Se cumplen tres décadas de un Mundial imborrable para todos los argentinos, que además de una canción de apertura inolvidable, partidos históricos y tobillos imposibles, dejó flashes que aún hoy resuenan en la memoria del planeta fútbol.


“Napolitanos, recuerden que para el resto de los italianos ustedes no forman parte de Italia.” Era 1990 y Diego Armando Maradona compartía en Nápoles el altar sagrado con san Jenaro, el patrono principal de la gran ciudad sureña. A esta altura, además del Mundial de México 86, ya había conseguido con Gli Azzurridos Scudetto, una Copa Italia y la Copa UEFA en 1989. Maradona representaba la bandera de los rezagados, de un pueblo siempre sometido a la grandeza social y económica de los imperios del norte, pero con su zurda, su arma letal, llevó a esta ciudad pesquera a lo más alto del mundo.

La Selección argentina de Carlos Bilardo había dejado atrás los cuartos de final frente a Yugoslavia, con otra heroica tarde de su arquero Sergio Goycochea en la definición por penales, y ahora debía enfrentar a los locales, a los anfitriones del Mundial en el San Paolo de Nápoles, en la casa de Maradona.

“Rotos como estábamos, nos tuvieron que meter la mano en el bolsillo para ganarnos. Creo que les arruinamos un negocio grande. Ya estaban hechas hasta las banderitas, mitad italianas y mitad alemanas, para la final que todos querían. Después de aquel Mundial, no tendría que haber vuelto a Italia.” (Diego Armando Maradona)

La ciudad ausente

Ni un alma. Las calles y recovecos de la capital de la Campania estaban vacíos, mudos. Y, aunque parezca cuento, las pizzerías cerradas. Aquella tarde soleada del 3 de julio de 1990, la ciudad entera se acodaba en el estadio San Paolo y se enfrentaba a uno de los problemas existenciales más controversiales de su historia: ¿a quién apoyaría? ¿A su país o a su ídolo? “Maradona, Napoli ti ama/ ma l’Italia è la nostra patria”, respondía al interrogante una bandera que colgaba detrás de uno de los arcos.

Cuando argentinos e italianos saltaron al campo de juego, los aplausos no se hicieron esperar. “Diego nei cuori, l’Italia nelle canzoni”, clamaba otro trapo. El himno albiceleste, por primera y única vez en el Mundial, sería aplaudido de principio a fin.

El partido fue disputado desde el primer minuto. Para muchos, allí se vio la mejor versión del equipo de Bilardo, aunque en los noventa minutos y el tiempo suplementario no se haya podido romper el empate. Otra vez a los penales, otra vez al sufrimiento y a rezarles a las manos de Goycochea.

Franco Baresi, Roberto Baggio y Luigi De Agostini facturaron en el arranque, al igual que la triada argentina José Serrizuela, Jorge Burruchaga y el Vasco Olarticoechea. Llegaba el turno de Roberto Donadoni, y Goycochea, con una volada contra la izquierda, despejaba el balón y provocaba las primeras lágrimas en la ciudad. Ahora el momento era de Maradona, que estaba desgarrado y venía con el antecedente reciente del penal fallado contra Yugoslavia. El penal más sufrido de su vida, según el Diez, que allí iba. El arquero italiano Zenga se recostó sobre su izquierda y el balón, manso, fue a dormir al otro rincón. Aquella carrera enloquecida, zigzagueante y el abrazo con Galíndez, el utilero argentino, quedaron para la posteridad. Goycochea, el ídolo menos pensado, repetiría otra atajada frente a Aldo Serena y la Argentina confirmaría lo imposible: una segunda final mundialista consecutiva, la destrucción del sueño italiano de afrontar el partido decisivo contra Alemania y la confirmación de que Diego Armando Maradona era profeta en su propia tierra.

La final en Roma no tuvo la misma suerte: los alemanes derrotaron a la Argentina por la mínima ventaja luego de un penal mal cobrado en manos del árbitro mexicano Edgardo Codesal. Los italianos presentes en la capital, ya lejos del sur, se desquitaron de Diego con insultos de todo tipo, incluso durante el himno nacional. Las imágenes del Diez con la puteada en la boca, la rabia en su mirada, disparando hacia las cámaras ante los ojos del planeta entero, perduran aún hoy en la memoria de los argentinos. “Rotos como estábamos, nos tuvieron que meter la mano en el bolsillo para ganarnos. Creo que les arruinamos un negocio, un negocio grande. Ya estaban hechas hasta las banderitas, mitad italianas y mitad alemanas, para la final que todos querían. Después de aquel Mundial, no tendría que haber vuelto a Italia”, sentenció el Diez.