Hace casi veinte años fundó unas de las marcas de ropa más exitosas y respetadas de Argentina. Icono de estilo, asegura que su mayor logro son el amor y la familia y hace un llamado de atnción hacia el consumo responsable.


La elegancia al moverse, la delicadeza al hablar y la firmeza con la que dice lo que piensa definen su espíritu. Eva, la gran creadora que da vida a las prendas más codiciadas del país es, además de exitosa empresaria y diseñadora, una mujer para charlar y aprender.

–Tu marca se caracteriza por la calidad ante todo. ¿Siempre tuviste muy en claro los estándares que querías mantener?

–Con el tiempo me di cuenta de que tengo los estándares muy altos para todo. Yo no me conformo nunca con ir zafando, o ir viendo. Cuando me propuse generar mi marca tenía en claro que quería manejar una empresa y no un boliche, armando una cadena de proveedores que puedan ser sostenibles en el tiempo y que podamos crecer juntos. Para mí la calidad es una meta. Yo siempre me pregunté: ¿Qué no hay en Argentina? No hay diseño, no hay lujo… Es decir, hay diseño pero no intervenido con materiales nobles, de repente no está cocido meticulosamente con manos artesanas que hagan una obra maestra. Teniendo en cuenta todos esos parámetros, dije “vamos por acá”. Fue y es un camino espectacular, con muchas satisfacciones y muchas frustraciones.

–¿Cómo lidiás con las frustraciones?

–Soy de esas personas que se caen y se levantan, no me quedo en el camino. Por ahí te lloro un ratito, pero al otro día sale el sol.

–¿Eso lo aprendiste o vino con vos?

–Yo creo que uno viene con las dos caras, de un lado tenes la fortaleza y del otro la debilidad. Una se nutre de la otra. A medida que vas creciendo te vas conociendo, sabiendo cuales son tus límites, en donde ponerlos, como desarrollar la zona de tu fortaleza y expandirla, y como mediante esa expansión ir bajando lo otro. El lado débil de esta fortaleza que tengo es la cosa obsesiva; si yo me detengo en lo obsesivo no camino, no avanzo, y ahí me quedo estancada en la frustración.

“El lujo no se puede producir en serie, porque así deja de ser lujo, pierde exclusividad. El lujo se está industrializando y eso genera problemas, porque un pantalón de cuero industrializado termina matando animales que no deberían matarse”.

–¿En qué ámbitos trabajás estas reflexiones?

–Yo me analizo desde los 21 años y tengo 51. O sea que tengo más tiempo vivido con análisis que sin. Dos analistas en 30 años, ya es una rutina semanal. Cuando yo empecé a analizarme, estaba de moda pensar. La gente se juntaba para reflexionar, había debate y tolerancia; después el pensar se transformó en una necesidad, una vez por semana juntarte con alguien que durante cincuenta minutos te haga reflexionar.

–¿Cómo te afecta el paso del tiempo?

–A mí hasta ahora ningún cambio de década me había afectado, pero los 50 me pegaron muy mal. A los 40 empezás a cobrar sentido de la mortalidad, pero estás parado en el medio de la vida, ¿quién no vive 80 años? En cambio a los 50… ¿contame cuánta gente conoces de 100 que esté bárbara? Me acuerdo que el día anterior a cumplir 50 fui a análisis, iba caminando y baldeaban una vereda, y yo sentía el olor del agua, el sonido de la escoba, y pensaba “si yo me muero mañana, este señor va a baldear la vereda igual que siempre”. Eso sentís, que vos no vas a estar y el mundo va a seguir funcionando igual. Cuando sos joven pensas que el mundo no funcionaría sin vos, pero después vas perdiendo al niño y tomando dimensión de la realidad del mundo funcionando como si nada, sin vos. Es el momento en que ya no estás parada en medio de la vida, estás del otro lado.

–¿Qué prioridades cambiaste desde aquel click?

–Dejé de ver a la gente que no me hacía bien, dejé de hacer lo que debía y empecé a hacer lo que quería, dejé de pensar en agradar. Elijo donde quiero estar, con quien, como, cuando.

–En términos físicos o de salud, ¿como cambias en esta etapa?

–Hay que establecer rutinas, porque ser grande implica tener una rutina. Hacer ejercicio determinados días de la semana, prestar atención a la alimentación sin obsesionarme porque ante todo soy una gozadora. Por eso cuando hablo de rutinas me refiero a un cierto orden: si salgo a comer afuera pido lo que tengo ganas, pero cuando como en casa trato de ser más ordenada. Imaginate que no me voy a ir a Italia a comer una ensalada… Disfruto de comer, de beber, a mí me vuelven loca los gustos, soy una catadora y comer me provoca alegría, aunque reconozco que todo eso en exceso termina siendo un problema. Es cuestión de ir manejando los hilitos.

–¿Qué otras cosas aprendiste para vivir mejor?

–Tener siempre la humildad de seguir aprendiendo. Nunca creo que me las sé todas, no me paro nunca en el lugar de “llegué”. Para mí el éxito es la familia que tengo, haber encontrado un gran amor, poder mantener ese gran amor después de veinte años de estar juntos, seguir extrañándolo. Para mí el éxito no pasa por lo laboral. Yo tengo momentos de goce que exploto en colores cuando estoy sentada en una sobremesa con mis dos hijos y Juan, y mi perro Toto ahí abajo.

–¿En qué momento te volviste una defensora del consumo responsable?

–Hay toda una movida en relación al medio ambiente que a mí me despertó una responsabilidad tremenda. Cuando tenes hijos adolescentes que tienen terror a no poder tener hijos, a no vivir en un lugar donde no puedan abrir una canilla y que salga agua… Ellos están creciendo con un trato al medio ambiente muy brutal y están viviendo las consecuencias de eso, de una híper industrialización del mundo que es grave.

–¿Estamos a tiempo de cambiar los modelos de producción?

–El lujo no se puede producir en serie, porque así deja de ser lujo, pierde exclusividad. El lujo se está industrializando y eso genera problemas, porque un pantalón de cuero industrializado termina matando animales que no deberían matarse. Y si lo hacés con eco cuero o piel sintética generás polución porque se usan plásticos que destruyen el medio ambiente. Es un desastre. El lujo no puede ni debe industrializarce. Vos no podes matar millones de cabras para hacer cashmere, es una locura.

–¿Compramos demasiado?

–En el mundo se compra más de lo que necesita, o de lo que se quiere, o de lo que se usa. Y ahí hay que trabajar el tema de la sustentabilidad, en las cantidades de lo que se usa, no solo en las calidades. Por ejemplo yo ahora tego un proveedor de cuero que implementó un sistema de producción que no resulta contaminante, y me interesa comunicar eso, pero me da miedo ser atacada por los veganos. Lo importante es que yo no hago una producción de ciento cincuenta mil pantalones de cuero, y si hiciera lo que hace Zara, que reemplaza el cuerpo por fibras, te aseguro que está contaminando igual. El problema es la cantidad, no solo la calidad.

–Es un tema muy polémico, de esos que nunca dejan conforme a nadie…

–Cuando Stella McCartney se calza la bandera del veganismo, cosa que me parece súper respetable, hay una parte que se saltea, y es que la piel sintética que ella usa contamina un montón y tarda doscientos años en degradarse. ¿Qué onda? No matás al animas, pero cuando el animal muere porque cumplió un ciclo de vida y vivió y dio todo lo que tenía que dar, esa piel se puede usar tranquilamente y después se degrada naturalmente y se convierte en energía que va al universo.  

–¿Ves posible una proyección de Bomparola, bajo estos estándares, en el exterior?

–Si me lo propongo probablemente lo lograría. Pero no dejo de preguntarme: hasta dónde y hasta cuándo. Estoy en un momento de la vida donde la quiero pasar muy bien, donde quiero disfrutar, donde si voy atrás de un negocio expansivo, internacional, millonario, primero quiero un partner, porque sola no me lo voy a calzar. Y una movida así requeriría mucha presncia mía en el extranjero, entonces perdería eso que es maravilloso y hoy es mi éxito: la sobremesa con mis hijos, mi marido y mi perro. Eso no es negociable.

“Para mí el éxito es la familia que tengo, haber encontrado un gran amor, poder mantener ese gran amor después de veinte años de estar juntos, seguir extrañándolo”.

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