La flamante ola de spas temáticos supone un cambio de eje: una experiencia interactiva en lugar de un relax pasivo. Y pone a la birra en el corazón de la acción.


Barrio de Recoleta, Capital Federal. La ciudad está igual de calurosa y llena de cemento que siempre, pero ahí, tras una fachada, un cartel entre seco y cordial avisa: “Toque una vez el timbre y espere paciente”. Desde allí, minutos después, una foto que salta a la realidad y roza el hedonismo: la mueca de felicidad de alguien que bebe una cerveza importada –fresca, muy fresca– y recibe un masaje en los pies mientras se escuchan unos sonidos entre mántricos y lisérgicos. ¿Por qué un spa tiene que ser una experiencia aburrida, lenta y cansina en la que se escucha música india?

Durante una hora y media, la cotización del dólar, las grietas políticas, los problemas con el trabajo, la suba de los servicios, la puntita de la Tercera Guerra Mundial, las catástrofes del amor y todos los sacudones de la vida cotidiana pasan a un plano secundario. Aquí, durante esta experiencia, saltándose el parentesco con los spas tradicionales, el placer enfunda los cuerpos que se estrujan, beben y relajan: Tédelúpulo es el primer spa de cerveza del país. Y, en su nervio, propone transitar una historia en la que inmiscuirse, relajarse, beber, participar y prestarse un rato al misterio.

Los spas provienen de la Antigua Grecia, tradición que continuaron los romanos. Allí existían unos piletones donde las personas se sumergían y bañaban. Para esa época, el ocio era contemplado como un valor trascendental. No obstante, a contrapelo de la pasividad que usualmente manejan los spas, Té de lúpulo recupera esa esencia imperial y propone un relajado presente, una especie de relax activo. De movida, este no es un spa como los de siempre: exige estar permeable a los estímulos, dando y recibiendo, tomando y charlando, comiendo y disfrutando.

Los “viajes cerveceros” duran aproximadamente una hora y media. Tienen distintas alternativas y varios precios, que oscilan entre los $1.900 y $2.450 por persona, según duración y cantidad de participantes. Hay opciones individuales, para parejas (“El 80% de nuestro público son parejas”, dicen Javier y Pablo, los dueños del proyecto) y, también, para despedidas de solteras. “Tédelúpulo es un desvío”, sugieren en su página web. Y es uno de los pocos que hay en el mundo, detrás de proyectos desperdigados entre República Checa, Hungría, Alemania, Islandia, Estados Unidos, Colombia y España.

Etimológicamente, “spa” proviene del latín “salus per aquam”. Es decir, “salud a través del agua”. Pero acá, el agua es reemplazada por la cerveza, su pariente sagrado. En esta propuesta, sus creadores incorporaron la cerveza como un medio para compartir: la burbujeante cebada conecta. Entretanto, el viaje que propone Tédelúpulo va por fuera y por dentro. Así, después de moler algo de malta, los olores empiezan a expandirse. Y los poros comienzan a abrirse con los 80° grados del sauna seco, que se toleran gracias a un denso aroma a eucalipto.

El flash se inicia con una copita, que puede ser de hidromiel, de licor de arroz o de lo que proponga el devenir. Una cerveza se abre y, tras un baño, la malta molida se transforma en una infusión deliciosa. Se prepara el hidromasaje y la experiencia se torna interactiva. Tras la selección, un paquete de malta se vuelca sobre el hidro y, al llenarse, la sensación de estar en una gran olla de cerveza se vuelve fascinante. Parece exfoliar e hidratar, pero más ganas dan de tomar. Sin más, se ofrece reflexología y oootras cervecitas.

La experiencia termina siempre envuelta en un manto aventurero. Es que, por estos días, el público busca estímulos registrables. Y este spa es un punto medio: ni descontrolado ni un embole. Tampoco hay cerveza libre: se suministra como una función didáctica y pedagógica. Y el desafío de Tédelúpulo está entre la información y la experiencia. Por eso, en su diseño, hay ofertas para los terrenales, los relajados, los amantes, los contracturados, los festejantes y hasta para los etílicos.

En los spas, la relajación no funciona como un fin directo. ¿Qué es eso de “ir” a relajarse? El spa se volvió algo individual, casi descartable, que termina ligado a un concepto más estético que gozoso. Hay masajes y músculos que aflojan, pero también tratamientos reductores, cremas y exfoliantes, efecto peeling, cutículas y toallas húmedas. En tanto, por acá, el factor sorpresa (el “factor cerveza”) les permite a los creadores de Tédelúpulo jugar y ofrecer una especie de rito cervecero para cada ocasión. Porque, de fondo, es un terreno desierto y se estira hasta donde plazca. ¿Quién va a decir qué es y qué no es un spa de cerveza?