Ochocientos millones de usuarios activos diarios para Facebook e Instagram Live dan cuenta de un nuevo fenómeno de cuarentena. Las transmisiones hogareñas, una costumbre que llegó para quedarse.


Sucedía en la televisión de aire hace diez años: a las siete de la tarde comenzaba a calentarse la pantalla con un magazine de actualidad que a veces hacía de previa de lo que vendría más tarde; a las ocho, el noticiero central en un canal líder y Susana Giménez en otro peleando cada punto de rating; a las nueve, la tira de Polka o de Sebastián Ortega llevándose la gloria o la derrota según la suerte de cada año, y a las diez, Tinelli ganando casi siempre frente a los tanques de Telefe. En el medio estaban los alternativos de América y Canal 9, a veces con figuras como el equipo de CQC o los sketches de Malena Pichot, en una cruzada rebelde para los que se ubicaban al margen de todo. Y en el medio, también y con mucho menos rating, quedaba el público sofisticado que no sabía de la tele de aire, que se enfrascaba en alguna serie de Sony o de HBO o quedaba perdido en la franja de canales que oscilan entre Nat Geo, E! Entertainment, El Gourmet y el lifestyle de propuestas como Travel Channel, Fashion TV o TLC.

Hoy las cosas cambiaron de manera radical.

Con una tele abocada por completo a seguir el pulso de las noticias referentes al Covid-19, sin nuevas ficciones, sin obras de teatro que propicien peleas entre vedettes o el Bailando que las agite, sin recitales o shows que generen reportajes a músicos y artistas, sin presentaciones de libros, sin restaurantes para recomendar, sin semanas de la moda o lanzamientos de colecciones y sin viajes para programar o promocionar, las redes sociales, y particularmente Instagram, cobraron una fuerza inédita, con personajes de todos esos ámbitos ya no actuando, no cantando, no entrevistando ni conduciendo programas sino prendiendo la camarita del celular y poniéndose a charlar sin ningún tipo de censura a la hora de los contenidos, sin vestuario, ni maquillaje, ni peluquería  desde la intimidad de sus casas, de todos estos temas que antes se ejercían en medios tradicionales o en la vida real.

“Pensar los vivos de Instagram como reemplazo de la televisión es ver todo en ‘modo grieta’. Por eso propongo trabajar con la idea de coexistencia. De los estudios surge que la gente puede estar viendo un vivo de Instagram con la tele prendida. La televisión sigue marcando la agenda de discusiones sobre qué, cómo y cuándo, aunque no la veamos en vivo”, dispara Carolina Duek, investigadora del Conicet y docente de Comunicación en la UBA.

El zapping por los vivos de Instagram comienza su prime time a las diez de la noche gracias al corrimiento de horarios que trajo la cuarentena, encuentra su pico a la medianoche y se extiende, en algunos casos, hasta las tres o cuatro de la madrugada. En este recorrido encontramos de todo, como si la tele estuviera prendida y la vida social permaneciera activa. Como si todo fuera normal.

Fernando Trocca hace una de sus recetas a la parrilla en el jardín de su casa, mientras charla con sus 160 mil seguidores. El pastelero Osvaldo Gross se mete en la cocina de su hogar y hace lo mismo que hacía en los estudios de El Gourmet cuando existía la producción televisiva: un postre, una torta, algo para el té, y los 700 mil amateurs de la cocina que lo seguimos probamos estar a su altura o intentar que nos salga algo decente. Paulina Cocina prende la cámara del celular a las doce de la noche en un rincón de su templo culinario y le cuenta al 1,2 millón de personas que la siguen cómo hacer para calcular bien la cantidad de arroz o el secreto para que no se les queme una tortilla.

Cambiando de canal, podemos meternos en la cuenta de la supermodelo e ícono de la moda mundial Naomi Campbell y ver cómo charla desde su dúplex en el barrio más cool de Londres con la mítica Anna Wintour, refugiada en su casa de campo en las afueras de Nueva York, sobre los vaivenes de la industria que las tiene como protagonistas. ¿Estas conversaciones tan gloriosas y espontáneas podrían haberse dado en un contexto de normalidad? Probablemente no.

Tampoco habríamos conocido la casa de la cantante Pink, o jamás la hubiéramos visto con su color de pelo oscuro natural, en piyama y sin maquillaje, charlando con Ellen DeGeneres en su mansión de Los Ángeles, en jogging y zapatillas, sobre cómo contrajo el Covid-19 y lo atravesó encerrada junto a su familia.

El zapping por los vivos de Instagram comienza su prime time a las diez de la noche gracias al corrimiento de horarios que trajo la cuarentena, encuentra su pico a la medianoche y se extiende, en algunos casos, hasta las tres o cuatro de la madrugada.

En el plano local, la grilla de canales de vivos de Instagram está segmentada según targets e intereses, como siempre lo estuvo la televisión en general. Así, en el ala más combativa, alternativa y ácida está la comediante Bimbo prendiendo la cámara a la una de la mañana desde su departamento en Villa Crespo, hablando sin filtro de todo como si estuviera en uno de esos shows de stand up y pidiendo al público que haga un depósito en Mercado Pago –si es que pueden y si les divierte lo que dice–, pues tiene que pagar las cuentas y no le quedan ahorros ni otra manera de generar ingresos. En el área masiva pero cool, tenemos a la actriz Carla Peterson haciendo vivos desde su casa en lugar de estar grabando una tira, y a Gimena Accardi, con sus 3,6 millones de seguidores, haciéndole la carta astral al youtuber Martín Cirio, más conocido como La Faraona, que antes llenaba teatros y hoy copa los vivos de Instagram con 1,1 millón de followers sólo en esa plataforma.

Pero el hit de la temporada, el Showmatch de los vivos en cuarentena, vino de la mano de dos personajes inesperados y a simple vista poco compatibles entre sí: Yanina Latorre, guerrera del mundo de la tele, se juntó una noche a hablar con el influencer millennial y conductor de MTV Lizardo Ponce, generando un encuentro que batió todos los récords de vivos en Instagram y pasó a ser un ciclo fijo de la medianoche virtual en el que se habla de farándula, de la vida cotidiana, de pavadas que van surgiendo durante el vivo y de la vida íntima de sus protagonistas. “No lo puedo creer, no caigo”, dice Lizardo, abrumado por la ola de popularidad. “Es una forma de acompañarnos, algo que se da sobre la marcha, sin nada guionado”, explica, aunque quienes lo conocemos sabemos que detrás de su personaje se esconde un gran productor que sabe lo que hace. Tanto éxito tienen sus vivos que Justin Timberlake se metió un día a saludarlo, y las compañías discográficas globales pautan entrevistas con estrellas internacionales a través de los vivos de Lizardo. Lo que antes se pactaba con MTV o Rolling Stone, en cuarenta se arregla con un influencer que trabaja sólo, con su celular, en un moderno loft de Palermo Hollywood.

Fuera de lo popular, los vivos de Instagram tienen su costado de nicho, ese que reemplaza o acompaña a los canales de cable o medios tradicionales de lifestyle. Tutoriales de make up con Lucía Numer, charlas de sexo con Alessandra Rampolla, meditaciones o yoga con Dafne Schilling, sesiones con la famosa decodificadora Claudia Luchetti o charlas con emprendedores a través de la revista Forbes.

Todo vale en el universo de los vivos, hasta las fiestas y actividades que siempre fueron presenciales hoy encuentran espacio en la vida virtual puertas adentro. A las famosas clases de todo tipo de entrenamiento físico que los influencers del fitness dan en sus redes se sumaron fiestas en vivo (los encuentros de Bresh los viernes por la noche batieron todos los récords de audiencia nacional) y DJ sets, como los que da Catarina Spinetta desde su casa en el campo con una fogata detrás o los que ofrece Ale Lacroix desde el balcón de su departamento en pleno Recoleta.

Para terminar, algunos de los hitos en vivos de Instagram en lo que va de la cuarentena nos encuentran con Justin Bieber, quien invitó a hablar a una de sus fans, que resultó estar desnuda y tuvo que esconderse debajo de la cama; con el popular conductor estadounidense Andy Cohen, que hizo un vivo para informar al mundo que había sido diagnosticado con Covid y que por el momento permanecerá recluido en su townhouse de Manhattan, y con la inédita reunión entre René de Calle 13 y el Presidente de la Nación, Alberto Fernández, que accedió a hablar con el músico apenas iniciado el período de aislamiento.

Más allá de la cuarentena, los vivos de Instagram parecen haber llegado para quedarse, y al día de hoy se estudia la manera de hacer que generen pauta publicitaria instantánea. Los menos populares –o los que llegaron tarde– ruegan por sumarse al vivo de esos que ya la pegaron y son las nuevas estrellas en tiempos de coronavirus.

El fenómeno en cifras

El número de vistas de los videos en vivo se incrementó significativamente alrededor del mundo en el último mes; por ejemplo, en los Estados Unidos aumentó un 70 por ciento. La audiencia de Facebook e Instagram Live se ha duplicado desde mediados de marzo de la mano de conciertos, fiestas, ceremonias religiosas y contenido de creadores que va desde tips de cocina hasta narración de cuentos infantiles. La Argentina fue uno de los cinco países que más utilizaron el sticker “En casa” a nivel mundial. En total, se usó más de cien millones de veces alrededor del mundo durante la primera semana.

“Pensar los vivos como reemplazo de la televisión es ver todo en ‘modo grieta’. Por eso propongo trabajar con la idea de coexistencia. De los estudios surge que la gente puede estar viendo un vivo de Instagram con la tele prendida. La televisión sigue marcando la agenda de discusiones sobre qué, cómo y cuándo, aunque no la veamos en vivo.” (Carolina Duek)