Netflix va por todo y esta vez apuesta a lo seguro: Robert De Niro, Al Pacino, Joe Pesci. Gánsteres, mafia, crímenes… una película de Martin Scorsese.


El 25 de febrero de 2007 quedará en la memoria como un día que supo honrar a la justicia cinematográfica. El teatro Kodak de Los Ángeles fue testigo de un momento histórico: Francis Ford Coppola, George Lucas y Steven Spielberg le entregaron el Oscar al Mejor Director a su amigo Martin Scorsese por su labor en The Departed, remake del thriller hongkonés Infernal Affairs, en la que el realizador se dio el lujo de contar con un elenco de figuras que incluía a Matt Damon, Mark Wahlberg, Martin Sheen, Jack Nicholson, Alec Baldwin y Leonardo DiCaprio, entre otros.

Extrañamente, ese Oscar es el único con el que cuenta Scorsese por el momento, dentro de sus doce nominaciones entre sus funciones como director, productor y guionista.

La llegada de The Irishman viene precedida de las credenciales necesarias para volver a poner a Scorsese en competencia por la estatuilla más codiciada. Así como Clint Eastwood colocara su testimonio definitivo sobre el western con Unforgiven, Scorsese elabora en The Irishman un epílogo en su exploración sobre la vida criminal en los Estados Unidos, que arranca en 1973 con Mean Streets, cuando abandona la tutela de Roger Corman y decide seguir los buenos consejos de su mentor y amigo John Cassavetes.

Hombre que desde la infancia supo conocer a los mafiosos que transitaban por su vecindario en Little Italy, su obsesión por el mundo del crimen organizado se prolonga en títulos antológicos como Raging Bull, Casino y Goodfellas, con apéndices como la ya mencionada The Departed y también con equivalentes como The Wolf of Wall Street y Gangs of New York y el análisis del mal en la magnífica Cape Fear.

Mientras que en Goodfellas el narrador era un traidor, un judas sin posibilidad de redención, en The Irishman el protagonista es un hombre en el final de sus días que rememora su pasado de crímenes con dosis de arrepentimiento y culpa, con la mirada de carácter religioso que suele exhibir Scorsese, cuyas convicciones al respecto se pueden indagar en Silence o en la controversial The Last Temptation of the Christ. Scorsese transforma a The Irishman en su propia versión de Cuando huye el día, de Ingmar Bergman, pero con asesinatos, desapariciones y revólveres.

Al haber aceptado el rol protagónico del asesino Frank Sheeran, Robert De Niro vuelve a trabajar con Martin Scorsese por novena vez, después de un paréntesis de casi un cuarto de siglo luego de su participación en Casino. Para De Niro significa redondear una temporada extraordinaria, que lo tiene como destacado opositor mediático de Donald Trump y en la que ha obtenido el mayor éxito de su carrera como el conductor televisivo que se convierte en la obsesión psicópata del Joker a cargo de Joaquin Phoenix.

Scorsese es un gran conocedor, un apasionado y un preservador del cine clásico. Para The Irishman no buscaba una visión romántica del mundo criminal. La idea era profundizar en el corazón de las tinieblas del poder, hacer un retrato de la codicia, la corrupción política, la ambición y la violencia en territorio estadounidense. Sus influencias pasaron por el film noir, con las películas de Jean-Pierre Melville como inspiración principal, los filmes de gánsteres con Jean Gabin y clásicos como Rififi. De la literatura, Viaje al fin de la noche brindó gran parte del clima narrativo. Y junto con la novela de Louis-Ferdinand Céline, naturalmente, el guión de Steven Zaillian recurrió al libro I Heard You Paint Houses, de Charles Brandt, sobre sus conversaciones con Frank Sheeran, en el que el criminal se hace cargo de ser el responsable material del asesinato del líder sindical Jimmy Hoffa, desaparecido en 1975.

Sheeran es lo que denominaríamos un narrador poco confiable. Según él, estuvo presente en todos los momentos decisivos de la vida delictiva estadounidense desde la Segunda Guerra Mundial en adelante. Como un Forrest Gump con licencia para matar.

Mientras que en Goodfellas el narrador era un judas sin posibilidad de redención, en The Irishman el protagonista es un hombre en el final de sus días que rememora su pasado de crímenes con dosis de arrepentimiento y culpa, con la mirada de carácter religioso que suele exhibir Scorsese.

Justamente, en el rol de Hoffa se destaca un Al Pacino descomunal, en un año inolvidable que le permitió trabajar con Scorsese y Tarantino y a quien pronto veremos también en Hunters, como un cazador de nazis para la serie de Amazon producida por Jordan Peele.

El Cristo de Scorsese se debatía entre dos opciones. Por un lado, predicar sus enseñanzas y cumplir con el destino asignado; por otro, entregarse a una vida de placeres sexuales y familiares como un hombre común.

Al irlandés que encarna Robert De Niro también se le presenta una dicotomía: debe elegir entre dos lealtades. El mencionado Jimmy Hoffa o el jefe mafioso de Pensilvania, Russell Bufalino, interpretado por Joe Pesci, al que Scorsese logró sacar del retiro. Para Pesci es su cuarta vez con Scorsese y su séptima colaboración con De Niro.

Al tener que elegir, Frank Sheeran recurre al método que mejor conoce, lo que provoca la verdadera tragedia que se convierte en el núcleo fundamental, el centro climático, el corazón del relato de The Irishman.

The Irishman ya puede verse en Netflix, que invirtió casi doscientos millones de dólares en una película que dura tres horas y media y transcurre a lo largo de varias décadas, con un complejo proceso de rejuvenecimiento digital para sus protagonistas. Aunque ahora muchos se quejen de que lamentablemente su exhibición cinematográfica ha sido más bien escasa, cabe recordar que en su momento ninguno de los grandes estudios estuvo dispuesto a bancar este proyecto.

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