Dueño de una perspectiva única, el fotógrafo e historiador argentino regresa de Barcelona para presentar su muestra Argentum Regina, la ciudad eterna en el MARQ. Un viaje a través de la arquitectura fantástica y maravillosa de Buenos Aires.


Esa mística porteña que retrataron tantos tangos, esa personalidad tan ecléctica, los contrastes entre imperio y ruina, entre nuevo y viejo, y hasta los sándwiches de miga, son obsesiones, pasiones que interpelan la mirada de Claudio Larrea. Director de arte, fotógrafo, historiador y sobre todo un artista apasionado que juega sin miedo en los diferentes espacios que habita. Vive en Barcelona, pero como a Troilo, hay algo que siempre lo hace volver a Buenos Aires. Hoy es su exposición Argentum Regina, la ciudad eterna, disponible a partir de el 4 de diciembre en el Museo de Arquitectura (MARQ). Desde ahí nos contó un poco sobre su vida y su obra, que coquetean con el caos de la ciudad y extraen lo más bello de su esencia.

–¿Estás contento con la muestra?

–Sí, contento, porque si uno no expone se queda siempre con la obra en la casa. Tengo mucha fotografía impresa de muchas muestras, casi 90 obras, más las que tengo en Barcelona en mi otra casa. Viví diez años allá, y cuando mi mamá empezó a decir que no quería viajar más, me volví a Buenos Aires. En esos diez años hice casi toda esta obra, y cuando falleció ella el año pasado decidí regresar a este proyecto, que lo había dejado en pausa. Casualmente, yo iba a nacer en la provincia de Buenos Aires y mis papás estaban empecinados en que naciera en Capital. Mi mamá se vino corriendo con la panza desde Berazategui; no daba más, llegó hasta Caballito. Se ve que nací donde tenía que nacer. Yo puedo vivir en Barcelona y sacar fotos, pero el tema es tener “dermis” con el lugar y formar parte del tejido. Es rara Buenos Aires, tiene un sex appeal muy fuerte.

“Yo puedo vivir en Barcelona y sacar fotos, pero el tema es tener piel con el lugar y formar parte del tejido. Es rara Buenos Aires, tiene un sex appeal muy fuerte.”

–Estando en Barcelona, ¿qué extrañás de Buenos Aires?

–El olor a tilo, los jacarandás, hay una linda vibración en esta época. Acá me gusta mucho ir a Zum Edelweiss, por su revuelto gramajo. Y tengo una debilidad que allá no hay: los sandwichitos de miga.

–¿Qué hacés actualmente en Barcelona?

–Allá tengo mi “ganapán” como director de arte en publicidad. Llegué a eso después de haber pasado por todas las tapas de revistas de Buenos Aires. Hice una cuando lo liberaron a Macri; le llevé un ejemplar del Juguete rabioso y me dijo: “No voy a agarrar este libro y mirar a cámara”, entonces le pedí que pusiera las manos como si estuviera rezando, y lo hizo. A Monzón en la cárcel le hice ponerse una bata de seda. A Maradona le puse una bata de Versace. Guillote me dice: “Pibe, la bata se la va a quedar Diego”.

–¿Qué momento quedó en tu retina de cuando expusiste en la Ópera de Estrasburgo?

–Fue muy fuerte. La gente aplaudiendo, todos los bailarines en el camarín me aplaudieron. Fue muy placentero. Como cuando expuse en Fundación Getty, en la muestra Disneylandia en Latinoamérica. Representé a la Argentina con unas fotos muy lisérgicas de la República de los Niños. Me llevó una amiga en auto a La Plata, era complejo ir en bondi con los equipos; comimos un sandwichito, hice las fotos, fue todo a pulmón. De golpe eso está plasmado ahí en Los Ángeles.

–En tu muestra actual hay mucho registro de fotos de lo que pasa mirando para arriba.

–Sí, miro para arriba, pero también miro los lobbies de Buenos Aires. Hay mucho de detenimiento, de silencio, porque en esta ciudad no hay silencio. Hay una relación con la Escuela de Düsseldorf, que tiene fotografías silenciosas. Hay un cruce con Alemania en mi obra. Alemania es un tema, el silencio, la luz natural también. Yo no trabajo con flashes. Entonces las condiciones siempre las ponen el espacio o la circunstancia.

–¿Qué te gustaría que le pasara a quien vaya a ver Argentum Regina?

–Estos son recortes de un imperio, de una potencia que no pudo ser. Son restos, y eso me da cierta melancolía, pero también la sensación de que estos lugares están. Es una llamada de atención: que la queja no cubra todo y que también podamos disfrutar la ciudad. A mí me gusta que la persona tenga cierta extrañeza de lo que ve, que pierda el eje, el tiempo y el espacio. Busco lugares que desconcierten, que te hagan salir de lo previsible. Hay que hacer. Porque si no hacés, te perdiste el hecho de que te descubran. Y un día estás muerto.

–Como dice la introducción a tu muestra actual, ¿creés que Buenos Aires es eterna?

–Es una humorada. Es como la juzga Borges, que nunca imaginaría su vida sin Buenos Aires. Es un juego de palabras que hice, porque por un lado es la capital de un imperio que nunca existió, y por otro es eterna, como el agua y el aire, como dice Borges.

–¿Cuál es tu proceso creativo para llegar a una muestra?

–La idea es salir con la cámara, y como el pescador, ir con la red y pescar. Luego mi marido, José Manuel, mi gran curador en todos los sentidos, va haciendo una selección, que termina siendo la muestra. Voy a exponer en Barcelona en marzo: Noir, el silencio de la luz, una muestra dedicada a un formato muy chiquito, inspirada en el cine negro de los años 30, en el Institut d’Estudis Fotogràfics de Cataluña.

–¿Alguna rutina que repitas a diario?

–Tengo el síndrome del periodista y la página en blanco: me levanto todas las mañanas y pongo una foto en mis redes sociales, y a la tarde pongo otra. Es un ejercicio, me obligo a tener siempre una foto. Es mi rutina: no tener la página en blanco.

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