Netflix estrenó un documental sobre el pedófilo y multimillonario estadounidense que lideró una red internacional de tráfico sexual de menores con la complicidad e involucramiento de políticos y personalidades del espectáculo. Un imperio de abusos relatado por las sobrevivientes que eludió a la Justicia y se convirtió en TT mundial.


“¿Ha sido condenado por un delito?”, pregunta una voz en off. “Sí”, responde Epstein. “¿Cuál fue el delito por el que lo condenaron?”, insiste. “Dos cargos: solicitud de prostitución y usar a una menor para la prostitución.” “¿Realmente cometió esos delitos?” “¿Cuántas veces solicitó a una menor para la prostitución?” Las preguntas no cesaban, la impunidad del acusado crecía y las respuestas empezaron a ser una sola: “Invocaré la Quinta Enmienda”.

Corría 2003 y a Vicky Ward, periodista de Vanity Fair, se le pide escribir una nota acerca del magnate Jeffrey Epstein: un multimillonario de bajo perfil, buen mozo y con contactos en el poder. Una especie de Gatsby enigmático que hacía importantes donaciones a diferentes organizaciones y se definía como un filántropo. En su afán por juntar información, Ward advirtió que la investigación, que en un principio tenía un enfoque financiero y de color, mutó cuando se topó con dos hermanas, Maria y Annie Farmer, que lo habían denunciado por abuso. Las sobrevivientes se animaron a contar lo que habían sufrido, pero toda la información al respecto fue editada y jamás salió impresa.

Pasado fraudulento

Sin tener un título, Jeffrey Epstein consiguió trabajo como profesor en The Dalton School, una escuela en el Upper East Side neoyorquino. De ahí pasó a trabajar en bancos y consultoras financieras hasta aliarse con Steven Hoffenberg, el ex presidente de Towers Financial Corporation, una agencia de cobro de deudas, que utilizó un esquema Ponzi y estafó a inversores por millones de dólares. Luego, se unió a Leslie Wexner, un empresario multimillonario, fundador y presidente de L Brands, dueño de Victoria’s Secret, Abercrombie & Fitch, Express y Bath & Body Works.

Para ese entonces, Epstein tenía cinco propiedades: una mansión en Manhattan, un departamento en París, un rancho en Nuevo México, una casa en Palm Beach y una isla privada, Little Saint James, una de las Islas Vírgenes de los Estados Unidos. En todas estas viviendas, Epstein abusó de niñas de a partir de 12 años con la complicidad de muchos, entre ellos, su entonces mujer, mano derecha y reclutadora oficial, Ghislaine Maxwell.

Modus operandi

Epstein sabía cómo detectar la vulnerabilidad de una persona, identificaba una necesidad y la explotaba. Sus mecanismos de manipulación eran ejecutados en niñas que tuvieran algún tipo de desventaja económica o hubieran sufrido un trauma en el pasado. A algunas les ofrecía ayudarlas con sus carreras profesionales, llevándolas a sus residencias o de viaje. A otras les ofrecía dinero a cambio de un masaje. Y muchas otras veces combinaba ambas estrategias de perversión. Uno de los delitos más importantes ocurrió en su mansión de Miami, donde les pagaba 200 dólares a sus víctimas por un masaje que devenía en abuso. Al terminar, les ofrecía repetir esa pesadilla o que le oficiaran de reclutadoras de nuevas víctimas a cambio del mismo monto. Por consiguiente, una víctima llevaba a la otra y la red comenzó a multiplicarse. Brad Edwards, abogado de las sobrevivientes, comentó: “Nunca había escuchado que alguien pudiera armar un timo piramidal de abuso sexual. Todos le temían y el miedo era su mayor ventaja. Eso le daba poder”.

Así como Trump y Clinton, eran muchos los que se codeaban con el magnate y participaban de los eventos privados que realizaba en sus residencias, y si bien no todos cometían el delito de prostitución que involucraba a menores, muchos fueron señalados por testigos que afirmaban que estaban al tanto de lo que sucedía. Pero, ¿qué clase de arreglo existía para salir impune de cada denuncia? ¿Quién lo protegía y por qué? La respuesta era clara: monitoreo permanente. En cada una de sus casas había cámaras ocultas que lo grababan todo, y si el caía, lo haría acompañado.

Epstein sabía cómo detectar la vulnerabilidad de una persona, identificaba una necesidad y la explotaba. Sus mecanismos de manipulación eran ejecutados en niñas que tuvieran algún tipo de desventaja económica o hubieran sufrido un trauma en el pasado.

Un halo de esperanza

“Eran las elecciones en los EE.UU. Ambos candidatos a presidente tenían relación con Jeffrey. Fui a casi todos los canales de noticias de los medios británicos y estadounidenses. Les dije quién era Epstein y lo que hacía. Nadie quería escuchar mi voz en 2016”, relata Sarah Ransome, una de las sobrevivientes del caso.

Un año más tarde, gracias a la viralización del tuit de Alyssa Milano, actriz que sufrió abusos por parte del productor Harvey Weinstein, otro amigo del financista, las víctimas comenzaron a ser escuchadas. Nacía el movimiento #MeToo y las denunciantes de Epstein querían alzar la voz.

En el Miami Herald se publica una investigación liderada por la periodista Julie K. Brown, que conecta los puntos vacíos entre Alex Acosta, secretario de Trabajo de Trump, y Jeffrey Epstein en función de un vergonzoso acuerdo de libertad otorgado al pedófilo años atrás. A partir de ello, el juez Kenneth Marra falló a favor de las sobrevivientes sosteniendo que el Gobierno federal conspiró junto al financista para violar los derechos de las víctimas. Acosta renuncia. El caso se reabre en el medio de un escenario de empoderamiento femenino, por lo que esta vez no iba a haber dinero alguno que otorgara la libertad del acusado.

Un final abierto

Epstein queda detenido en una audiencia en 2019, acusado de tráfico y abuso sexual de menores en el Centro Correccional Metropolitano en Nueva York. Tan sólo unos días más tarde, todos los canales y portales mostraban la misma noticia: Jeffrey Epstein se había colgado.

Las teorías conspirativas no tardaron en inundar al pueblo estadounidense, no sólo porque dos días antes había modificado su testamento sino porque su hermano, Mark Epstein, mandó a realizar una autopsia y el informe revelaba tres fracturas en el hueso hioides que no podrían haberse producido del modo en el que el pedófilo supuestamente se quitó la vida. Pese a la muerte del delincuente, el juez Richard Berman decidió que los testimonios de cada una de las sobrevivientes debían ser escuchados y las voces de las mujeres, que entonces eran niñas, llegaron a oídos de todos.

Virginia Roberts, otra de las sobrevivientes de Epstein, que también denunció públicamente al príncipe Andrés de Inglaterra, dijo: “Epstein no actuó solo. Nosotras éramos niñas y nos traficaban frente a ellos, que sabían muy bien lo que pasaba y no dijeron nada al respecto. Los monstruos siguen ahí afuera. ¿Por qué nadie los ha nombrado ni humillado? El próximo paso es que los otros se hagan responsables”.