En medio de una de las etapas más oscuras de la historia política argentina, la gran fotógrafa del rock nacional retrató como nadie a los protagonistas de una nueva escena que a pesar del contexto social se oponía a los mandatos y anhelaba la libertad.


Por lo general, la historia del rock venía siendo propiedad de músicos, biógrafos o periodistas. Pero esta vez el enfoque cambió. Andy Cherniavsky, histórica fotógrafa del rock argentino, se decidió a dejar la cámara por un rato y se volcó a escribir sus memorias de todo ese tiempo vivido en las noches interminables de una década que se jactó por adueñarse del tridente: sexo, drogas y rock and roll. “Veo desfilar los años 80 todos los días en mi trabajo como si fuera un libro de historia; los músicos más importantes pasaron ante mis ojos y sigo atada de alguna manera a todos ellos por su talento y mi admiración por su música”, escribe al inicio de su reciente libro, Acceso directo. Memorias de una fotógrafa del rock argentino en los años 80 (Editorial Planeta).

La vida de Cherniavsky tuvo de todo y, por sobre todas las cosas, mucho rock. Desde muy joven se las tuvo que rebuscar sola. Se topó con la separación de sus padres y el alejamiento de ambos. Su madre, una psicóloga moderna y hippie, se fue por varios destinos (Brasil y España) a la búsqueda de establecerse en alguna de sus relaciones y corrió detrás de sus experiencias de porro y LSD. Su padre se dedicó a la producción artística y trajo a Santana a la Argentina. Cuando le tocó ser director del Centro de Artes y Ciencias se encargó de que numerosas glorias artísticas, como Mercedes Sosa, Astor Piazzolla o Les Luthiers, pudieran tocar allí.

Andy se hizo muy amiga de Charly García. “Fuimos amigos durante miles de años. Es de esas personas que por ahí uno no ve durante cinco años, pero cuando se da es todo maravilloso. Siempre recordamos aquellas épocas con mucha nostalgia. Es alguien muy presente en mí. Charly es el número uno”, confiesa. Se enamoró profundamente de Andrés Calamaro en la época de Los Abuelos de la Nada. Vivieron juntos varios años hasta que el Salmón decidió que su destino artístico estaba en España con el inicio de Los Rodríguez. Como fotógrafa trabajó en la revista Rock & Pop, codo a codo con Daniel Grinbank, y les sacó fotos a todos los rockeros de la época, desde Luca Prodan hasta los Ramones.

Luego, el paso de los años y algunos episodios no muy gratos para ella –una piña de un desconocido en la esquina de Cemento antes de entrar a ver a los Redondos, los quichicientos escupitajos más la violencia en las inmediaciones de Obras antes del show de los Ramones o la batahola de los fans de The Cure en Ferro– serían motivos suficientes para que decidiera ponerle punto final a su trabajo en la cobertura de shows. No más fotos de recitales. Todo lo referido a la música quedaría puertas adentro de su estudio y el protagonismo de su trabajo quedaría exhibido en el terreno de la moda y la publicidad.

–En una de las tantas anécdotas, contás que venías caminando con Charly García y que te llevaron presa a vos y a él no. ¿Por qué se dio así?

–Más allá de que a Charly no se lo llevaban porque ya tenía un nombre, caer en cana era parte del viaje de salir a la calle en dictadura. No te llevaban en cana por estar haciendo algo raro, por ahí estabas en una plaza o en un café más de una hora y media y te llevaban en cana.

Tu estadía en la cárcel respiraba el clima de época.

–Una aventura dramática, injusta. Medio un viaje de terror. En el libro no quise profundizar mucho en esas cosas porque no me quise meter en el bajón de lo que fue haber vivido todo eso. Muchas de esas historias están compuestas de mucha tristeza, de haber pasado momentos muy de mierda y de haber tenido que resistir a mucha injusticia desde afuera y desde adentro. Desde mi familia hasta el entorno social que se vivía en aquel momento. Era muy difícil ser libre. Pero con el rock existía la posibilidad de sentirse libre en un contexto así.

“El rock era un estilo de vida, un lugar de pertenencia y también una ideología que quería romper con las estructuras de represión, censura y un montón de cosas.”

–En esos jóvenes que optaban por el rock su búsqueda iba más allá de lo musical, ¿no?

–Había una búsqueda, y esa búsqueda implicaba muchos peligros. Dentro del rock y fuera también. Había una necesidad de experimentación con la música, con las drogas, con la literatura. Hoy es muy fácil pasarte el día tirado en una plaza leyendo, la plaza es nuestra ahora. En ese momento era un peligro estar en una plaza. Me acuerdo de haber caído en cana yendo a ver a Moris, a Manal. Situaciones totalmente ingenuas. Era un compendio de cosas que hoy son anécdotas pero que fueron muy heavy.

–Antes decías que además de resistir injusticias de afuera también lo tuviste que hacer dentro de tu familia. ¿Por qué?

–Tuve que luchar mucho contra la discriminación en mi propia familia por los maridos y las mujeres de mis viejos. Sufrí mucho ese bullying interno en la familia: desprecio, menosprecio, humillación. Por eso considero que el rock me devolvió un cacho de mí misma, fue mi lugar de expresión. Se respiraba ese “bienvenidos al tren”.

–¿Cómo era la relación con tus padres?

–La relación con mis viejos fue muy complicada. Mis viejos se fueron. Fue muy duro y difícil, pero al mismo tiempo creo que la búsqueda de libertad de ellos, que venían de padres rígidos, tuvo que ver con eso de entrar en los sesenta con un ímpetu distinto. Me acuerdo de cosas que ellos me decían que me volaron la cabeza desde muy chiquita.

¿Qué te decían?

–Cosas desde lo político, respecto a los derechos humanos. Cosas respecto a la libertad. Incluso hasta algunas que a mí como hija no me divertían nada: por ejemplo, ver a mi mamá fumándose un porro. Después todo eso se acomodó y lo entendí. Mis viejos me dejaron la llave de ingreso al arte, al pensamiento crítico, a la vanguardia de un montón de cosas. Me mostraron películas, obras de arte, música, libros y artistas. Hubo cierto camino allanado hacia la exploración en general. Hacia el permiso de la exploración y a no tener miedo de eso.

Todo ese legado de tus padres hace creer que si no se daba por el lado de la fotografía, el camino de tu vida hubiese sido por alguna otra rama del arte.

–Siempre digo que la fotografía me buscó más a mí que yo a ella. Me sentía un poco rara con este tema de no haber estudiado, con ser autodidacta, y aparte venía con la autoestima muy por el piso por el alejamiento de mis viejos. Así que construir todo el camino hacia encontrar mi profesión fue duro. Creía, un poco ingenuamente, que a los siete años tenías que saber quién eras y qué querías hacer. Estilo Charly, que a los cinco años ya tocaba el piano y era profesor. Me acuerdo de que en ese momento me sentía grande y disminuida.

¿Qué fue el rock en tu vida?

–Era un estilo de vida, un lugar de pertenencia y también un lugar de ideología que quería romper con las estructuras de represión, censura y un montón de cosas. No es que quería romper desde la política o desde la militancia. Era un movimiento ideológico con mucha profundidad, que planteaba una especie de lucha con una guitarra en la mano o, en mi caso, con una cámara de fotos. Creía fervientemente en la canción y en el rock como un arma cultural. Además era mi grupo de contención, mi familia, mi espacio. Me recepcionaron y nunca me discriminaron.