AMOR AMARILLO

Aunque muchos sostienen que la edad de oro pasó hace ya un tiempo, casi ningún fenómeno mediático ha marcado la cultura global como el de la familia de Springfield. Tres décadas despuntando el presente y muchas veces adivinado el futuro.


El 14 de octubre de 2014, dos revistas científicas publicaron un extraño paper titulado “Configuraciones difusas y homogéneas”. El artículo era de lo más insólito. Y no sólo por las incoherencias de su contenido: entre sus autores, figuraban Maggie Simpson, Edna Krabappel y un tal Kim Jong Fun.

El detalle, al parecer, no fue advertido por los editores de las revistas Journal of Computational Intelligence and Electronic Systems y Aperito Journal of Nanoscience Technology, que, sin ningún tipo de chequeo, le dieron luz verde a su publicación.

Y al hacerlo cayeron en la trampa del ingeniero Alex Smolyanitsky, quien más que pretender burlarse buscaba exponer a estas revistas, conocidas como depredadoras que envían spam a miles de investigadores ofreciendo publicar su trabajo a cambio de altas sumas de dinero, sin tener que realizar una revisión por pares.

Más allá de la curiosa anécdota, se trata de una de las varias muestras de que en las últimas tres décadas Los Simpson se ha vuelto algo más que un simple programa de televisión. “La serie es una institución de la cultura pop –señala Moritz Fink, autor del libro The Simpsons. A Cultural History–, al igual que los Rolling Stones son parte de la historia de la música popular.”

Con más de 665 episodios emitidos, este show que se estrenó el 17 de diciembre de 1989 escapó de la pantalla. En 2002, por ejemplo, el famoso latiguillo de Homero, “D’oh!”, fue agregado al Diccionario Oxford de Inglés.

No hay país del mundo donde no se vean los rostros de Homero, Marge, Bart, Lisa, Maggie o el resto de los 55 personajes que componen su universo amarillo. Se venden más de diez mil productos con su logo: Los Simpson, como escribió el documentalista y director Morgan Spurlock, es un “un gigante del marketing que, como un tren de carga, se ha salido de los rieles y ha alterado por completo el panorama cultural tal como lo conocemos”.

Aparecer en un capítulo de la longeva serie implica “haber llegado”, es decir, consagrarse al fin como una figura internacional. Así lo sintió el astrofísico Stephen Hawking, quien en un episodio de The Big Bang Theory bromeó acerca de nunca haber recibido un Premio Nobel en su vida: “Está bien. He estado en Los Simpson”.

Además de naturalizar el amarillo como color de piel –a tal punto que, como la exagerada edad de los actores que en su momento encarnaban a los personajes de El Chavo del 8, ya ni siquiera la notamos–, su marca de distinción siempre ha sido su universalidad, un humor particular de examinar pequeños y grandes asuntos sociales, como el cambio climático, la discriminación, desórdenes de la alimentación, la libertad de prensa, el acoso sexual, la extinción de las especies, los estereotipos de género, entre tantos otros.

Mirando hacia atrás en la extensa historia de este programa que explota los lugares comunes estadounidenses para desde ahí ridiculizarlos, destacan aquellos comentarios para su época tan exageradamente absurdos e improbables pero que a los ojos de hoy parecen predicciones acertadas. Como cuando los escritores del show anticiparon que Donald Trump se convertiría en presidente de los Estados Unidos. O cuando, seis años antes de que Edward Snowden revelara detalles impactantes sobre las prácticas de vigilancia masiva de la NSA, en The Simpson. La película se ve una sala gigantesca con personal de la Agencia de Seguridad Nacional sentado frente a consolas espiando las conversaciones de los ciudadanos estadounidenses.

De hecho, también en la película de 2007, cuando Lisa advierte a sus vecinos sobre el aumento de la contaminación del agua en el lago Springfield y el periódico local la describe como una “niña agresiva” que molesta a la ciudad, podría decirse que el show anticipó también el movimiento impulsado por la activista ambiental sueca Greta Thunberg.

Sin embargo, si bien el programa ha gozado de una popularidad continua, tanto el más acérrimo fanático como el espectador ocasional saben que la edad de oro de Los Simpson ha terminado hace mucho tiempo. Con los años, la creación de Matt Groening perdió impacto y relevancia. Sus historias dejaron de volverse clásicas. De hecho, después de la séptima temporada, sus gags –hasta entonces recitados de memoria por sus fanáticos– se diluyeron.

Quizás con la excepción del Ratón Mickey y el Pato Donald, de Walt Disney, o la franquicia de Star Wars, de George Lucas (que ahora también pertenece a Disney), casi ningún fenómeno mediático ha marcado la cultura global como el de la familia amarilla de Springfield.

Al respecto, críticos como el canadiense Chris Turner, autor de Planet Simpson. How a Cartoon Masterpiece Defined a Generation, establecieron una cronología crítica del programa, una línea de tiempo que consiste en la Era de Formación (1987-1991), la Edad de Oro (1992-1997) y una era que languidece desde 1997 hasta el presente.

Más allá de estos vaivenes, Los Simpson ha funcionado en todos estos años como el epicentro de lo que historiadores de los medios, como Henry Jenkins, llaman la “cultura del remix”: la continua reapropiación y referencia a otros productos de la cultura popular (libros, series, películas, obras de arte) ya sea como mero comentario, guiño o crítica.

En sus tres décadas, el show ha hecho homenaje a películas, como La naranja mecánica, El silencio de los inocentes, Psicosis, Atrapado sin salida, Pesadilla en la calle del infierno, El Padrino, El ciudadano, Los pájaros, Cabo de miedo, Batman, Ben-Hur, Apocalypse Now, 2001: odisea del espacio, Vértigo, El planeta de los Simios, Harry Potter y muchas más, con las que ha dialogado o discutido a la distancia, logrando reforzar un saber cultural transgeneracional compartido.

Por eso y por más, Los Simpson, ahora o cuando alguna vez concluya, será recordada como mucho más que una serie longeva en la que sus personajes nunca envejecen. Nos acordaremos de este programa, más bien, como aquel que logró lo imposible: condensar magistralmente nuestra cultura.

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