Es uno de los protagonistas de Desnudos, la pieza teatral que está rompiendo todos los récords de taquilla del verano. Instalado en Mar del Plata la temporada entera, visitó allí el set de El Planeta Urbano Radio y habló de sus orígenes, sus placeres y contó la curiosa anécdota de cómo llegó al mundo.


Son las diez de la mañana de un domingo de enero en Mar del Plata. Luciano Cáceres, uno de los protagonistas de la obra de teatro más vista del verano, llega puntual a la cita en el móvil de la AM 750 para hacer El Planeta Urbano Radio. Es nuestro primer invitado de la temporada, y aunque el sábado a la noche haya hecho dos funciones a sala llena, se presenta fresco y de excelente humor para encarar esta entrevista. Afuera el público lo espera, del otro lado del vidrio y en plena rambla, para sacarse fotos, conversar con él y conocer a su ídolo.

Luciano se muestra feliz, haciendo lo que más le gusta frente al mar.

–¿Cómo es tu rutina marplatense con dos funciones por día?

–Estoy instalado con mi hija Amelia, de diez años, y mi ahijada. A la mañana desayunamos, nos ponemos protector y vamos a la playa, nos bañamos en el mar, hacemos todo lo que hay que hacer. Es la rutina normal de cualquier padre de vacaciones, con la salvedad de que a la noche salgo a trabajar al teatro. Yo soy actor, me gusta el mar y para mi hija es un buen plan que el papá trabaje a la noche y durante el día pueda estar con ella, disfrutando de este lugar hermoso.

–La obra va primera en recaudaciones. ¿Cómo es la reacción del público en el teatro?

–Obviamente, cuando uno viene pone todo para que salga bien. Es un buen libro y una buena producción. Hay mucha popularidad, trayectoria y compañeros que vienen trabajando desde hace mucho tiempo. El público de Mar del Plata es superexigente, más que nada el local. Se presenta en una ciudad que tiene casi un millón de habitantes y durante la temporada viene gente de provincias adonde no llegan las obras durante el resto del año. No sólo hay oferta teatral, también hay propuestas gastronómicas y de todo tipo, saliendo de lo clásico. Me encanta esta ciudad.

–En una escena de la obra los seis actores quedan prácticamente desnudos. ¿Cómo se prepararon para esa escena, tanto física como actoralmente?

–Sí, en un momento terminamos desnudos (risas). Yo no me preparé físicamente, sólo puedo decir que soy vegetariano y supongo que eso ayuda. Nunca fui deportista, me cuesta un montón. De chico, durante mi formación, hacía circo y acrobacia, eso me ayudó a mantener mi estado y así quedé. En la obra hablamos de poner al desnudo la intimidad de la pareja y de la hipocresía que uno tiene en lo social, observando qué es lo que le está pasando al resto, sin mirar lo que siente uno, criticando a las otras parejas. En Desnudos somos tres parejas, una recientemente separada. La obra tiene como detonante a uno de los personajes, que dice que está estadística y científicamente comprobado que uno no reconocería el cuerpo de su pareja con los ojos vendados, y ahí se desata la polémica. Comienza el desafío del tacto y arde troya.

–¿Cómo se llevan fuera del escenario?

–No somos todos amigos íntimos, pero sí hay un amor enorme y nos queremos mucho. Son todos muy generosos y el protagonismo está repartido. Somos muy compañeros, a veces hacemos planes por fuera de la obra, pasamos Navidad juntos, nos cuidamos mutuamente.

–¿Cómo comenzó tu carrera?

–Con mi primer bolo en televisión en Por el nombre de Dios, con Alfredo Alcón, a quien conocí cuando trabajaba como acomodador de teatro, en el año 90.

–¿Te suena el teatro de la calle Rincón?

–Ahí fui concebido (risas). Un teatro que tenía mi viejo en los años 70, en donde mis padres tuvieron sexo en el escenario, literalmente. Ellos la pasaron muy bien en ese momento, pero armaron un lío tremendo porque los dos estaban casados con otras personas cuando esto sucedió. Era un amor prohibido. Mi papá dormía en el teatro, sacaba los colchones de debajo del escenario y pasaba la noche allí durante la semana que estaba en Capital. Se armó un quilombo terrible pero ellos estuvieron juntos hasta que murieron. De todo esto me enteré cuando tenía quince años: me encuentro con una prima en una fiesta y me pregunta: “¿Estás haciendo teatro?”, le respondo que sí, a lo que me dice que era imposible que hiciera otra cosa porque fui concebido en un escenario. Entonces la encaro a mi mamá, le pregunto si es verdad lo que me habían contado y me dice que sí. Esa es la historia.

–¿Qué pasó cuando supiste todo esto?

–Ahí entendí algunas cosas, como por qué hacía tanto tiempo que no veía a la familia de los dos lados. Hace 42 años, cuando ocurrió todo esto, hizo que la familia de mi viejo y la de mi madre se enojaran por el amor que sentían. Además, mi mamá era veinte años menor que mi papá.

«En los años 70, mi viejo tenía un teatro en la calle Rincón. Allí mis padres me concibieron en el escenario literalmente. Ellos la pasaron muy bien en ese momento, pero armaron un lío tremendo porque los dos estaban casados con otras personas cuando esto sucedió. Era un amor prohibido.»

–Podrías hacer una obra contando una historia de amor de este tipo. ¿Te gusta escribir?

–Me gusta, pero pienso que hay gente que lo hace tan bien que prefiero actuar.

–¿Hiciste alguna otra cosa además de actuar?

–Hice de todo para ganarme el mango, todo lo que te imagines en el marco de la legalidad. Pasé por mil trabajos, trabajé de ayudante de albañil, cartero a la mañana y en un kiosco a la tarde… Venía de una formación de anti teatro comercial y antitelevisión, pero yo quería saber lo que había ahí. Entonces dejé todos los laburos y me presenté a una audición para una obra de teatro comercial que después terminó dirigiendo Alejandro Maci, el director de Desnudos. Quedé en un casting de 400 pibes y de ahí no paré de trabajar.

–¿Creés que la suerte estuvo de tu lado o pensás que todo es producto de tu esfuerzo?

–Es una maravilla poder decir que uno vive de lo que ama, obviamente, pero la profesión también tiene sus altibajos. Somos muchos actores y no es tanto el trabajo. Yo laburo en lo comercial, lo oficial, el cine independiente, la tele, las cosas más masivas; hago de todo para ir encontrando mi lugar.

–¿Alguna vez todo se convierte en rutina y te abure?

–No. Hay algo que te indica que la llama aún está viva: cuando en la función piden al público que apague el celular porque la obra está por comenzar, se me estruja el estómago porque me pongo nervioso. Eso lo agradezco, porque significa que sigo sintiendo cosas.

–¿Cuál es tu destino soñado para viajar?

–No conozco Grecia y me encantaría hacer ese viaje. Tengo la suerte y el privilegio de haber viajado por mi trabajo, de filmar películas en muchos países y de asistir a festivales internacionales. Está bueno porque cuando vas a trabajar no lo vivís tanto como turista. Si bien hacés un poco de actividades turísticas y conocés, estás con gente local y visitás lugares que en otro contexto no visitarías.

–¿Cuál fue el lugar más exótico que visitaste?

–Uno de los primeros festivales que visité fue el de Shanghái, donde vi cosas muy distintas y extremas. Fui a presentar una película en la que estaba nominado como actor, tenía 20 años, me avisaron del viaje dos días antes y me fui con 50 dólares. Estaba viviendo una locura gigante. El día de la gala ya habíamos ganado el premio de la crítica a la mejor película. A la gala fui con un traje prestado que se me rompió en el hotel antes de ir a la alfombra roja. Todo fue un delirio, es una ciudad muy gigante, hay rascacielos y pantallas en todos lados, hasta en los baños. Pero tengo pendiente ir a Grecia; es la cuna del teatro, el registro más potente que hay escrito en cuanto al teatro.