Esta costumbre, conocida como una actitud de refugio ante la vida, es lo que ha ayudado a Dinamarca a superar a Suiza e Islandia como el país más feliz del mundo con una premisa que se hace necesaria en estos tiempos: disfrutar de nuestras casas.


Si le preguntamos a un danés qué es hygge, responderá que “es sentarte frente a la chimenea en una noche fría, vestido con un grueso suéter de lana mientras bebés un vino caliente con azúcar y especias y acariciás a tu perro echado a tu lado”.

La idea nació en Dinamarca hace unos años, aunque actualmente cobró vigencia en el mundo en sintonía con las normas de aislamiento global.

¿Cuál sería una definición acertada de hygge? Es algo así como lograr que las cosas cotidianas de la vida se conviertan en un refugio donde hallar felicidad.

Tomar una chocolatada caliente abrazados al edredón. Cocinar con la familia y llenar la casa de aroma a especias. Probarse unas medias de lana tejidas por una tía o abuela. Acariciar durante horas a la mascota preferida. ¿Qué tienen en común estos actos cotidianos y aparentemente intrascendentes en la vida de cualquier persona? Todos podrían ser catalogados como dignos de una vida más hygge, un concepto que, de la noche a la mañana, se impuso para designar una sensación que todos advertimos más de una vez pero a la que hasta ahora, probablemente, no habíamos puesto nombre. Hygge, vocablo de uso común en Dinamarca, no tiene una traducción exacta al español, pero podría ser definido como “calidez de hogar” (en inglés, “hominess”), aunque en este intento se pierdan algunos matices de su significado. Básicamente, un ambiente hyggelig, tal el adjetivo, es aquel que nos hace sentir a gusto y deja afuera todo lo que nos abruma.

La filosofía del hygge –si es que vale llamar así a esta tendencia que parece estar a mitad de camino entre la autoayuda y el diseño, ya que varios de sus consejos pasan por hacer de la casa un lugar más ameno– es sencilla: a contramano del lema que insta a “salir de la zona de confort”, aquí se trata de crear una. Armarse un rincón que sirva de refugio, tener un botiquín de emergencias con té, chocolate y cosas ricas, apostar por los objetos de materiales nobles (especialmente la madera), mantener los ambientes ordenados y serenos.

A contramano del lema que insta a “salir de la zona de confort”, aquí se trata de crear una. Armarse un rincón que sirva de refugio, tener un botiquín de emergencias con té, chocolate y cosas ricas, apostar por los objetos de materiales nobles, mantener los ambientes ordenados y serenos.

Los entusiastas del hygge dicen que es en Dinamarca donde habita la gente más feliz del mundo, y que el secreto de la felicidad nórdica está en generar muchos de estos momentos armoniosos. Y aunque uno se incline a sospechar que el bienestar de los daneses también pasa por tener varios problemas fundamentales resueltos, los impulsores de este nuevo dogma insisten en que la cuestión pasa por otro lado. Para ellos, el efecto es trasladable a cualquier rincón del mundo, porque entrar en estado de hygge no tiene nada que ver con lo material sino más bien con las experiencias: no hace falta tener una casa de diseño ni viajar a una isla paradisíaca para sentir el efecto de felicidad inmediata que produce el combo de tener gente querida cerca, experimentar la ausencia de pensamientos negativos y realizar una actividad placentera. Quizá la respuesta esté, como casi siempre, a mitad de camino entre el fanatismo y la desazón. Es fácil pensar que los daneses la tienen un poco más fácil, pero no es imposible aplicar muchos de los conceptos del hygge a la propia realidad. Una buena idea es adaptar varios de los tips que abundan en internet a los modos locales: reemplazar hogares y chimeneas por una buena estufa; pícnics en el bosque por miniasados; los almohadones de diseño por los que tengamos en casa. Una versión del hygge a la medida de esta cuarentena y sin exigencias instagrameras que nos desborden.