Cada vez son más las organizaciones sociales involucradas en el rescate de alimentos que salieron del circuito comercial pero están perfectamente aptos para ser consumidos.


Respetar o no respetar el alimento. Esa es la cuestión que se plantea en la sociedad argentina cuando los índices de pobreza hablan y el hambre sigue creciendo. Son muchas las organizaciones y campañas que luchan contra el desperdicio alimentario e intentan capacitar tanto a empresas como a personas en el rescate de todo aquello que es desechado. “La comida no se tira. Comé lo que hay.” El viejo precepto de las abuelas hoy debe ser escuchado y reinventado positivamente, en pos de la transformación y la valoración de ese combustible que nos mantiene vivos.

“En nuestro país se desperdician 38 kilos de comida por habitante cada año, y esto se traduce en la esfera social y económica”, afirma Marisa Giráldez, directora de Banco de Alimentos, una organización que desde 2000 contribuye a la reducción del desperdicio de los alimentos y el hambre. Ellos reciben donaciones diarias por parte de empresas, productores agropecuarios y supermercados, de productos que salieron del circuito comercial pero están perfectamente aptos para ser consumidos. Así, los distribuyen entre organizaciones sociales y logran colaborar con la alimentación de más de 140 mil personas por día. “Lo único que sobra es sabor” es el lema de la campaña que desarrolló Hellmann’s para resignificar el valor de los alimentos, a través de la compra y el consumo inteligente, además de generar un “Re menú” en algunos restaurantes, que reutilizarán y transformarán ingredientes en nuevos platos. Lo recaudado por esta acción será donado al Banco.

Raquel y Mariana Tejerina son las hermanas detrás de Catalino, un restaurante cien por ciento agroecológico que lleva la sustentabilidad como estandarte. Ellas no trabajan con ningún alimento que tenga agroquímicos, y su carta cambia estacionalmente. Además, aprovechan al máximo los productos: en Catalino, tanto tallos como cáscaras y hojas de verduras se reutilizan con creatividad para producir otros platos, además de escabeches, fermentos y disecados. También hacen compost y tienen una huerta propia. “Cuando tenés una valoración por el alimento, lo usás íntegramente. Acá todo vuelve a ser comida”, afirma Raquel.

Plato Lleno es otra organización sin fines de lucro que llena los platos de quienes más lo necesitan a través del rescate de alimentos aptos para el consumo humano que hayan salido de la cadena de producción y comercialización. “Todo empezó en 2013, con el catering de un conocido. Nos enteramos de que tiraba comida y fuimos a rescatarla para llevarla a un comedor”, cuenta Rafael Barrio, coordinador general, quien sostiene que el alimento tiene un plusvalor, un trabajo extra, un proceso de elaboración natural y humana, por eso su desperdicio es una falta de respeto a la naturaleza y al hombre.

“Un tercio de los alimentos producidos se desperdicia. Si eso se aprovechara, un tercio más de personas estarían en condiciones de alimentarse, y el alimento sería un tercio más barato por exceso de demanda”, afirma Diego Nunes, coordinador de Relaciones Institucionales de Plato Lleno. Según explica, los mayores desperdicios están en el sector agrícola y en cadenas de comidas rápidas, patios de comidas, restaurantes y hoteles de tenedor libre que no cuentan con programas de aprovechamiento ni medidas para cuidar la sobreproducción.

“En nuestro país estamos superalejados de tener un manejo eficiente de los alimentos”, sostiene Constanza Moltedo, veterinaria y asesora en alimentos de la Dirección Nacional de Economía Popular del Ministerio de Desarrollo Social de la Nación, y afirma que en la Argentina se descartan 140 mil toneladas de pescado por año en el “by catch”, es decir, la pesca por accidente de especies que no están reconocidas o valoradas económicamente como alimentos y se devuelven muertas al mar. “Eso es proteína de alto valor biológico”, dice. También hay frutas y verduras aptas para el consumo humano que brotan naturalmente en diferentes ciudades, pueblos y campos y no se cosechan porque su valor económico no es rentable. A partir de la preocupación por estos alimentos que nadie ve ni consume, descubrieron que en un parque nacional en Laguna Blanca, Neuquén, existe una especie de peces llamados percas, que son pescados por los guardaparques para mantener la fauna del lugar, y luego enterrados. Junto a Parques Nacionales y Senasa, Moltedo logró una nueva resolución en los parques para que estos pescados puedan ser donados y entren en el circuito habilitado de consumo. “Para que un alimento sea alimento tiene que ser reconocido como tal. Muchos de ellos se pierden porque no se los reconoce, no se sabe cómo consumirlos, no tienen valor económico ni de identidad. Hay que darles ese valor, visibilizar lo que existe en cada región y ver la forma de utilizarlo. Tenemos que respetar más al alimento”, concluye.