A poco tiempo de su llegada a la Argentina, el artista colombiano de los números imposibles continúa por la senda de la conquista del mundo de la música a velocidad crucero. El sueño del chico de Medellín, aquel que escuchaba a Kurt Cobain, ganó premios Grammy, grabó con Pharrell Williams, pero nunca olvidó sus raíces.


A punto de morir, José Álvaro Osorio Balvín pensó en los hijos que no iba a tener, en la música que no iba a grabar, en las ciudades que no iba a conocer. Pero también pensó que, si su vida efectivamente terminaba en ese instante, debía estar agradecido. Había conseguido mucho más de lo esperado. La película de su vida se proyectó el 26 de agosto de 2016, durante el despegue fallido de una avioneta privada en las Bahamas. El piloto tenía, en principio, dos opciones: ganar altura sabiendo que caerían o seguir fuera de pista, con el riesgo de chocar contra una montaña. “Nos metimos en la selva a 300 kilómetros por hora y, gracias a Dios, ningún rasguño”, relataría el artista conocido como J Balvin, que no bien salió de la máquina grabó un video con las imágenes del destrozo para su legión global de fans. “Acá seguimos hasta que Dios quiera”, anunció con la cara hinchada por las lágrimas y una paz inverosímil. Dios –o la industria– quiso que siguiera. Y lo que siguió fueron más discos de platino, primeros puestos en todas las listas, premios consagratorios, lineupsen Lollapalooza y millones y millones de dólares. Balvin sabe qué quiere escuchar este mundo, y entonces se lo da.

Nacido el 7 de mayo de 1985 en una familia de clase media de Medellín, creció como un fanático de Kurt Cobain, a quien lleva tatuado en la pierna. Nirvana y Metallica eran las razones por las que había empezado a hacer canciones, pero enseguida entendió que, con el rock en decadencia, su arte debía mirar hacia otro lado. Aunque no dejaría de hacer el cover de “Smells Like Teen Spirit”, el muchacho de expresión entradora, mirada de suficiencia y pelo al ras teñido con el arcoíris construiría una carrera con recitaciones relajadas sobre cadencias irresistibles: confesiones picantes que oscilaban entre la exaltación de una fiesta permanente, la autoestima hedonista y el orgullo herido de un varón sensible.

La escalada fue explosiva. A los 25 editó Real, su disco debut. Cuando el tema “Ella me cautivó” desembarcó en los rankings estadounidenses con un flow algo tosco pero con ritmo y autenticidad, la comunidad latina le abrió las puertas desde el centro geográfico del imperio. Con El negocio, el siguiente álbum, tuvo la primera gira europea. La familia escaló en el chart de los Latin Albums de la revista Billboard y le valió el oro en varios países, entre ellos la Argentina. “Ay vamos”, que describe las idas y venidas de una pareja fogosa y discutidora, fue la mejor canción urbana en los Grammy Latinos de 2015. Energía y Vibras fueron los mejores álbumes de música urbana en 2016 y 2018, año que Balvin terminó como el artista latino más escuchado en Spotify, que además lo situó cuarto en el mundo. “Esto es más grande que J Balvin. Es un movimiento y es en español”, celebró al enterarse. “Estamos demostrando que los latinos tenemos el poder de conectarnos con audiencias a nivel mundial sin tener que dejar atrás nuestra identidad.”

El mensaje optimista venía con un subtexto para los colegas: a veces no hace falta caer en la tentación del crossoverpara generar atajos y ganar mercados. “A cualquier persona que no entienda el idioma le van a llegar las melodías y la cadencia”, insistió en una entrevista con Rolling Stone. “Se puede globalizar un disco en español. Sólo es cuestión de tiempo, disciplina y buena música.” Todas sus colaboraciones, feats y remixes –con artistas tan poderosos como Beyoncé, Justin Bieber, Ariana Grande, Maluma y Rosalía– funcionan como claves para entender la deriva reggaetonera. Se trata de reconocer la herencia y honrar a los padres fundadores sin perder la identidad y con el foco permanente en la generación de algo nuevo. J Balvin no sólo busca trascender fronteras y acumular platinos; cambia y se deja cambiar, pero siempre en su idioma. Hasta se dio el gusto de que uno de sus mayores referentes, el archiexitoso productor Pharrell Williams, cantara unas líneas en español en la sinuosa canción “Safari”.

Aunque la catarata de cifras que confirman el éxito de su estrategia es abrumadora, vale la pena un repaso veloz: 22 millones de suscriptores en YouTube, 32 millones de seguidores en Instagram, 19 millones en Facebook. Como un virus tropical indomable, las canciones de J Balvin conquistaron el mundo. En febrero de 2017 entró en el Guinness por la mayor duración en el primer lugar de las listas de las Hot Latin Songs para un artista individual. “Ginza”, el éxito que lo consagró como referente de la segunda generación de reggaetoneros globales, había permanecido ahí 22 semanas. “Espero que sea el primero de muchos”, dijo sin falsa modestia. Sabía que los hitos seguirían llegando. El 21 de agosto de este año, por ejemplo, llevaba seis semanas seguidas como el artista más visto en la plataforma de videos de Google.

Dos meses antes había causado una reacción sísmica al lanzar, sin previo aviso, un disco junto al portorriqueño Bad Bunny, embajador del trap latino. Oasis es la banda sonora de un verano permanente; ocho temas que, a pesar de los esfuerzos disruptivos de la dupla, resultan imposibles de concebir fuera de una piscina con gente bailando. Más allá de la simpleza superficial, el disco dejó matices inesperados. La dupla, obsesionada con difundir su mensaje de unión, “amplía el alcance de la música latina, sin dejar de desafiar sus reglas”, elogió la versión en español de The New York Times. No sólo había trap y reggaetón; también se colaron baladas, ritmos de afrobeat y una relectura inesperada de “Lamento boliviano” junto al mismísimo Horacio “Marciano” Cantero, de Los Enanitos Verdes. Balvin y Bunny, amigos estelares, seguían profundizando un camino que oscila entre el conformismo y la ruptura, en “letras con referencias geográficas específicas y alusiones culturales, sin mostrar concesiones por las audiencias blancas estadounidenses a las que, sin embargo, les gusta su música”, reconoció el diario neoyorquino.

J Balvin decidió llevar esa mezcla de sobreadaptación e inconformismo a un terreno inexplorado: quiere convertirse en referente estilístico más allá de la música. El año pasado debutó como diseñador en la Semana de la Moda colombiana, donde presentó una colaboración con GEF, una firma enfocada en la “ropa casual para personas reales”. Sus colecciones de colores primarios vienen con emojis, dinosaurios y palmeras sobre hoodies, remeras, gorras y riñoneras. En un cambio de pantalla impactante, este año se asoció con Guess para crear desde Los Ángeles una línea de camisas hawaianas, anteojos y relojes en clave de vibra latina noventosa. Algo de ese influjo llegará al barrio porteño de Villa Crespo el 14 de diciembre, cuando Balvin cierre el Arcoíris Tour por más de 23 ciudades en el flamante Buenos Aires Arena. Todo parece indicar que el colombiano, acostumbrado a colgar el cartelito de “sold out”por estas pampas, confirmará una popularidad a prueba de crisis. En 2017 y 2018, sus dos presentaciones en el Luna Park dejaron escenas potentes: el furor por el mega-hit “Mi gente” (que llegó a la cima del ranking global de Spotify); los feats rápidos y furiosos con la carioca Anitta y el porteño Duki; la capacidad de poner a bailar al estadio en apenas 30 segundos. Apenas fotogramas en la película de un artista decidido a conquistar el mundo a velocidad crucero.

Aunque la catarata de cifras que confirman el éxito de su estrategia es abrumadora, vale la pena un repaso veloz: 22 millones de suscriptores en YouTube, 32 millones de seguidores en Instagram, 19 millones en Facebook.

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