Las oficinas cambian sus bases arquitectónicas al ritmo de las demandas de millennials y centennials. ¿Cuál es la fórmula para trabajar más cómodos y felices?


Las estructuras laborales corren a la velocidad del vertiginoso desarrollo tecnológico que nos envuelve, y quienes trabajamos en relación de dependencia necesitamos adaptarnos a los nuevos modos de producción. ¿Tiene sentido marcar tarjeta cuando el objetivo de un proyecto es meramente creativo? ¿Hace falta estar ocho horas sentado frente a un escritorio cuando podemos circular por los diferentes espacios de la empresa con nuestra laptop? ¿No estaríamos más felices y seríamos más productivos si pudiéramos cortar un rato con la situación de “silla de oficinista” y tirarnos en un sillón a cerrar un acuerdo vía WhatsApp, mientras buscamos inspiración para un nuevo proyecto con imágenes y aplicaciones que scrolleamos en nuestro celular?

Las últimas investigaciones en materia de recursos humanos ponen en cuestión estos modos tradicionales de trabajar, y mientras algunos espacios mueren en la era del Paleolítico de una oficina ochentosa donde el jefe deambula por los escritorios en modo capataz, las nuevas generaciones piden a gritos libertad para trabajar cómodos bajo sus propias reglas. Y ser más productivos.

“El diseño físico y virtual del lugar de trabajo puede (y debe) convertirse en un proceso continuo y más asertivo”, reza un comunicado de WeWork, la plataforma de espacios de trabajo colaborativo más grande del mundo, con tres sedes en la Argentina. En este sentido, la premisa está puesta sobre la mesa: el objetivo debe ser lograr que las personas adecuadas interactúen con la intensidad adecuada en el momento adecuado, y en la búsqueda de la solución ideal en términos de work spaces, lo importante es comprender que la decisión acertada tendrá que ver más con las necesidades específicas de cada equipo o empresa que con una sola verdad que funcione para todos.

“En WeWork tenemos la posibilidad privilegiada de probar nuestros espacios en tiempo real y mejorarlos constantemente, una de las claves para proporcionar una buena experiencia a los usuarios. A través de nuestros equipos de investigación y la tecnología aplicada al uso diario de nuestros edificios, recibimos datos sobre cómo interactúan las personas cuando ingresan en nuestros espacios, cuántas veces al día utilizan una sala de reuniones, cuántas personas usan una despensa, cuál es la hora más ocupada del día en nuestros espacios comunes, etcétera. Este intercambio entre la información de uso y el diseño es, a su vez, lo que nos permite mejorar constantemente nuestros edificios, satisfaciendo las necesidades particulares de cada mercado y de cada usuario, aumentando la eficiencia operativa y mejorando la experiencia”, afirma Matías Lloveras, director creativo de WeWork para Latinoamérica. Pasado en limpio: en los nuevos espacios de trabajo impera el dinamismo por sobre las estructuras establecidas, y los millennials más jóvenes (esos que rondan los veinte y están al borde de haber sido centennials) no se sienten a gusto pasando ocho horas sentados en la misma silla con el ojo atento de un jefe estricto controlándolos a sus espaldas.

Un estudio realizado por Harvard Business Review (HBR) afirmó que nunca se podrá encontrar una arquitectura física o digital que resulte perfecta para todos los espacios de trabajo, de manera estandarizada y uniforme. También muestra que la tecnología es un gran aliado de la arquitectura para probar teorías y comprender cómo los profesionales realmente se conectan. La experiencia de cada usuario como referencia primordial es, según este estudio, el asunto que debería primar a la hora de actualizar un determinado espacio de trabajo, logrando empleados más cómodos (y felices) en sus tareas de oficina. “La llegada de nuevas generaciones a la fuerza laboral, más conectadas e impactadas por las nuevas tecnologías, ha hecho del entorno profesional un factor cada vez más importante para el bienestar en el trabajo”, dicen en WeWork. Lloveras afirma que WeWork implementó un cambio radical en la discusión arquitectónica de sus espacios. “Ya no nos preguntamos si los espacios deberían ser más abiertos o más cerrados, más flexibles o menos flexibles, para generar más productividad; debemos centrarnos en la interacción de las personas dentro del entorno. Las personas, como seres sociales, tratan de rodearse de otras personas. Por lo tanto, nos enfocamos en cómo mejorar estos intercambios, en cómo generar comunidades. Esto da como resultado el diseño de espacios con mayores niveles de bienestar para los usuarios, mucho más eficientes en su uso y en la creación de entornos de trabajo colaborativos más alineados con lo que busca la nueva generación”, concluye.