La nueva serie de Amazon protagonizada y producida por Reese Whiterspoon pone en tensión las contradicciones de la cultura norteamericana. Una historia sobre feminismo, maternidad y racismo en los Estados Unidos.


Digamos que la chica legalmente rubia lo viene haciendo en grande. Produjo y se puso al hombro tres de las series más prestigiosas y en algunos casos más premiadas de los últimos años: «Big Little Lies», «The Morning Show» y la que nos ocupa.

Reese Whiterspoon, de ella hablamos, escogió en este caso una novela de Celeste Ng, publicada en 2017; como había escogido antes la novela de Liane Moriarte para llevar adelante la muy exitosa «Big Little Lies». Con ese más que interesante material en sus manos, convocó a Kerry Washington (que venía del enorme suceso de «Scandal») y a la guionista Liz Tigelaar, con el backgruond de libros como «Brothers & Sisters» y «Life Unexpected», conformando un sólido equipo de mujeres que no podía menos que pergeñar este poderoso relato sobre las relaciones humanas.

«Little Fires Everywhere» es la historia de dos mujeres radicalmente diferentes, con historias y filosofías de vida en las antípodas que por una casualidad geográfica cruzan sus vidas en un pequeño y conservador barrio privado de las afueras de Cleveland en el transcurso de los 90s.

Elena Richardson (Whiterspoon) es la mujer que la americana promedio ha idealizado: la señora de su casa, con una familia fotogénica y un trabajo de periodista ad honorem que sirve a la vez de enmascarada independencia y de tapadera de la frustración de alguien que hubiese podido escribir en el Times.

Cuando Elena conoce a Mia Warren (Washington) está en un punto de su vida en que todo el laborioso entramado con que articuló una familia impecable, plagada de verdades calladas o dichas a medias, empieza a resquebrajarse. Y encuentra en aquella mujer negra, de vida trashumante y poco clara, bohemia y madre soltera de una adolescente, el retrato complementario, el lado B, tan atractivo como inquietante.

Ella se encarga de que sus vidas se entrelacen, arrendándole la planta alta de una propiedad de su familia y facilitándole un trabajo que bordea la subordinación, y poco a poco intenta apoderarse de una historia que Mía, una gran fotógrafa en permanente estado de exilio, no desea revelar, ni siquiera a su hija. Ni siquiera a ella misma.

Ambas han fundado sus bases en pequeñas mentiras que cubren otras pequeñas mentiras y así hasta perder de vista lo que de genuino tenían. Mía tiene a su favor que su independencia es auténtica y que para mantener sus principios ha sacrificado incluso más de lo debido.

Los pequeños fuegos que empiezan a encenderse sin que estas mujeres puedan percibirlo debido a la tensión creciente entre lo que el mundo de una representa para la otra y viceversa, preanuncian todo el tiempo la tragedia: probablemente la tragedia del fracaso de la burguesía americana, y de la burguesía lisa y llanamente; la tragedia de la imposibilidad de sincerarse con respecto a sus prejuicios raciales, sociales, de género; la tragedia de ser una mayoría que históricamente sufrió las postergaciones de las minorías.

No elige desafíos fáciles Mrs. Whiterspoon. Lo bueno es que los sortea con muchísimo talento.