entender lo importante que es definir el perfil de lo que hacés.

—Me interesa hablar del paso a paso del foodstyling. ¿Cómo hacés para lograr que la comida se vea perfecta?

—El primer tip es enamorarte de lo que vas a hacer y buscar el mejor ángulo para sacar la foto. Cada producto tiene su truco, y también depende de lo que las marcas te pidan resaltar. Por ejemplo, hoy cociné galletitas con chips de chocolate, y antes de sacar la foto, les pasé una pistola de calor por arriba, para que los chips brillen y llamen más la atención.

—Decías que cada producto tiene su truco… ¿Nos contás alguno?

—La comida caliente, por ejemplo, se suele fotografiar fría: podemos pintar la carne o la pasta con aceite para dar esa sensación de recién salida del horno o simular humo con una vaporera facial. ¿Qué más? Para que una hamburguesa parezca más sabrosa, la cocinás en una plancha y después le pasás un palito de brochete caliente para remarcar las rayitas doradas de arriba. Si hacés un alfajor casero y querés lograr una mejor textura, lo bañás en chocolate y le pasas un secador de pelo para lograr ese efecto “ola”. Y hay cosas más simples también, como al momento de elegir un tomate, elegir la rodaja del medio, que es la más redonda y prolija. Hay que identificar las dificultades del producto y mejorarlas, pensar como consumidor.

—¿Te pasó alguna vez de no poder encontrarle la vuelta a determinado alimento?

—Hay cosas que son difíciles, pero a mi me divierte el desafío. Ponele, tenemos que hacer fotos de un pan dulce para navidad y estamos a julio. Todavía no se fabricaron los nuevos y hay que usar los que sobraron del año anterior, que están metidos en un placard de la oficina, hechos percha. Ahí decís: ¿cómo voy a hacer para que se vean bien? Pero creo que todo es una cuestión de tiempo. A todo le podés buscar la vuelta para que se vea más lindo. Con el mundo de las redes, ahora todo el mundo hace foodstyling. Pero esto es un trabajo muy técnico. No es poner una torta arriba de un plato.

«Con el mundo de las redes, ahora todo el mundo hace food styling. Pero esto es un trabajo muy técnico. No es poner una torta arriba de un plato.»

 —De eso quería hablar. ¿Qué cambios hubo en la industria a partir de la llegada de Instagram?

—Cuando empezó Instagram, todavía se usaban mucho los recetarios de cocina. Entonces, al momento de cotizar las fotos, las marcan te decían que no había presupuesto para redes. El recetario era lo importante. Pero todas las marcas querían que sus productos se vieran bien, y yo veía que mis clientes tenían fotos que estaban perjudicando su imagen. Empecé a trabajar en redes básicamente por eso. Hasta que un día los recetarios empezaron a desaparecer y las marcas empezaron a explotar ese mundo. Hoy Instagram es una de las principales vías para vender un producto. Y nuestro trabajo cambió muchísimo con su llegada. Todos los cocineros necesitan tener un mínimo conocimiento de foodstyling.

—¿Cómo fue evolucionando ese proceso?

—El negocio se fue ampliando, se abrieron puertas muy divertidas. La gente en Instagram quiere ver cosas lindas, apetitosas, ricas, pero sin comunicación violenta. Por eso ahora estoy haciendo muchos videos también. Vos fijate que las marcas que postean sus productos con el chivo atrás, no tienen tanto éxito como las que muestran sus productos sin branding y te ofrecen un servicio, como recetas.

—¿Es una forma de acercarse a los consumidores?

—Exacto. La gente quiere hacer una torta de chocolate, no que le vendan algo obvio. Si vos mirás el perfil de Chocolinas, por ejemplo, no ves paquetes de Chocolinas. La cuenta es exclusivamente de recetas, y vos mirás el perfil y reconocés la marca. En Havanna pasa lo mismo. No necesitás mostrar el paquete de alfajores. Puede estar fuera de foco, de fondo, pero no ves la caja y el texto que dice: comete el alfajor. Mirás la foto y decís: qué rico esto. Yo creo que a la gente no le gusta que en una red social de entretenimiento, le vendan algo. El consumidor te pide algo más, y el contacto directo en Instagram te sirve para darte cuenta.