La autora de Las malas desanda su propio camino y con su última novela, Tesis sobre una domesticación, reafirma su prosa y se consolida como una de las plumas más resonantes de la narrativa actual.


Un día cualquiera de la cuarentena, la escritora, poeta y actriz Camila Sosa Villada (1982, La Falda) dispara con la ferocidad de siempre desde su perfil de Twitter, @LanoviadeSandro, con más de 16 mil seguidores. Habla de actualidad (“la Bullrich toma caldo de Hitler todos los días”), de luchas populares (“‘el feminismo’ se está tomando muchas atribuciones y siempre sobre los cuerpos de las putas y las travas. Cierren ese antro de una vez y armemos nuestra propia fiesta, chicas”) y cine (“Pienso que los que dicen que Almodóvar debe hacer Las malas no conocen a Almodóvar”). Su seguridad es temeraria (esa misma confianza que le permitió construirse un lugar en la actuación y crear una de las prosas más resonantes de la narrativa actual) y recuerda a su charla TED que se puede ver en YouTube (más de 52 mil views), donde cuenta un capítulo de su vida: la primera vez que se subió a un auto, en Ciudad Universitaria de Córdoba (provincia en la que vive), y cobró por tener sexo con un tipo.

En este preciso instante, el panorama es completamente distinto: vive de lo que le gusta, tiene una novela exitosa en la calle que ya llegó a España, Las malas (Tusquets), y publicó Tesis sobre una domesticación. Resulta notable descubrir que Camila vuelve a construir mundos a partir de su mirada única y un posicionamiento inesperado para narrar. Si antes era el territorio de las chicas trans, ahora, luego de atravesar la autobiografía en el libro El viaje inútil y la poesía descarnada en La novia de Sandro, se sumerge en el mundo del teatro y las vidas rutinarias en busca de la epifanía que los saque del confort y los coloque en el éxtasis cotidiano.

Con ustedes, Camila Sosa Villada, un ser que corrió los decorados habituales de la vida esquemática para lanzarse a la aventura del capricho, el deseo y la revolución interna que interviene –e interpela– a esta época más que nunca.

«Soy parte del antilinaje, el cero pedigrí de la literatura argentina. Soy de lo peor, una arrimada, como se les decía en el campo a las chicas adoptadas; así me siento.»

–¿Qué fue lo que más te llamó la atención de la recepción que tuvo Las malas?

–Nada de lo que pasó con el libro me llama la atención, con magnetismo, digo. Una vez, una chica se acercó conmovida para que firmara el libro con que su madre estaba practicando leer. Algo así, para mí que vengo de abuelos analfabetos, me hace pensar que todo puede irse de las manos y ser enorme. Que es mejor dejarlo irse para que pasen estas cosas. Luego, decirte que me hace sospechar profundamente cierto tonito compasivo, ¿sabés?, algo muy violento, gente que me escribe diciendo “no sabía que los travestis vivían tan mal”. A mí, que escuchar tratar a las travestis en masculino me violenta, me subleva. Gente que recién gracias al libro parece enterarse además de un daño que ellos mismos fabrican con sus propias manos.

–¿Cuándo empieza tu vinculación con la literatura, los libros, la lectura?

–Eso lo cuento en El viaje inútil, una especie de ensayo travesti donde escribo sobre cómo comencé a leer y escribir. Que mi mamá me enseñó a leer siendo chico y mi papá a escribir mi nombre, las letras del abecedario, los números. Desde ese momento hasta hoy vivo así, no sé hablar sobre inicios, es decir, sobre lo que empecé a escribir siendo tan niño. Cartas a las maestras, a mi papá y a mi mamá, algo sencillo, “te quiero porque tal cosa…”, y ya. Una literatura sin pensamiento, casi. La gente se sorprendía de cómo leía, y mi papá presumía frente a las visitas que su hijo más pequeño sabía leer de corrido y entonces pedía que me dieran cualquier cosa que tuvieran a mano para probarles a ellos que era cierto, ¡que yo leía!

«La literatura es una de las mejores cosas de estar viva. Leerla e inventarla. Después, comer, el sexo y bailar. Escribo por eso, porque es muy nítida la sensación de expansión cuando entro en un mambo escritorial, digamos. Soy capaz de todo, puedo hacerlo todo.»

–¿Qué relación tenés con la poesía y cómo fue el pasaje hacia la narrativa y la novela?

No sé cómo es la relación, y no sé si hay relación. Estoy acá, presto atención a algunos detalles, a veces son las palabras. Anoche una amiga marica se quejaba de que el chongo no le había escrito en una semana y decía: “Pero ni para preguntar ‘¿viste que cambió el clima?’”, y a mí se me hizo muy poético su reclamo. O mi vieja contándome de una hermana suya con Parkinson y cómo recuerdan crueldades de su infancia tantos años después; esa herida está dispuesta a decirse. Eso es un líquido en el que estoy desde siempre, en esta decisión de hacer fracasar cualquier escuela. Creo que la poesía no es un asunto de verso sobre otro verso, bajo determinadas reglas, sino pequeños acontecimientos que para escribirse necesitan de algo más, como unas branquias para respirar bajo ese líquido, que toda la naturaleza las tiene. Por eso no es que paso de la poesía entendiéndose como una estructura a otra estructura; creo que las novelas son poesía.

–¿Cómo vinculás tu literatura con el trabajo que llevás adelante en la actuación?

–Es igual, es lo mismo. El año pasado, Eugenia Almeida publicó un libro, Inundación, donde decía que se escribía con el cuerpo entero, como en el teatro. Una de las pruebas es la sensación de eternidad; la otra, el cansancio. Me gustan las actuaciones poéticas, que no les cabe otro nombre, como las de Anna Magnani o las de Annie Girardot. ¿Me explico? Es lo mismo, y si me preguntaras por la música diría que es igual, que no hay límites entre esos lenguajes, porque no es la práctica, sino dónde conmueve.

–Acaba de salir Tesis sobre una domesticación. ¿Considerás que tu escritura evoluciona hacia algún proyecto de obra o surge a partir de tus deseos del momento?

–Me gusta que digas la palabra “evoluciona” y Tesis para una domesticación en la misma pregunta. No porque crea que voy hacia ningún lugar, porque soy tan desastrosa y mamarracha que no puedo planificar más que dentro de unas horas qué voy a comer. Me cuestan los planes enormemente. Así que voy dando bola a ideas, esas ideas le interesan a alguien y dice “mandámelo a ver qué podemos hacer” y eso luego termina editándose o en plan de edición, ¿me explico? Una chúcara bárbara. Mis maestras son todas escritoras, ahora aprendiendo mucho de Svetlana Alexiévich, una gran escritora. Digo que me gustan mucho Carson McCullers, Sharon Olds, Wislawa Szymborska, Marguerite Duras, Frida Kahlo… Incluso Capote, Lorca, García Márquez, Houellebecq, Dorothy Parker, Tolkien, la Díaz Varín, Estela Figueroa, ¡Miguel Delibes, qué novelista maravilloso! Soy parte del antilinaje, el cero pedigrí de la literatura argentina. Soy de lo peor, una arrimada, como se les decía en el campo a las chicas adoptadas; así me siento.

–¿Qué es la literatura para vos?

–La literatura es una de las mejores cosas de estar viva. Leerla e inventarla. Después, comer, el sexo y bailar. Escribo por eso, porque es muy nítida la sensación de expansión cuando entro en un mambo escritorial, digamos. Soy capaz de todo, puedo hacerlo todo. En el teatro es igual, una busca esa sensación de divinidad, de saberse única en un mundo tan complejo y peligroso como este.

–¿Cuáles son tus proyectos a futuro?

–Hacer mucho dinero.