Luego del éxito de la serie Inconvivencia, el actor que llegó a los sets de filmación por curiosidad transita un presente lleno de música junto a su banda y asume desde otra postura, nuevos desafíos personales.


“Soy un amateur profesional.” Tomás Fonzi se describe así cada vez que puede. En la actuación, en la música: como alguien que practica por placer su actividad, alguien que ni siquiera se destaca en su oficio. Esa humildad, con la que hace más de 21 años se sube a escenarios y protagoniza historias de la tele y películas premiadas, aún se sostiene, desde sus inicios, allá por Verano del 98, donde se metió casi por jugar, por curiosidad. Ese juego se convirtió en su modo de vida y fue inevitable tomarlo cada vez más en serio, pero siempre resguardado en esa actitud casi rebelde de no hacerse cargo del éxito. Hoy protagoniza la serie Inconvivencia, en Telefe, una historia muy actual que pone en cuestión otra estructura o mandato impuesto sobre el mundo de las relaciones. Él, como todos los papeles que interpreta en la vida y en su carrera, sin pensarlo demasiado, y a pesar de su poco gusto por la exposición, saltó una vez más al vacío y se animó a jugar.

–¿Hay alguna cuestión que sientas que te haya inspirado para entrar en el mundo de la actuación?

–Tengo muy presente el recuerdo de la primera muestra de teatro: empecé a estudiar teatro a los 17 años. Yo ya trabajaba, así que estudié para no ser tan cara dura, fue justo con Verano del 98. Me acuerdo de estar en esa muestra arriba del escenario y tuve una emoción muy real a partir de una mentira, de una situación ficticia. Dije: “Acá hay algo muy especial”. Muchas veces me pasa de ir al teatro ya pensando en volver a mi casa, en qué dejé en la heladera para comer. Y de repente es una función increíble, que me levantó por el aire, y me voy elevado; o al revés: voy al teatro tipo “¡qué ganas tengo hoy!” Y es una cagada, y me voy por las alcantarillas. Todos los días cambia el público, cambia la energía: son fuerzas que no manejamos, y eso me fascina. El cine es todo lo contrario, cuando el director dice “corte”, esa escena que terminaste va a quedar grabada así para siempre.

–¿Qué actores te generan admiración?

–Esos que no están modificados por la cámara o por estar siendo observados. Creo que lo más difícil de actuar, por lo menos para mí, es el hecho de estar siendo observado sin que eso te modifique. No sé, Christopher Walken. El otro día fui a ver la de Tarantino, y fue una fiesta entregarme como espectador: “Llevame dónde quieras, hacé lo que quieras”. Ver a los actores en ese clima, hablamos de DiCaprio, Brad Pitt… la tienen lunga, pero me imagino todo el durante y el detrás y me vuelvo loco.

–¿Tenías alguna ilusión del “ser actor”? ¿Se cumplió, o nada que ver?

–Me cuesta ponerme el rótulo o el título de “actor”; de “artista”, menos que menos. Mi tuit fijado es “Soy un amateur profesional”; como actor, me hice haciendo, empecé de muy chico, no sé si fue un deseo que tuve. Después entendí por qué soy actor; se ve que hay algo que necesito aprender de eso. Mucho tiempo estuve muy peleado, porque mi forma de ser choca mucho con la exposición. Me siento expuesto, vulnerable, vulnerado. Mi mujer empezó a estudiar astrología, y hay algo según mis ascendentes. Parece que a lo que me tengo que enfrentar es a eso, al vértigo, al salto al vacío, a la mirada ajena. Me acuerdo de los primeros estrenos, de temblar hasta el pelo y decir: “¿Quién me manda a meterme en esto que me hace sufrir?”. Y la imagen siempre era la de estar en una cornisa: detrás, un muro altísimo, y delante, un precipicio. O intentás planear o caés como una bolsa de papas rodando sobre la roca. Ante esa situación, siempre salté hacia adelante, como palomita.

–Vi en tu Instagram que salís a correr mucho.

–No sé si mucho, pero lo hago cada vez más. Lo que más me gusta de correr, fundamentalmente, es escuchar música. Estoy tardes enteras armándome la playlist para salir a correr. La última tenía que ver con Bandalos Chinos, pero hay desde Ratones Paranoicos, pasando por Daft Punk y los Ramones.

–Desde chico estuviste muy relacionado con la música. Tuviste y tenés bandas.

–Sí, mi banda de ahora se llama El Amateur, haciéndome cargo de mi amateurismo profesional. Me fascina mucho la música, pero todavía es un deseo, por más que lo haga. Yo siento que la música me expone mucho más. En la actuación, en un punto, ya encontré un lugar en el que si quiero la piloteo, armo a alguien que actúa, pero la música me desnuda mucho más, no hay piloteo posible.

–De todos los personajes que hiciste, ¿cuáles sentís que te marcaron o enseñaron más?

–Pienso en las primeras veces de cosas, que me abrieron la cabeza. Uno fue el musical Y un día Nico se fue, donde por primera vez fusioné música y actuación. La película Paco, que era muy densa, espesa; nos metimos en el barro, haciendo trabajo de campo, yendo a centros de rehabilitación, hablando con los pibes. Otra primera vez fue Una noche con Sabrina Love; ahí fui como el personaje, con ingenuidad, con inconciencia; estuvimos en manos de Alejandro Agresti, a quien amé. Me puso la vara muy alta; por suerte yo era inconsciente de todo eso porque creo que ahora me cagaría un poco en las patas.

–¿Qué te atrajo de tu personaje en Inconvivencia?

–Lo primero que sentí fue que tenía mucho para dar, porque yo estoy en pareja desde hace mucho tiempo y pasamos por todas. Estamos hace doce años. Hay algo de la estructura impuesta o prefabricada que uno compra, que no se pueden correr los márgenes; y hay algo que fuimos descubriendo con mi mujer, de armarla a medida nuestra. Lo que más me gustó es el formato serie y que la atención está puesta en pequeñas cosas, en pequeños detalles, en la cosa chica, lo sutil. Vos llegás a tu casa y en cuanto te saluda tu mujer, sabés todo, cómo está de ánimo, cuánto te quiere, cuánto no, si hay algo que le está jediendo. Los personajes viven con mucho dramatismo lo que les pasa, esto de dejar de convivir. Y mi planteo siempre fue: “Porque no tienen hijos; todo es una pavada sin hijos”.

–¿Qué sentís que es lo más difícil de tener hijos?

–Lo más difícil es la gran responsabilidad, que a veces me resulta muy abrumadora, de pensar que traje gente a este mundo de mierda, y que ojalá no se lastimen mucho, porque es inevitable que se lastimen, y ojalá se lastimen un poco, porque, si no, no van a aprender nada. Y la falta de tiempo, hay algo que está muy supeditado a les niñes; pero también la sonrisa más genuina que tengo en mi vida son mis hijos: nada me hace sonreír como ellos.

–¿Qué te gusta hacer cuando tenés tiempo libre?

–Aprovecho y lo dedico a la música, a hacer deporte, a irme de viaje, de pesca. Voy a pescar donde sea. Ya desde chico, a los 16, me iba solo a Corrientes o a Entre Ríos. Me embarcaba con un guía todo el día, a pescar dorados, surubíes. Me encanta estar sentado en la orilla de cualquier lugar esperando, mirando la punta de la caña. No es que me sea importante lo que pesco. No me gusta pescar, me gusta “estar pescando”.

–¿Otros viajes que te hayan modificado en algo?

–En 2006 me fui solo a las primeras lenguas del Sahara a pasar un año nuevo, y ese viaje me partió la cabeza. Después recorrí las grandes ciudades de Marruecos, y me sorprendieron los mercados; allá se regatea, si no tenés un “no”, sos un perejil, te odian. Hubo algo de esa negociación que me enseñó mucho: el saber cuándo decir que no. No a la energía del otro, no a cuando rompen tu espacio personal, o tus barreras, tus límites.Y ese fue un gran aprendizaje: aprender a decir que no, a todo nivel. Me acuerdo de ese viaje y mirá: se me pone la piel de gallina.

“Yo siento que la música me expone mucho más. En la actuación, en un punto, ya encontré un lugar en el que si quiero la piloteo, armo a alguien que actúa, pero la música me desnuda mucho más, no hay piloteo posible.”