Hay series, en este caso miniseries, que sufren lo que llamo el “síndrome Glenn Close”: ese debería ser su año, pero alguna otra más atractiva que toca más o menos en el mismo registro la opaca.

Hablo de Sharp Objects, la impecable miniserie que, basada en la novela e Gillian Flynn del mismo título, se estrenara en julio de 2018. Justo cuando el furor que había causado una serie de clima y temática muy emparentadas, Big Little Lies, aún detentaba su reinado absoluto: más aún, se preparaba para una segunda temporada, que finalmente se estrenó al año siguiente. Ambas dirigidas por el talentoso canadiense Jean-Marc Vallée, ambas con un clima que nos sumerge en el lado oscuro de las relaciones familiares en un marco engañosamente policial, ambas protagonizadas por mujeres talentosas que recrean personajes de enorme peso.

Sharp Objects, estoy seguro, merecía mejor destino. Y es momento de darle la oportunidad de la revancha. La serie narra la historia de Camille (una excepcional Amy Adams), reportera con hondos problemas de personalidad, que es designada para investigar la desaparición y asesinato de dos jóvenes en un pueblo del Sur profundo, Wind Gap. Allí es donde Camille creció junto a su enfermiza hermana menor Amma (Eliza Scanlen), a su padre, el condescendiente Alan. Y sobre todo, junto a su madre, Adora, enorme y premiada Patricia Clarkson; dueña y señora de esa elegante casa sureña, con una personalidad a cuya sombra se hace difícil respirar (la miniserie transmite esa sensación de asfixia todo el tiempo) y de quien claramente Camille ha huído.

Toda la trama, que aparentemente gira en torno de esas dos muertes y la investigación de los asesinatos, cuenta en realidad una historia mucho más potente: la compleja relación entre estas dos mujeres, tensa desde el comienzo, plagada de silencios que dicen muchísimo, que se enfrentan realizando una coreografía tan precisa que algún error en cualquier movimiento puede ser fatal.

Y mientras tanto, desanda hacia el origen los laberínticos recovecos del vínculo, las razones del trauma adolescente de Camille, el lugar de poder de Adora no sólo en esta casa, más bien en todo el pueblo, donde se mueve apenas como flotando entre sombreros etéreos y vestidos impecables.

Ella auxilia. Ella aconseja. Ella dice, y su palabra tiene el peso de ley. Ella nunca levanta la voz.

Pero queda claro ya en las primeras escenas que ella es la causa del exilio de su hija, y que las heridas abiertas a las que alude el título, y que cobran múltiples significados a lo largo de la trama, son de aquellas que pueden atenuar o adormecer su dolor con la distancia, pero que nunca cierran, y siempre se actualizan.

El director maneja los climas con una maestría absoluta, dirige a sus actores con una sensibilidad envidiable, y construye cada escena como si fuera la única. La fotografía es fantástica, y la banda de sonido de una elegancia que acentúa la sordidez sigilosa de los lazos familares.

Amy Adams y Patricia Clarckson quedarán eternizadas en el firmamento de los grandes duetos actorales por prestarles su voz a estos personajes.