El amor, la familia, la fama, el mundo, y el país. El actor vuelve con una película ambientada en el corralito de 2001, que produjo y protagonizó junto a su hijo, el Chino. Antes del estreno, habló en profundidad sobre estos cinco temas que nos atraviesan.


“Cuando un grupo de vecinos descubre que perdieron todos los ahorros que tenían debido a una estafa realizada por un abogado y el gerente de un banco, se organizan y arman un plan para recuperar lo que les pertenece.”

La sinopsis de La odisea de los giles, que se estrena el 15 de agosto, resume la herida que marcó el corralito en todos los argentinos. ¿Quién mejor que Ricardo Darín para representar esto que nos pasó? El actor y su hijo, el Chino, pensaron esta película hace tres años, cuando compraron los derechos de la novela La noche de la Usina, de Eduardo Sacheri. Hoy, a pocos días de que la cinta llegue a las salas, Ricardo sigue editando algunos detalles finales y llora cada vez que repasa las escenas. “La película trabaja unas líneas emocionales que son más profundas de lo que parecen. Hay muchas frustraciones reflejadas ahí, entonces funciona como una mínima redención grupal”, me explica cuando le digo que no paré de llorar, que me sentí más argentino que nunca viendo esa peli, que todavía no me recupero.

–La película revive el temor del corralito, ¿creés que puede volver a pasarnos algo así?

–El susto es ese, obviamente, pero yo no creo que estén dadas las condiciones de la misma forma que en 2001. Es otro contexto, es otra coyuntura, hay muchísima más movilización política, en general para bien. A lo mejor yo soy naíf y sigo pensando que en algún momento vamos a aprender y vamos a tomar nota para avanzar al siguiente casillero. Pero siempre volvemos, es como el juego de la oca. La Argentina viene atravesando cíclicamente etapas de crisis desde hace mucho tiempo. Cada diez o quince años se producen shocks sociales muy fuertes, y lo raro es que parece que no termináramos de aprender, es rarísimo.

–¿La crisis actual no revive esos fantasmas?

–A mí no me pasa eso. Cada uno vive las crisis a su manera, desde el ángulo donde las puede localizar. Yo viví varias en los últimos 15 o 20 años. Crisis de credibilidad, crisis de estupor, todo tipo de crisis. Lo que pasa es que la crisis económica es la que nos moja a todos, la que se convierte en una crisis social, sociopolítica. En el terreno político se dice que la gente vota con el bolsillo, pero yo no sé si es así. Por supuesto que influye, pero a mí me parece que hay muchos otros aspectos a tener en cuenta, y por eso creo que no es la misma coyuntura que en 2001.

–¿Qué recordás de esa crisis en particular?

–Fue un sablazo para todo el país. Algunos tuvieron más suerte que otros, algunos pudieron rescatar algo de los bancos, algunos pudieron pelear. Como mi vieja, que tuvo que pelear con el banco porque le había quedado una plata que logró juntar durante toda su vida y no sé cómo hizo pero consiguió una reparación. Pero tengo casos de amigos que perdieron todo; mi representante, por ejemplo, se quedó sin nada.

–¿Fuimos todos giles?

–Nosotros utilizamos la palabra “gil” de forma más irónica. La odisea de los giles, que bien podría ser entendida como “la rebelión de los giles”, llega a varias puntas. Primero, que no somos tan giles: recordamos, sabemos. Por otro lado, sí somos giles, porque confiamos.

–Es un “gil” irónico, porque confiar no debería ser una actitud de gil.

–Exacto. El título es irónico. Muchos me han preguntado por qué no se llama La noche de la Usina, como el libro original, pero no es la novela, está basada en la novela, y por una cuestión de respeto no podés llamar de la misma forma a una película que no es exactamente igual a la novela. Entonces nos gustó mucho esta ironía que tiene un toque de gracia, de lunfardo, y que nos compete a todos, porque un poco todos somos giles. Los que creemos, los que confiamos, los que nos levantamos todos los días a trabajar y hacemos las cosas como hay que hacerlas. Los hijos de puta se manejan de otra manera, la tienen más clara.

–¿Te pusiste a pensar por qué nos pasan estas cosas?

–Hay que tener en cuenta que no somos los únicos que han pasado una cosa así. Hay lugares en el mundo donde también se van a sentir identificados. En España no hubo un corralito, pero pasó la gran crisis de las hipotecas, donde hubo gente que se suicidó por perder su casa o quedar atrapada en el sistema de hipotecas. Esto para nosotros pasó inadvertido porque estamos siempre mirando nuestro propio ombligo, siempre creemos que somos los únicos golpeados en el mundo, y en realidad el mundo está viviendo una era muy difícil, porque este sistema perversamente capitalista está apretando siempre por el mismo lugar: la concentración de la riqueza, el descomunal desbalanceo que hay entre las clases pudientes y las no pudientes, la gente sumergida… Todo eso está ocurriendo en el mundo al galope.

–Y lo vemos todo el día por el celular.

–Instagram es una síntesis de todo eso, pero si ves el mercado publicitario funciona de esa manera: si no tenés el último celular sos un imbécil que se quedó en el tiempo. Lo que fomentan las redes es la necesidad de pertenencia a grupos, entonces en la medida en que los chicos sienten que no tienen los mismos elementos que tienen los integrantes del grupo al que quieren pertenecer, se sienten expulsados. Y eso es gravísimo.

–¿Qué es lo que más te preocupa de esto?

–La gente que está por debajo de la línea de pobreza. Algo se trastocó en la Argentina desde hace ya muchas décadas. Antes, ser de clase baja no significaba ser indigente; ser humilde era ser trabajador, tener la misión de mandar a tus chicos al colegio para que sean profesionales el día de mañana, buscar una especie de recuperación social ascendente, el ahorro, una serie de cosas que estaban establecidas y nos convirtieron en un país de punta. Eso empezó a trastocarse.

–¿Qué descubriste trabajando con el Chino?

–Descubrir no, lo que hice fue reforzar, reafirmar algunas cosas que ya había visto en él. Primero, que tiene una capacidad de trabajo increíble, tiene una claridad enorme para muchas cosas, es muy cerebral, muy analítico y muy maduro para la edad que tiene. En muchos casos, parece más mi padre que mi hijo. Y tiene muy buen gusto para la selección, sabe dónde entrar y dónde no. Y, como actor, me encanta la manera en que va creciendo.

–¿Eso se lo enseñaste o aprendió solo?

–No, yo no le enseñé nada. Pero a veces al crecer con alguien vas aprendiendo cómo se maneja el otro, y en ese sentido sí, él se crió conmigo y con la madre, aprendió viéndonos a nosotros.

–¿Cómo se manejan los egos cuando alguien se destaca en tu núcleo familiar?

–De la misma manera en que nos manejamos siempre con el “fenómeno” de Ricardo Darín dentro de la casa, al que siempre le hemos faltado el respeto para poder sobrevivir. Ahora yo agradezco que haya aparecido el fenómeno del Chino para que tengamos uno más de quien burlarnos, cosa que distribuye un poco más el juego. Hablando en serio, lo llevamos muy bien porque tenemos la maravillosa suerte y privilegio de contar con Flor y con Clara, que son dos mujeres muy divertidas, muy inteligentes. Nos amamos mucho entre todos, entonces cada cosa buena que le ocurre al otro la disfrutamos todos y la festejamos en grupo, de la misma forma que el trabajo de mi hija, que no para de avanzar. Imaginate que en un grupo familiar como el nuestro, donde los chicos nacieron siendo conocidos, lo que menos les puede mover la aguja es ser conocidos, no va por ahí la cosa. Al contrario, se genera algún tipo de fobia con la situación.

–Decías que ansiás el anonimato, vos que nunca lo tuviste.

–Perder el anonimato es algo muy pesado. El anonimato es de las cosas más importantes que tiene el ser humano, lo que pasa es que nadie lo puede saber hasta que no lo pierde, como un montón de otras cosas, que las valoramos cuando las perdemos. Creemos que la meca es ser conocido, pero no es así. Tu objetivo tiene que ser hacer tu trabajo, que sea reconocido y puedas ser feliz haciendo lo que a vos te gusta y llevando tu vida familiar y personal. Pero ser famoso en sí mismo no puede ser un valor, porque es algo totalmente vacío, un valor que no dice nada. Sin embargo, vos hoy les preguntas a muchos chicos qué quieren ser y te dicen “famoso”. Ser famoso es una mierda. ¿Viste los famosos que trabajan de famosos?

–¿Cómo llevás la edad? ¿Te da miedo el paso del tiempo?

–Miedo no, me produce angustia. A todos nos pasa, salvo a algunos espíritus superiores que están conectados con algún tipo de creencia que les otorga ese bálsamo de suponer que todo continuará. Los envidio, la verdad.

–Mientras tanto, te mantenés entretenido.

–Yo estoy más que entretenido: estoy ocupado. Muy ocupado, muy aquí y ahora, yendo poco al pasado y poco al futuro. Me gusta vivir lo que me toca vivir porque nadie tiene asegurado nada. Todos los días asistimos a hechos horribles, trágicos, de gente joven que desaparece sin razón. Yo creo que hay que agradecer todos los días la vida que tenemos, los amores que tenemos. Ser aceptado, querido, abrazado, cuidado, mimado, son cosas muy importantes en esta vida. Porque mucha gente no lo tiene. Muchos adultos que hoy parecen bestias, si los investigás un poco, descubrís que no fueron queridos, no fueron respetados. Hay muchos niños que están viviendo una vida que no es amorosa, y eso nos va a costar mucho recuperar. Eso es tremendo, es una herida que no sólo va a costar mucho cicatrizar, sino que recién está sangrando.

“Un poco todos somos giles. Los que creemos, los que confiamos, los que nos levantamos todos los días a trabajar y hacemos las cosas como hay que hacerlas. Los hijos de puta se manejan de otra manera, la tienen más clara.”


Fotos: Gabriel Machado
Styling: Gimena Bugallo y Camila Mariani
Make up: Juicy Make Up

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