En esta entrevista no vamos a hablar del café ni describir el bar donde nos encontramos, simplemente porque pasamos de los lugares comunes. Y Mónica Antonópulos es una actriz que jaquea a la obviedad. Bienvenidos a bordo.

–Te tomaste un tiempo fuera del foco público después de la llegada de tu segundo hijo. Elegiste volver desde el teatro independiente con Late el corazón de un perro, una apuesta nada convencional. ¿Por qué?

–La obra me caló hondo cuando la leí. Estaba en pleno puerperio, que es un momento en el que estás sensible, con las emociones expuestas y te dejás atravesar. Con Andrea Ronco, que es la productora y también una gran amiga, nos sentábamos todos los miércoles a fantasear, hablábamos de películas, de teatro, era un recreíto dentro del mundo leche, del universo amamantar (se ríe). Entre tantas cosas, un día le dije: “Tengo ganas de hacer teatro”, pero no me sentía convocada por ningún proyecto que me llegaba. Andrea fue el nexo con Franco Verdoia, que justo terminaba de escribir Late… ¡La estaba imprimiendo! Una sincronicidad increíble. La leí y me sumergió, le encontré millones de capas, era como un sueño. Encima, en ese momento de maternidad desbordada leía y la iba sintiendo, me reía y también lloraba. La devoré. Si hay algo del material que no me convoca no tengo culpa, lo cierro y adiós. Pero este me volvió loca, tanto la dramaturgia como los diálogos, lo que se dice y lo que no se dice. El equipo que se armó con Franco, Silvina Sabater y Diego Gentile… además me pareció un texto superfemenino.

“Tenemos muy metido eso de ser elegidas y poner el poder en las manos de un hombre. Tengo la sensación de que está cambiando cómo nos relacionamos con el tema, ya no queremos ser madres, esposas, supermujeres impuestas. Yo creo que lo femenino como cualidad tiene que ver con la transformación.”

–La obra, inevitablemente, te interpela como madre y como hija. Una madre que acumula para sobrevivir y una hija que vuela para salvarse. ¿Qué te pasó con eso?

–Imposible no pensar la manera en la que se habla de los vínculos. Porque vuelve la hija que se escapó en un avión, pero sin embargo, cuando retorna, el vínculo es el mismo. Y para lo vincular hacen falta dos, compartiendo una misma coreografía, un mismo patrón de conducta. ¡Qué loco, porque hay encuentros que son desencuentros! Empecé a pensar en mi madre, en mí como hija… ¿Hay relaciones que no sean de encuentro y desencuentro a la vez?

–Maternar fue durante mucho tiempo una impostación de la felicidad. La dificultad del vínculo madre-hijo parece el pecado del que no se habla.

–Claro, la foto de la felicidad. Y siempre todo el peso recargado sobre la mujer. Nos falta muchísimo, recién empezamos a hablar del tema y a ponernos en jaque, estamos reconfigurando lo viejo. Me cuestiono qué pasa también cuando una hija tiene que hacerse cargo de la madre. Todavía no tuve que pasar por eso pero estoy cerca de los 40, soy hija única y me planteo cómo es hacerse cargo de una madre. La obra movió muchas cosas. Creo que hay que abordar la sororidad primero con una misma y entender a todo un linaje de mujeres que hicieron lo no correcto. Las que dijeron que no, las que se equivocaron, las que se quedaron en sus casas “a pesar de”. Hay que hacer un trabajo interno y ser honesta con una para no repetir siempre la misma película.

–Hablando de repeticiones, vos te llamás Mónica Ariadna, igual que tu tía.

–¡Sí!

–¡Haceles juicio!

–Les hago, ¿no?

–¿Sigo con que tu mamá es peluquera y vos siempre te has hecho de todo en el pelo o lo dejamos acá ?

–Es así (se ríe), y mamá también pasó por todos los estadios capilares. Yo tanto cambiar el pelo y ahora que estoy más grande no me hago nada, ni color. Es más, estoy esperando tranquila que aparezcan las primeras canas. Viste que con la madre uno va pasando distintas etapas; en algún momento te da pánico repetir algunas cosas de tu mamá. Una vez un amigo me mandó “Parecés la Lucy” (mi madre), ¡y casi lo mato! Después una se da cuenta de que hay que aprender a agradecerle a esa mujer. Estos tiempos han traído una especie de homenaje a las mujeres que nos criaron, muchos diálogos se han dado en esta coyuntura. Madres que han tenido abortos y que lo han podido hablar con sus hijas. Hay que ponerlo en palabras. Lo que no se dice se pudre y se hereda. En la obra hay algo de eso, se requiere valor para admitir, como pasa en Late…, que una mujer no quiso ser madre pero igual lo fue.

–Justamente, en la obra, tu papel es el de una azafata que ha recorrido el mundo, como quería su mamá. El mundo de la madre.

–Te cuento algo: la otra vez me dieron la posibilidad de escribir una columna sobre la obra con una mirada feminista y se la dediqué a mi mamá. Me dejó ocho mensajes llorando. Mi madre quería ser modelo, ¿sabés? Ella y mi tía eran dos bellezas, dos rubias impresionantes. No pudo ser la modelo que soñaba y mi padre tampoco colaboró, era una familia patriarcal. Una vez él le encontró la foto de un desfile que había hecho y armó un quilombo terrible. Ahora se la pedí, no pudo hallar esa pero rescató otra foto en la pasarela. Así que dije: “Hagamos justicia con esa mujer que quiso y no pudo, aun teniendo el potencial”. Lo que soy hoy es en gran parte por mi mamá.

–Tradicionalmente, las mujeres poderosas ocuparon el lugar de villanas. Pienso en la Lady Macbeth que hiciste hace unos años. Hablando de posibilidades, ¿cómo es para una mujer abordar lugares de poder?

–Lady Macbeth es un personaje muy masculinizado en sus actos; su poder es para la guerra, para la aniquilación. Por ejemplo, Greta, mi personaje en El elegido, era una mujer poderosa pero que usaba armas y métodos femeninos, con otra sensibilidad y estrategia de pensamiento. Hay una circulación del poder de la que se habla poco, y es la competencia con el hombre. Me han pasado más situaciones de competencia, de celos y ego con hombres que con mujeres, aun teniendo ellos circunstancias más ventajosas. Tenemos muy metido eso de ser elegidas y poner el poder en las manos de un hombre. Tengo la sensación de que está cambiando cómo nos relacionamos con el tema, ya no queremos ser madres, esposas, supermujeres impuestas. Yo creo que lo femenino como cualidad tiene que ver con la transformación.

–Y en esa transformación también entra el sexo. ¿Qué pasa hoy con el goce femenino? Porque para muchos sigue siendo un agujero negro. Nos objetivan en el lugar de la fantasía masculina: las hermanitas, el trío…

–(Se ríe) Por suerte hay una generación de chicas más jóvenes que saben dónde queda el clítoris. Siento que el acercamiento que esa generación tiene con la sexualidad y con la exploración es diferente. Me encuentro con varones mucho más en contacto con lo femenino y que experimentan sin miedo. Hoy a un pibe le preguntás si es hétero y te contesta “¿qué?”. Las etiquetas para ellos son viejas. No está eso de “¿cómo fueron las escenas con Pampita en Desearás…? ¿Se tocaron?”. Nos estamos permitiendo cuestionarnos, y los varones, sobre todo, tienen que hacer un laburo personal. La pornografía, por ejemplo, ese lugar de la genitalidad pura donde nos hemos puesto y desde donde nos han contado. Una se pregunta: “Pará, ¿yo cojo así?”. ¿Y sabés qué? No.

–Ya que entramos en este tema, vayamos por un lado más festivo y retomemos lo de las mujeres que se permiten hacer lo incorrecto. Tirame una anécdota: fiesta, bardo… “Nicole, caballos”, diría Roberto Giordano. Esto no va como título ni destacado, sincerate.

–La noche de los Martín Fierro, cuando me puse en pedo, quedó como la gran anécdota entre amigos. Perdí, Marco (N. de la R.: Su pareja, Marco Antonio Caponi) tenía el celular enfocándome y se me notó la cara de culo. Terminé borracha haciendo notas y me pareció espectacular, liberador. Culminé la noche haciéndole “fuck you” al presidente de Aptra. Subía en el ascensor, y yo, “fuck you” desde abajo. Y Marco: “¡No, no, Monna, no!”. Uno de esos pequeños regalos que te das entre tanto caretaje.

–Date un gusto, entonces. Si mañana te dicen, hacé lo que quieras, ¿qué sería?

–Quiero dirigir una película, armar un equipo, hacer el guion. También me gustaría trabajar con Lucrecia Martel.

–A ese guion no vas a poder meterle mano.

–No, ¡al de Martel ni loca le meto mano!

–Bueno, armame el casting de tu película. –Me llevo a todas las actrices de Big Little Lies y me meto entre las chicas, ¡la sexta de Monterey!

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