El uso de mascarillas de diseño es una costumbre que se originó en Asia como forma de protección ante la contaminación del aire. Hoy, por causas estrictamente medicinales, la pandemia del coronavirus extendió este hábito al mundo entero, al punto de convertir el tapabocas en el nuevo accesorio que cambiará por completo la industria de la moda.


Ocurría en las calles de Pekín pocos meses antes del brote.

En octubre del año pasado, caminando por las tiendas más exclusivas del barrio de Sanlitun, que concentra marcas de moda y belleza de lujo, era muy común ver a grupos de jóvenes fashionistas con una especie de barbijo de tela que en sus inicios era negro o blanco, sobrio y sin ningún tipo de estampado y cumplía una función meramente sanitaria: proteger a los habitantes y visitantes de la capital china de los altos índices de contaminación ambiental a los que está expuesta la ciudad.

Estas mascarillas comenzaron a refinarse en su confección, materiales y prints hasta convertirse en accesorios de moda entre los adolescentes, que encontraron en este pedacito de tela con elástico un escudo de protección contra los aires poco puros de Pekín y una especie de barrera o refugio contra las inclemencias del mundo exterior. Las jóvenes asiáticas adoptaron la mascarilla, además, como un fashion statement que rezaba: “Enfrentemos este mundo contaminado que nos han dejado, pero hagámoslo con estilo”.

Hoy la situación del mundo cambió y la pandemia del coronavirus hizo de su uso una cuestión primordial para cuidar nuestra salud: llevarlo es obligatorio en gran parte de mundo, incluso hasta se aplicarán multas en la Ciudad de Buenos Aires a quienes no acaten la norma de cubrirse la cara para proteger al resto de la población.

En los Estados Unidos, su uso se masificó en los últimos días, más allá de la polémica sobre su efectividad, que allí también es motivo de debate, y así surgieron cientos de opciones que van desde lo meramente preventivo hasta piezas de diseñador. Los modelos tradicionales cuestan entre 30 y 50 centavos de dólar en tiendas como Amazon, pero en diversos locales de diseño aparecieron modelos exclusivos que cuestan desde 20 hasta 45 dólares por unidad. En Europa, por su parte, las grandes cadenas de moda low cost, como Zara y H&M, se abocaron a la confección de barbijos para donar a asociaciones públicas y no para su venta.

Cuando la salud es tendencia

“Si se convertirá en un accesorio de moda dependerá de si habrá o no un cambio en el estigma de utilizar un barbijo en el mundo occidental”, explica la antropóloga especializada en moda Christine Wu, de la Escuela de Diseño de Parsons. Lo cierto es que, además, muchos jóvenes se entusiasmaron con la idea de convertir el tapabocas en un accesorio, más allá de la importancia primordial de protegerse y proteger a los demás.

El caso argentino del que todos hablan parte de la idea de dos emprendedores, Gastón Greco y Tito Loizeau, que en este contexto de emergencia sanitaria dieron vida a The Micro Mask, invirtiendo más de dos millones de pesos en la creación de barbijos cool reutilizables. A diferencia de las mascarillas tradicionales, que son descartables y de uso limitado en el tiempo, son cien por ciento lavables y reciclables, lo que los hace mucho más amigables también con el medioambiente.

Una de las características distintivas y fundamentales es que están desarrollados por cuatro capas protectoras. La primera, una exterior de poliéster y licra que repele microgotas exteriores y permite ajustar el producto ergonómicamente a cada rostro sin que haya efecto bolsa. Luego, dos capas de algodón hipoalergénico internas que forman un sobre para estar en contacto con el rostro. Por último, un filtro de Spunbond de 80 gramos que evita que las microgotas de quien lo usa se transmitan al exterior. Cada unidad tiene su manual de instrucciones y diez filtros de cinco a diez días de uso cada uno. Es decir, la vida útil de cada máscara es de 50 a 100 días. En cuanto al diseño, hay siete colores distintos en talle para hombre, mujer y niños mayores de ocho años. Los barbijos se consiguen a través de la web de la marca (themicromask.com), en sus redes sociales y en Mercado Libre. Los precios arrancan en $590 y ofrecen un 20% de descuento para los que compren cien o más.

Hablar de moda en un tema como este suena frívolo y hasta bizarro, pero en Asia es real hace tiempo y hoy empieza a ser tangible en el resto del mundo. Como contaba, fui testigo de este fenómeno el año pasado, mientras paseaba por los shoppings descubiertos de Sanlitun, la zona comercial más exclusiva de Pekín. Mascarillas con motivos de calaveras, cómics, manga japonés, flores, cuadros o pajaritos se ofrecían por decenas en algunos stands de este gran paseo de compras.

Pero lo que al principio era cosa de pequeñas boutiques especializadas en esta nueva “prenda” terminó por instalarse en el curioso mercado de la moda mundial, cuando Dsquared2, Prada Fendi y Louis Vuitton comenzaron a fabricar y vender mascarillas de diseño propio para un mercado asiático rico y ávido de nuevos diseños. Y tuvo su toque de gracia masivo en cadena mundial cuando Billie Eilish, la joven cantante y compositora del momento, se presentó en la alfombra roja de los Grammy con un conjunto de saco y pantalón diseñado especialmente para ella por Gucci, con una mascarilla de la misma marca y material que su atuendo (transparencias negras con el famoso logo de la G en pedrería verde) que cubría la mitad de su rostro adolescente.

El origen

Según un reciente informe de CNN, “la costumbre de usar mascarillas comenzó en Japón debido a la alerta de una pandemia de influenza que mató entre 20 y 40 millones de personas alrededor del mundo a principios del siglo XX. Así, velos, bufandas y mascarillas se abrieron paso entre la población como un mecanismo de defensa ante la contaminación y las enfermedades virales. Sin embargo, en China, Corea y Japón hoy es posible observar a adultos jóvenes perfectamente sanos utilizándolas. Se plantea como una de las razones el que los tres países se han visto influenciados por el taoísmo, filosofía que sostiene el aire y la respiración como el elemento esencial de la buena salud”.

Al margen de Asia, un informe publicado esta semana en Diario Z da cuenta del origen europeo de los barbijos. “Desde finales de 1800 se le atribuye al cirujano francés Paul Berger haber sido el primero en ponerse algo parecido a una mascarilla durante un acto quirúrgico. Luego, toda la literatura que sigue tiene como referencia al cirujano austrohúngaro (aunque dada su proveniencia familiar se lo considera polaco) Jan Mikulicz. En el año 1897 montó en Breslavia (ciudad ubicada en el suroeste de Polonia) el quirófano aséptico más moderno de Europa y allí fue el primero que utilizó máscaras de gasas y telas como una forma de disminuir las infecciones quirúrgicas”, explicó el doctor Luis del Río Diez en esa nota.

Más allá de las razones médicas, que hoy son prioridad, el asunto de las mascarillas tomó estado en el universo de las celebridades (siendo Corea y los reyes del K-pop sus más antiguos impulsores en la cultura del entretenimiento) para luego establecer la costumbre en Hollywood y de ahí al resto del mundo. Kendall Jenner, la modelo más fashionista del clan Kardashian, lució una mascarilla de seda blanca con cruces negras como parte del styling en una sesión de fotos que hizo con la revista Chaos 69. El rapero Bad Bunny ha sido uno de los últimos en sumarse a esta tendencia, con un modelo futurista hexagonal en total black. La cantante española Rosalía, por su parte, es otra de las cultoras de este fenómeno y usa mascarillas de tela elástica como parte de su icónico look deportivo urbano. La influencer Hailey Bieber fue un paso más allá y directamente lució un tradicional barbijo blanco de papel medicinal para una sesión de fotos en Tokio, mientras su flamante marido, Justin Bieber, la acompañaba en el look.

Al margen de cualquier tendencia, la función sanitaria de las mascarillas hoy no está puesta en duda y resulta fundamental para controlar la expansión de esta pandemia. La pregunta, en el extremo más frívolo del fenómeno, es si estos instrumentos de salud convertidos en accesorios de moda tendrán vida propia cuando la crisis mundial de coronavirus merme y, como ocurrió en Asia, pasarán a formar parte de nuestra cotidianidad de manera permanente.