El rey del under, el hombre que a principios de los noventa supo llevar el arte y la moda a las masas populares, presenta ¿Sentiste hablar de mí?, su mega muestra más personal, en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires.


“Lo he dicho miles de veces: en el año 89 hubo un cambio en el que el arte no pasaba por las galerías, ni por la fotografía, ni por nada. Pasaba por los clubes, por la necesidad de encontrarse, de hacerse amigos, de cogerse. Eso lo quiero volver a aclarar: ¡no pasaba por ningún otro lugar! Ninguna otra disciplina le daba a la gente lo que estaba necesitando. Eso quiero que lo pongas así, en negrita: ¡no pasaba por ningún otro lugar!”

¿Sentiste hablar de mí? es el nombre de la megaapuesta que inauguró Sergio De Loof a fines de noviembre en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, bajo la curaduría de Lucrecia Palacios, con asistencia de Belén Coluccio y el archivo De Loof reunido y restaurado por la Fundación IDA. El resultado es una obra monumental que incluye pasillos palaciegos, obras de teatro, un carnaval y una tienda que vende sus creaciones, entre otros espacios.

Ahora, sin presiones ni pretensiones, De Loof pasea por el Museo Moderno como si fuera su casa. Pantalones tres cuartos amarillo flúo, ojotas y una remera negra, que entre signos de admiración dice en inglés que es el fin de este mundo de mierda. Tiene puesto un antifaz porque acaba de hacer fotos para otra revista y porque le gusta esconderse de “tanto careta suelto”. Casi un guiño a su amigo Luca Prodan, que andaba de lentes oscuros por las calles del Abasto no sólo por el sol sino por la gente que le daba asco. Uno desde la música, el otro desde el arte y la moda, fueron reyes de su época, donde la Argentina retomaba la democracia y los jóvenes necesitaban un lugar donde descargar sus pulsiones y, sobre todo, sus sentimientos hasta el momento reprimidos por la última dictadura militar. “Una vez, en el baño del Parakultural, vi a un punk vomitar vino de cartón y dije ‘basta, voy a dar de comer y tomar al menos vino de damajuana’”, dice explicando la génesis de Bolivia, su primer bar de la calle México al 300, cuyo nombre evocaba una de sus mayores obsesiones: el país del Altiplano y los colores de su fiesta indígena. “Bolivia fue lo más Palermo que hice en toda mi vida. Ahora vas a cualquier boliche pedorro y te sirven vino en frascos, hay sifones y te dicen que eso es cool. Dejame de hinchar los huevos, a ver si se animaban en mi época a servir una mesa así.”

De Loof empezó así a delinear un estilo de ambientación y estética que se correspondía con sus orígenes en barrios bajos y los clientes ricos habituales de sus boliches. Todo lo mezclaba: la miseria y la riqueza, el tecno y la cumbia, la revista Vogue y las decoraciones con antigüedades compradas en cambalaches, en el Cottolengo Don Orione de Pompeya y en los depósitos del Ejército de Salvación.

A Bolivia le siguieron El Dorado (1991), Morocco (1993), Ave Porco (1994)… En sus lugares no importaba la guita, el sexo o de dónde venías; todos eran bienvenidos allí. “Quería compartir con todo el mundo la felicidad que había en mis clubes. Madonna me ayudó a quererme con mi negrez y mi pobreza. Una de mis funciones en esta tierra es hacer cosas para que la gente sea feliz a pesar de su condición”, dijo alguna vez.

No obstante las diferencias esenciales entre cada uno, coinciden en haber sido refugios de libertad para las disidencias sexuales y la expresión individual a través de la vestimenta y el look, y en haber relacionado íntimamente la noche con el arte. Su programación cultural incluía desfiles, obras de teatro, bailes, pequeñas exposiciones y recitales.

Desde que el filósofo coreano Byung-Chul Han reconsideró la noción del shanzhai (neologismo chino que define la apropiación de una forma o de una idea desestimando su estatus de originalidad) para entronizar el fake, la obra de De Loof consiguió nueva argumentación teórica. Uno de los textos de ¿Sentiste hablar de mí? rastrea el origen de su habilidad: “Mi padre, descendiente de inmigrantes, me enseñó que todo sirve. Él junta por la calle pedazos de cable, tornillos, arandelas, clavos que luego endereza. Es un gran secreto, una filosofía de guerra, de supervivencia”, explicaba De Loof en el año 2000. Para ese entonces, hacía tiempo que su nombre era sinónimo de una sensibilidad única, que creaba ambientaciones, ropas y desfiles fantásticos haciendo uso de materiales pobres y desprestigiados. En ellos, un canasto se transformaba en un sombrero egipcio, unos posavasos se convertían en elegantes aros, papeles de madera podían dar forma a fastuosos vestidos.

“Quería compartir con todo el mundo la felicidad que había en mis clubes. Madonna me ayudó a quererme con mi negrez y mi pobreza. Una de mis funciones en esta tierra es hacer cosas para que la gente sea feliz a pesar de su condición.”

Ahora, desde su casita en Remedios de Escalada, el rey del under pasa su tiempo escribiendo y escribiendo en su Facebook, que ya cosecha miles de seguidores. Allí, De Loof no sólo expresa lo que piensa acerca de las relaciones amorosas, las situaciones escatológicas, las drogas, la crítica social y artística, sino también sobre su salud. Se sabe, De Loof es portador de VIH y, según se desprende de sus posteos muy desafiantes sobre este tema tan delicado, el cuidado no estaría entre sus prioridades (“típico que te preguntan dónde te agarraste el sida!”). También sostiene momentos de confesiones extremas: “perdí una bolsa”; “a mí me encanta hablar con otros seres humanos y creo que para eso mi papá es el peor!”; “la muerte es como dormir la siesta…”. El 24 de diciembre, a las 13.56 exactas, un posteo vislumbró su último gran pedido de auxilio: “quiero mantecol”.

¿Sentiste hablar de mí?

Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, Av. San Juan 350
Hasta el 20 de abril de 2020
Lunes, miércoles, jueves y viernes, de 11 a 19
Sábados, domingos y feriados, de 11 a 20
Entrada general: $50
Miércoles gratis

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