A los 13 años, la inocencia juvenil la llevó a subir una canción a las redes, que sin querer se hizo viral y se convirtió en un éxito instantáneo. Hoy, con 17, acaba de editar su primer álbum y pateó el tablero del pop actual. Qué tiene esta adolescente que está batiendo récords y que se ganó el respeto de artistas de la talla de Elton John.


La era del streaming democratizó como nunca la posibilidad de grabar y difundir música. Hoy cualquiera puede registrar sus canciones en su cuarto y subirlas a internet para que las escuchen en todo el mundo. En los últimos años aparecieron cantantes que ganaron popularidad en la web, pero Billie Eilish, con tan sólo 17 años, se convirtió en la primera megaestrella del ciberespacio.

Hija de los actores Maggie Baird y Patrick O’Connell, Billy Eilish empezó a cantar a muy temprana edad. A los 11 compuso sus primeras canciones con la ayuda de su hermano, el actor y músico Finneas O’Connell, que tuvo un papel en la última temporada de la serie Glee.

En 2015 grabó “Ocean Eyes” y la subió a la plataforma de música SoundCloud para que la escuchara su profesor de danza con la idea de armar una coreografía. Como la canción estaba disponible para todo el mundo, se fue viralizando de a poco hasta convertirse en un fenómeno que hoy supera las mil millones de reproducciones. Billie tenía sólo 13 años.

Lejos del estilo de las principales referentes del pop actual, como Katy Perry y Taylor Swift, la música de Billie Eilish es introspectiva y oscura, más cerca de artistas como Lorde y Lana del Rey. Su voz es casi un susurro que fluye con una naturalidad inigualable sobre beats electrónicos minimalistas que por momentos invitan a la pista de baile y otras veces llevan a un trance profundo.

En 2017 compiló todos sus singles y editó el EP Don’t Smile at Me, donde además de éxitos como el mencionado “Ocean Eyes”, “Bellyache” y “Copycat”, se destacan “&Burn”, una colaboración con el rapero Vince Staples, y “Party Favor”, su canción más orgánica, en la que acompañada por un ukelele y un xilofón abandona a un chico dejándole un mensaje de voz. Como corresponde en tiempos de WhatsApp, canta: “Para cuando recibas esto, tu número de teléfono ya va a estar bloqueado”.

A pesar de su ascenso meteórico, con récords en Spotify –llegó a ser la tercera más escuchada en todo el mundo–, treinta millones de seguidores en Instagram y recitales en lugares cada vez más grandes, se tomó dos años para grabar su primer álbum. When We All Fall Asleep, Where Do We Go?, editado en marzo de este año, la convirtió en la primera artista nacida en este siglo en debutar en el puesto número uno de los charts de los Estados Unidos. Por si fuera poco, doce de las trece canciones del disco, junto a “Ocean Eyes” y “Lovely”, su colaboración con el cantante de R&B Khalid, estuvieron en simultáneo en el ranking de Billboard. Todo un hito para alguien de su edad.

Billie no sólo conquistó el mundo con su música sino que su actitud auténtica y un tanto irreverente funcionó como un imán para los adolescentes que vieron en ella un modelo a seguir. No necesitó hacer declaraciones polémicas para llamar la atención. Le basta con no sonreír en las fotos (“me hace sentir débil y pequeña”, confesó), teñirse el pelo de colores fuertes y vestirse como un rapero. Su outfit consiste en ropa muy holgada con estampados de gran tamaño y colores estrambóticos. ¿La razón? No dar lugar al prejuicio. “Nadie puede opinar sobre mí porque no pueden ver qué hay debajo de la ropa y afirmar si soy flaca o gorda.”

Lo otro que la distingue de otros artistas de su generación es que no necesitó un ejército de productores y compositores para triunfar. Es ella quien escribe las canciones junto a su hermano, que también oficia como productor. Sus primeras grabaciones las hicieron en su dormitorio y no necesitaron mucho más para que When We All Fall Asleep, Where Do We Go? se convirtiera en el disco del año.

En su álbum debut, Billie Eilish describe un mundo que tal vez sea demasiado complejo para una adolescente de 17 años: rupturas amorosas, relaciones conflictivas, fobias, trastornos mentales y adicciones son abordados por la joven tomando elementos del cine de terror, la narrativa gótica y el rock emo. En cuanto al sonido, sus canciones fusionan diversos géneros de música electrónica con el soul y el R&B, con una clara influencia del hip-hop, en especial en las bases y los arreglos.

El concepto que gira alrededor de When We All Fall Asleep, Where Do We Go? es el de la somnolencia y todo lo que sucede durante el sueño… o las pesadillas. De ahí el título “¿A dónde vamos cuando nos quedamos dormidos?”. Ya desde la portada del álbum la joven cantante deja en claro que su propuesta musical no será un viaje apacible. Se la ve sentada en la cama recién levantada, en penumbras, con los ojos en blanco y una cara de poseída que recuerda a la de Linda Blair en El exorcista.

“Bury a Friend”, uno de los hits del disco, está cantado desde la perspectiva del monstruo que vive bajo su cama. La canción no se queda en la fantasía infantil sino que termina reflexionando acerca del suicidio adolescente. “Enterrar a un amigo, quiero terminar conmigo”, canta con una catarata de frases que golpean como el rap más audaz, pero que en su voz etérea suenan como una ola helada de R&B que da piel de gallina.

“Wish You Were Gay” es su forma particular de ver el fracaso de una relación. Billie preferiría que su novio le confesara que no quiere estar con ella porque le gustan los hombres a que la deje porque no es su tipo. En “Bad Guy”, en cambio, insinúa que puede ser más ruda que cualquier varón: “Puedo poner triste a tu mamá, volver loca a tu novia y seducir a tu papá”, advierte, haciendo el papel de chica mala.

“My Strange Addiction”, con sus samples a la versión estadounidense de The Office, es un pequeño viaje al pasado (Billie se declaró fan del programa a pesar de que tenía alrededor de 10 años cuando dejó de emitirse), mientras que la densidad del bajo industrial de “You Should See Me in a Crown” remite a la música electrónica alemana y podría encajar perfectamente en la banda sonora de Dark, la serie de Netflix de origen teutón.

En contra de lo que está sucediendo en el pop actual, donde prevalecen los sencillos, Eilish pensó su primer trabajo como una obra completa. Las canciones se van hilvanando a través de pasajes incidentales de diálogos y efectos de sonido para formar una nube gris llena de angustia adolescente que culmina en “Goodbye”, una composición que, construida con una línea de cada canción que la antecede, cierra el álbum de la misma forma en que empezó: con Billie Eilish proclamándose como la chica mala (“I’m a bad guy”).

A esta joven artista la fama le llegó demasiado rápido. Mientras que otros están años tocando en innumerables escenarios para ganar reconocimiento y los sellos invierten millones en crear a los nuevos fenómenos musicales, a ella le bastó con subir una canción a internet. Es cierto que ya está sintiendo el peso del éxito –fue acusada de querer sacar provecho del síndrome de Tourette que padece y sufrió depresión–, pero ya se ganó el respeto de grandes músicos, como Elton John y Thom Yorke, el vocalista de Radiohead. Dave Grohl, líder de Foo Fighters, comparó la sensación que produce su música con lo que generó Nirvana en los 90.

Billie Eilish es, sin duda, la chica del año. Todavía tiene toda una carrera por delante, pero sin siquiera haber cumplido la mayoría de edad puede decir que encontró una nueva forma de hacer música, fresca e innovadora, que está llevando al pop a una nueva dimensión.

“Billie no sólo conquistó el mundo con su música sino que su actitud auténtica y un tanto irreverente funcionó como un imán para los adolescentes que vieron en ella un modelo a seguir.”

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