En abril de 1970, hace 50 años, los cuatro de Liverpool pusieron fin al grupo más importante e influyente de la historia de la música. Cómo fue que John Lennon, Paul McCartney, George Harrison y Ringo Starr decidieron que el sueño había terminado.


El 10 de abril de 1970, el periódico británico Daily Mirror se tomó a la tremenda un comunicado que en forma de Q&A Paul McCartney distribuyó a algunos periodistas, luego de que sus compañeros de Los Beatles le pidieran que aplazara la salida de McCartney, su álbum debut como solista, grabado en su granja de Escocia. No era el momento de cortarse solo: estaba a punto de lanzarse el que sería el último disco de la banda, Let It Be, acompañado de la película homónima, dirigida por Michael Lindsay-Hogg. El diario títuló: “Paul renuncia a Los Beatles”. Que con ello la publicación buscara impactar no significaba falta de veracidad en la apreciación: en la pieza, el músico amargamente aseguraba no tener planes de trabajo a futuro con la banda. Así, acaso sin tener real conciencia de la magnitud del hecho, Macca cruzaba llave al grupo más grande e influyente de la historia.

Pero el deterioro de las relaciones entre los Fab Four venía de lejos. Luego de la publicación en 1967 de Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, el álbum que para muchos es su cumbre artística, Los Beatles encararon su próximo proyecto enfocados en el desarrollo de cada uno de ellos como artistas autónomos, alejados de un verdadero espíritu de grupo. Y aunque los días funcionando en ensamble volverían, el ambiente de individualismo que signó las jornadas de 1968 en la casa de George Harrison en Esher, donde demearon los temas que luego formarían parte del disco doble The Beatles (el llamado Álbum Blanco), fue la primera señal de alarma de que las cosas no eran como antes. Durante la grabación nada mejoró: McCartney describió las sesiones como un punto de inflexión para el grupo mientras que John Lennon diría tiempo después: «la ruptura de Los Beatles se puede escuchar en ese álbum». Bien lo sabía él, que con la presencia constante en el estudio de su mujer, Yoko Ono, impuso condiciones inéditas para el desarrollo interno y la convivencia de la banda. El desprecio de sus compañeros hacia la artista japonesa fue otra de las vicisitudes que minaron la antigua armonía. Si hasta Ringo Starr, por lejos el más conciliador, se hartó del mal clima y abandonó por unos días la grabación.

En 1968 también fue la primera vez que Harrison amagó seriamente con dejar Los Beatles, debido al poco lugar que ocupaban sus temas en los álbumes comparados con los de la dupla de compositores principales (Lennon-McCartney, obvio). Y no solo eso: la importancia que la espiritualidad había tomado en su vida lo ubicaba en otro plano. Además, había sido el primero de los cuatro en hartarse de la beatlemania, impulsando en 1966 que el grupo dejara las actuaciones en vivo.

El explosivo 1969 fue el año de más desconexión y, paradójicamente, el que abarcó, entre enero y agosto, la producción de los últimos dos –y magníficos– discos de la banda. Por orden de aparición (aunque no de grabación), el referido Let It Be y Abbey Road marcan un final acorde a la trayectoria de Los Beatles y dejan el regusto amargo de saber que el grupo tenía hilo en el carretel. Y aunque la película de Lindsay-Hogg –un registro agrio de las tirantes sesiones de grabación del disco– refleja la tensión casi insoportable entre ellos, el solo hecho de verlos tocando juntos en la terraza del edificio de Apple Corps demuestra que la magia seguía intacta. No ayudó, claro, la participación de Phil Spector como productor musical de Let It Be (sus decisiones en la posproducción del álbum, sumando orquestaciones y arreglos corales pomposos, enervaron a McCartney), y evidentemente no sumó lo suficiente el hecho de que la grabación de Abbey Road encontrara al combo de nuevo en comunión, como en los viejos tiempos.

Y además 1969 también fue el año de las desavenencias entre McCartney y sus compañeros respecto del manejo comercial de Apple Corps, que finalmente, a instancias de Lennon (y para disgusto de Macca, que pretendía delegarlas en su suegro y su cuñado) quedó en manos de un pirata del métier, Allen Klein, marcando así que no solo los caminos musicales de la banda se disgregaban. Por otro lado, las disputas por el poder ya eran ineludibles, además de inocultables a la prensa.
El resto fue liberar aquellas tensiones y decirse a la cara lo que ya era innegable: el sueño había terminado. La prueba estuvo en que finalmente cada beatle publicó disco solista en 1970 (McCartney y Starr incluso antes de la salida de Let It Be). Los fans lo lamentaron como a una muerte y CBS News lo calificó como “un evento tan trascendental que algún día los historiadores podrían verlo como un hito en la decadencia del Imperio Británico”. Ni tanto: solo el fin de una banda que, en solo siete años de vida, alcanzó la perfección. Sucedió hace medio siglo y aún duele.