Cada vez que los hermanos argentinos pisan el país, comienza una verdadera revolución. En 2017 llegaron para el estreno de It, la película de terror más taquillera de la historia, y ahora vuelven para presentar, ya no en silencio, la segunda parte del éxito.


Cada viaje a la Argentina los vuelve a conectar con amigos y familia, con recuerdos, con su idioma, con detalles que luego, como en el caso de It: capítulo 2, se concretan en un cameo del propio Stephen King tomando mate, o en la posibilidad de que compañeros de ambos, como Nikolaj Coster-Waldau, protagonista de la primera película que desarrollaron juntos, Mamá, y una de las figuras de Game of Thrones, se fanatice con el país y sus costumbres y transmita el amor que ellos le han ofrecido y proclamado.

It fue un fenómeno que rápidamente posicionó a los Muschietti en lo más alto de la industria de Hollywood: la historia de los “losers” del pueblo de Derry intentando aniquilar al siniestro e icónico payaso creó un star system de niños que luego supieron conseguir papeles en otras producciones, además de impulsar proyectos, alianzas y sueños, como aquella versión live action de Robotech que Andy promete hacer en algún momento, o la reciente confirmación de producir una nueva adaptación de King, Carretera maldita, con Pablo Trapero a la cabeza.

Recientemente incorporados en la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas, que otorga los premios Oscar cada año, los hermanos Muschietti ya son parte de la farándula estadounidense: Andy mantiene un romance con la estrella Amber Heard, mientras que Bárbara se afianza como una de las productoras latinas más importantes, conformando, junto a Victoria Alonso en Marvel, la avanzada femenina argentina en el cine y el entretenimiento.

El Planeta Urbano accedió a dialogar en exclusiva con los hermanos, recién llegados al país en plan promocional de It: capítulo 2, protagonizada por Jessica Chastain, James McAvoy, Bill Hader y Jay Ryan, entre otros, y con participaciones emblemáticas, como la del director Xavier Dolan.

–¿Cómo es volver al país con este tipo de proyectos? ¿Cómo lo ven?

Andy Muschietti: –Estamos muy contentos. Más allá de la situación, que nunca es la ideal, porque nunca la Argentina está en una situación ideal por todo lo que ha pasado y pasa, es muy agradable volver. Tenemos amigos, la familia acá.

Bárbara Muschietti: –Es muy emocionante también porque en ningún lugar nos quieren ni nos tratan como acá. Quizás nosotros, al ser argentinos, sentimos más el cariño. Acá la gente quiere que nos vaya bien y que siga el crecimiento.

–Cuando se fueron del país, ¿imaginaron que podía pasar esto, más allá de que regresan con este monstruo inmenso que es It?

A. M.: –No, nosotros siempre quisimos hacer películas, pero nunca de estas dimensiones. Lo de Hollywood no lo pensás. Tal vez más de joven lo soñabas, pero en realidad el sueño pasa por ver cómo hacer una buena película. Hollywood fue una consecuencia del trabajo que estábamos haciendo.

B. M.: –El paso entre no haber hecho una película y hacerla es tan inmenso y abismal que todo el foco está en eso, y nosotros tuvimos la fortuna de poder hacer una película relativamente grande, aunque para los Estados Unidos era un “porotito”, pero grande para la Argentina o España. Se abrió la oportunidad de hacerla en un idioma que pudiera tener un lanzamiento universal y en ese sentido tuvimos mucha suerte, pero la hubiéramos hecho igualmente con un porcentaje mínimo del dinero que tuvimos.

–¿Es difícil hacer películas cuando la vara está tan alta? Con la primera It crearon un micro star system de figuras infantiles que llenan las Comic-Con, y ahora trabajan con un gran cast de actores adultos.

A. M.: –No, no sentimos la presión, porque si bien la vara está alta, es más fácil llegar. El cast que tenemos es de actores que querían estar en la película, así que la calidad de esta propuesta es resultado de la primera. No tuvimos que pelear por un montón de cosas para la segunda.

–¿Hubo continuidad de rodaje entre la primera y la segunda parte?

B. M.: –No, fueron dos años, porque hubo que escribir el guion y preparar la segunda película. Sobre la presión creo que ayuda mucho que seamos dos, es algo que ni siquiera hay que hablarlo, nos protegemos mutuamente, y cuando hay algo externo que nos molesta, lo charlamos y la presión se va. Igual, vaya bien o mal, vamos a seguir protegiéndonos y haciendo películas.

A. M.: –A nivel producción, creo que hubo menos presión en esta que en la primera. En el sentido de que tuvimos un presupuesto mayor, el guion tenía más páginas, porque la historia era más grande, el trabajo con el guionista fue mayor, tuvimos casi 150 páginas.

B. M.: –163.

A. M.: –Todo se hace más grande, pero sabíamos que había más presupuesto y que el estudio era más generoso.

B. M.: –Pero cada centavo hay que pelearlo, no es que vas y le decís “ahora firmame el cheque”.

A. M.: –Desde el punto de vista más creativo, yo no sentí presión externa. La primera y esta tienen mucho que ver con mis emociones personales al leer el libro de niño y ahora de adulto. Al realizar la adaptación te encontrás con tu propia versión y seguís tus instintos, porque además el libro tiene muchos seguidores y fanáticos que quieren, cada uno, ver las cosas a su manera, tienen sus capítulos favoritos, y si te ponés a escucharlos, te dispersás. Esa no fue una opción, porque yo soy fanático de It y de Stephen King y el camino era bastante claro para mí. Sólo tuve que mirar hacia dentro y ver qué era lo importante.

–¿Creen que ayudó en sus carreras el hecho de que trabajan juntos?

B. M.: –Yo me fui del país cuando tenía 18 años, estudié afuera, estuve trabajando primero en los Estados Unidos y luego en Inglaterra, aunque siempre supe que quería trabajar con Andy. Estuvimos diez años separados. Él hizo la carrera de cine aquí, y después volver a estar juntos ayudó, porque no sólo es complicado vivir solos afuera, sino que el negocio es muy duro. Es un negocio tremendo, y tener a alguien al lado en quien confiás al cien por ciento es impagable. Se da mucho de duplas de hermanos trabajando en la industria.

–Y además se da mucho más en el cine de género.

B. M.: –Sí, son traumas de familia que van saliendo (risas). Conocemos, por ejemplo, a los hermanos Russo, una familia de tanos de Ohio que son divinos; los conocés y no podés creer que hayan creado esos monstruos a gran escala. Ellos, como nosotros, siguen manteniendo sus vínculos y sus raíces, lo que no se va a evaporar cuando a una película le vaya mal en la taquilla o haya un escándalo mediático.

–¿Fue más difícil el trabajo de dirección con los actores adultos?

A. M.: –Fue más racional, porque con los niños era más visceral. Eran pibes de doce, trece años, ni siquiera adolescentes, que al tener buena onda se hicieron rápidamente amigos. Eran una bola de energía rebotando contra las paredes, y eso no lo podés estimular: sucede o no. Con los adultos se da la química o no, así que la comunión fue más racional. No organizamos tareas, pero sí durante los ensayos y las actividades sociales queríamos que se conocieran y que se hicieran de a poco más cercanos. Dirigir niños es más fácil, aunque muchos dicen lo contrario: a los niños les decís que hagan algo y lo hacen; los adultos tienen más preguntas y tienen compromiso para hacer un mejor trabajo, piensan en la historia y sus personajes.

B. M.: –Tienen 27 años más de “bifes”.

A. M.: –Claro, tienen las experiencias, buenas y malas, por eso a veces se protegen. Tienen ideas y las traen. Como director debés calibrar entre qué es importante para él y también para vos. No hay discusiones, pero sí conversaciones para llegar al punto que uno quiere como director.

–¿Cómo imaginaron la película siendo fieles a sus ideas sobre el género pero sabiendo que hay un público infantil/adolescente que es fanático de la saga?

A. M.: –En los Estados Unidos tiene calificación R, y acá sólo es apta para mayores de 16 años; no es una película creada para niños. Soy director de cine de terror porque a mis siete años vi películas de terror que tal vez no tenía que ver, pero que me impactaron de una manera muy fuerte. Nuestros viejos, por alguna cuestión, nos dejaron ver ese cine.

B. M.: –No lo celebraban, pero lo permitieron.

A. M.: –Los sábados a la noche estaba el ciclo “Viaje a lo inesperado”, con películas de género, y ver eso me hizo bien. Me traumatizó un poco, pero me hizo adicto a tener miedo y verlas otra vez. Tal vez acá funcione de esa manera con los niños, y ellos encuentren algo que los adultos no.

B. M.: –Es una realidad, además, que hoy en día, no sólo en la Argentina sino en todo el mundo, los chicos ven una gran cantidad de violencia real, que puede aparecerte a la vuelta de la esquina. Ver una película en la que los chicos se unen para derrotar al monstruo y lo logran es increíblemente inspirador y válido. En ese sentido, creo que más allá de que haya momentos de suspenso y miedo, el mensaje de la película es que la unión hace la fuerza. Es importantísimo, si lo ven chicos, relativamente chicos, es mucho mejor que encender el noticiero y enterarte de todo lo que está pasando.

–¿Cuál es la escena que, como director y productora, más disfrutaron?

A. M.: –Ella, cuando terminamos (risas). Tuvimos un día difícil en la cantera, cuando todos nadan, momento culminante en la película con mucho impacto emocional. No nos poníamos de acuerdo, y uno de los actores decía que no podía. Creo que la que más disfruté es la del restaurante chino, que es cuando todos los losers se juntan; había un nivel de improvisación que estaba estimulando y funcionaba parejo. Ahí me di cuenta de que la película podía funcionar y que el cast, el ensamble, estaba bien.

B. M.: –Yo tengo muchas escenas: Jessica con la señora, la escena de la alcantarilla… pero la que más me gusta es la de Richie adulto con Pennywise colgando. Fuimos a ver el ensayo un domingo, y era el cumpleaños de Andy, estábamos lejos, a dos horas del lugar. El día del rodaje, verlo a Bill Skarsgård colgando fue un sueño absoluto. Además, es la escena favorita de Stephen King.

“Lo de Hollywood no lo pensás. Tal vez más de joven lo soñabas, pero en realidad el sueño pasa por ver cómo hacer una buena película. Hollywood fue una consecuencia del trabajo que veníamos haciendo.”