Instalado en España desde hace varios meses, el actor argentino es una de las incorporaciones en el hit de Netflix, La casa de papel, en donde encarna a Palermo, un personaje clave en el equipo de delincuentes que, esta vez, irá por el Banco de España.


El carismático actor, que supo deslumbrar como Ricardo en Okupas, la serie que revolucionó la manera de hacer y pensar la televisión; en películas, como Diarios de motocicleta, Crónica de una fuga y Camino a La Paz; en programas como El puntero; en teatro, y en música, con su grupo El Yotivenco, volvió al país para promocionar la nueva temporada de La casa de papel, y El Planeta Urbano pudo dialogar en exclusiva con él.

–¿Cómo es participar de la serie del momento?

–No sé si es la serie del momento, pero sí que tiene muchos fanáticos y se ha masificado en el último tiempo. Es la serie más vista de Netflix no sólo de habla hispana, sino de todas las que existen en la plataforma. La sensación que tengo ahora es de cansancio (risas).

–¿Cansado por estar de gira promocional?

–No, el proceso es largo. Empecé a filmar en diciembre y todavía no terminamos. Nunca me había pasado, es duro sostener un rodaje de ocho meses, por el rodaje en sí, por la forma de filmar. Jesús Colmenar, el director, emblema de La casa de papel, es muy intenso, saca lo mejor de uno, y la sensación también es un poco onírica, esto de estar en otro país durante tanto tiempo filmando con todos estos personajes, con una factura técnica impecable. Antes, quizás, la serie estaba más condicionada, porque al ser para la televisión pública española debía gustar tanto a niños como a abuelos. Ahora, en cambio, trabaja sobre un target mucho más específico.

–Vivimos en la era de oro de las series. En nuestro país, participaste de muchas, y en particular con Okupas abriste el juego a grandes producciones. ¿Qué cambios ves en la industria del entretenimiento?

–El cambio más drástico se está dando ahora, más allá de algunas coyunturas nacionales e internacionales que favorecen la producción. Pero acá en los últimos años se perdió muchísimo la producción de ficción, se importan latas, eso baja el ritmo de trabajo, con políticas que favorecen esto. Yo las responsabilizo directamente. Hace un tiempo, el cine argentino producía entre 200 o 300 películas por año; este año vamos tan sólo quince. Y además de esto, está Netflix, que es algo global, y las productoras terminan asociándose, como hace Adrián Suar con Turner y HBO. Netflix produce cantidades increíbles de contenidos, series, programas, televisión, adquiere contenidos, todo pasa por ahí. Es maravilloso cómo los tiempos cambian, se generan trabajos, pero hay que estar atentos.

–Las reglas cambian y también la manera de ver los contenidos. Una película en cine puede tener pocos espectadores pero tal vez en una plataforma online es un éxito.

–Evidentemente todo está cambiando muy rápido. Para uno que es más romántico y que concibe al cine como séptimo arte, eso de sentarte frente a la pantalla gigante, y esa atmósfera, la colectiva que se armaba en la sala, el ruido del celuloide (imita el sonido)… toda esa mística está muriendo. El cine que sobrevive es el mainstream, superhéroes, y habrá que ver cómo evoluciona el arte, porque el entretenimiento ya sabemos. Estas plataformas albergan acontecimientos como Roma, que también se ven en cine, pero, sabemos, es un público acotado. Está cambiando la forma de ver y consumir y no me resigno a seguir intentando otras cosas.

–¿Con la música encontrás la liturgia del contacto con el público?

–Evidentemente en cine se está perdiendo, pero en el teatro y en la música va a seguir existiendo. Yo necesito ese contacto, por una cuestión sensible, siento que ahí están el verdadero oficio y la batalla del actor y el músico, independientemente de que me gusta intercambiar cosas con personas. Ese contacto me parece vital y necesario y siempre voy a volver. Por eso me da bronca que en el cine se haya perdido.

–El año pasado presentaste El lobista, que tuvo más repercusión en plataformas que en el aire.

–Sí, fue el programa más visto de Flow, porque si tenés todos los capítulos un día ya no esperás al día de emisión para verla. O esto que va a pasar con La casa de papel, el trabajo de ocho meses, con 150 compañeros, lo van a ver en un par de días nada más.

–Viendo la temporada, tu rol, Martín Palermo, es de un protagónico clave, no sos uno más. De hecho, en esta ocasión es el primero que se pone el mameluco característico de los personajes.

–Sí, el rodaje fue muy intenso, porque la narrativa es muy técnica y precisa. Yo soy un narrador más caótico, de caos narrativo para que emerja lo que quiero proponer. Acá Damián Szifrón es el único que trabaja con ese nivel de puntillismo, y por eso al principio me costó adaptarme, pero a las tres semanas estaba como pez en el agua.

–¿Cómo fue el trabajo con los compañeros?

–Muy bueno, la verdad, me sorprendieron, porque me recibieron con mucho cariño, con muchas ganas de que esté, yo era el agradecido. Hay una cuestión idiosincrásica, diferencias, pero en Madrid te sentís como en casa, no te excluyen, sos uno más enseguida. Hay buen vínculo con España a nivel humano, hasta tengo amigos allá.

–Tenés pendiente el estreno de Al acecho, de Francisco D’Eufemia.

–Sí, una propuesta muy buena. Yo iba a estar en su película anterior, Fuga de la Patagonia, que codirigió con Javier Zevallos. Cuando veía el guion, tan bien escrito y que lo iban a filmar ellos mismos, quería estar. Por suerte me ofreció su segundo guion: es un western criollo en el Parque Pereyra Iraola, con cazadores furtivos. Es una película de tres semanas de rodaje. Antes acá todas eran de ocho semanas, esto no existía, e incluso sé que hay gente que está haciendo unas de dos semanas.

–¿Cómo sigue tu año de trabajo?

–Ahora se estrenó la tercera temporada, pero vuelvo a España a terminar la cuarta, hasta septiembre voy a estar allá. Por ahora no tengo otros proyectos en concreto. Se estrena Al acecho, y me gustaría estar para el estreno, y si no, que me esperen, porque tal vez hasta conviene, porque hoy comercialmente es complicado. Cuando vuelva acá activo a El Yotivenco. También voy a hablar con Pompeyo Audivert para hacer algo juntos, porque él es uno de los que más han contribuido a desarrollar un lenguaje con identidad nacional teatral con mucha hondura, y haber hecho con él y adaptado juntos El farmer, de Andrés Rivera, y coactuar con él fue muy importante.

–¿Qué buscás en los proyectos que aceptás?

–Que tengan un corazón o algo donde yo pueda vibrar también. Hay veces que uno labura, pero uno busca esa esencia, estar en contacto con algo profundo y que pueda conmover o invitar a la reflexión sobre algunas cuestiones, eso es lo ideal. A veces sucede y otras no.

–Vamos a hacer fuerza para que Okupas llegue a Netflix o a alguna plataforma.

–Hay problemas legales muy graves, es una pena, por derechos, porque Ideas del Sur ahora pertenece a Cristóbal López, además hay muchas marcas mencionadas, porque era casi documental, hay música de The Doors… Paso por el Pasaje del Carmen y miro y me acuerdo: a mí Okupas me cambió la vida, hay que rescatar eso, porque la calidad de lo que veo subido a YouTube es malísima, se podría recuperar. Hay un tema de no preservación de los materiales, pasa también en la música, en el cine, se ha perdido mucho patrimonio cultural. A nivel fonográfico, la era de oro del tango, del chamamé…
Tendría que existir un organismo estatal que lo preservara, con una perspectiva.

“El elenco de la serie me recibió con mucho cariño, con muchas ganas de que esté, yo era el agradecido. Hay una cuestión idiosincrasia, diferencias, pero en Madrid te sentís como en casa, no te excluyen, sos uno más enseguida. Hay buen vínculo con España a nivel humano, hasta tengo amigos allá.”