Un experimento italiano cultiva verduras a diez metros de profundidad en la Bahía de Noli. La idea podría asegurar comida para el futuro de la humanidad.


En los últimos años, la búsqueda de espacios donde cultivar en un mundo cada vez más poblado (y contaminado) ha sido una meta que ha tenido a científicos, agricultores, desarrolladores urbanos y otros ocupados por igual. Desde huertas en espacios desaprovechados de las ciudades hasta jardines verticales (en rascacielos o techos), las soluciones siempre habían contemplado el ahorro y la utilización de espacio por encima del nivel del mar. Hasta que el equipo Ocean Reef Group comenzó con un osado proyecto: Nemo’s Garden. ¿El futuro de la comida está bajo el agua? Tal vez.

El proyecto: cultivar bajo el nivel del mar

El propósito es explorar la idea de agricultura submarina para testear formas más limpias de cultivar alimentos, pero además para investigar las posibilidades bajo el agua, el impacto en el ecosistema marino y el desarrollo de cada bioesfera.

A diferencia de otras iniciativas, como los sistemas de hidroponía, que suelen ser costosos porque dependen de luces led y maquinaria para enfriar y regular la temperatura, este enfoque novel, la inmersión submarina, permite evitar y ahorrarse todos estos problemas. El proyecto consiste en distintos podso esferas acrílicas sumergidas a poca profundidad (entre ocho y quince metros) en aguas mediterráneas, en la costa noroeste de Noli, Italia. El Jardín de Nemo comenzó en 2012 y ya tiene siete esferas que pueden albergar entre ocho y diez bandejas de plantas, si bien ya están avanzando hacia una tecnología que les permitiría albergar más cultivos para poder comercializarlos.

La versión de hidroponía que emplean utiliza agua limpia por desalinización: mediante un sistema simple, la propia agua de mar es desalinizada y luego gotea hacia el interior de los podspara regar las hierbas y cultivos. Asimismo, la temperatura, iluminación (es sabido que las plantas sólo dependen del espectro rojo de luz para su desarrollo) y niveles de oxígenos y dióxido de carbono son monitoreados para prevenir enfermedades. ¿Qué se cultiva en estas pequeñas granjas submarinas? Repollo, lechuga, frutillas, arvejas, albahaca. Este último cultivo fue elegido por ser uno de los más consumidos en el área y un fiel exponente de la típica dieta mediterránea (es un ingrediente clave del pesto).

Por qué es importante

Conforme la crisis climática aumenta, numerosas industrias han visto cuestionada su morfología y funcionamiento. La agricultura no es la excepción. De hecho, esta actividad representa el 70 por ciento del uso de agua fresca a nivel global. No parece un detalle, sobre todo teniendo en cuenta el achicamiento de los cuerpos de agua, los deshielos y el aumento de sequías. Por otro lado, el suministro y la administración de agua fresca y limpia es fundamental en distintas regiones del mundo donde las fuentes naturales o la lluvia son insuficientes, al punto de que tampoco es plausible el desarrollo de cultivos o una agricultura intensiva. Esto sin mencionar el uso, muchas veces desproporcionado, de las áreas urbanas y la industria en general.

En este contexto de peligro ambiental sumado a creciente escasez de agua, el desafío para la agricultura y, por tanto, la producción de alimentos es claro: cómo producir comida con recursos líquidos limitados. O, en este caso, cómo utilizar recursos como el agua salada de los mares en nuestro favor.

¿Qué se cultiva en estas pequeñas granjas submarinas? Repollo, lechuga, frutillas, arvejas, albahaca. Este último cultivo fue elegido por ser uno de los más consumidos en el área y un fiel exponente de la típica dieta mediterránea (es un ingrediente clave del pesto).

El futuro de los alimentos

A lo largo de estos siete años de proyecto, las conclusiones han sido más que optimistas. Aunque inicialmente se creía que el impacto de las esferas con los semilleros podía traer consecuencias para el ecosistema submarino y el hábitat de muchos peces e invertebrados, los resultados de las encuestas de biodiversidad llevadas a cabo por el equipo de investigación revelan que el Jardín de Nemo está teniendo un impacto positivo. El lugar exhibe niveles mayores de biodiversidad que otras zonas, funcionando como un arrecife artificial que ofrece refugio y alimento a una variedad de especies (la biodiversidad de invertebrados fue siete veces más grande, y la de peces, 58 veces más grande que en otros lugares). Por otro lado, este tipo de estructuras reducen las posibilidades de pestes, esporas voladoras y otros males que aquejan a los cultivos tradicionales. Todo parece indicar que con el financiamiento adecuado, este podría ser un nuevo recurso para las economías costeras locales y, quién sabe, quizás el día de mañana estemos comiendo una ensalada que comenzó su vida útil nada más y nada menos que bajo el mar.

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