De un tiempo a esta parte este concepto ha logrado convertirse en una verdadera declaración de un estilo de vida que prioriza la existencia puertas adentro como una manera simple y económica de lograr el bienestar personal.


Se sabe: permanecer puertas adentro anidando es una elección para quienes buscan priorizar el bienestar personal. En los últimos años la costumbre se ha transformado en tendencia entre las nuevas generaciones de solterxs de las sociedades modernas y ahora tiene nombre: nesting. Quedarse en casa haciendo nada es la opción que la mayoría de lxs jóvenes de más de treinta años que no conviven elige como bandera. Como una declaración de principios (imposición, en temporada de crisis), quedarse en casa ya no se cuestiona.

No se trata de la idea del hogar como eje de toda una corriente literaria, como objeto de análisis psicológico, como debate filosófico o metafísico sino como un modo de vida. Disfrutar de una novela –o de un maratón de series–, jugar videojuegos, cocinar, pasar horas en las redes o bordar son los verdaderos planazos de hoy. Debutamos masivamente en los 90, al abrazo de la globalización y los deliverys. Películas y programas de televisión alentando y educando a la sociedad occidental para perfeccionarse en su estadía sobre el sillón.

Sin embargo, llegamos a estos días con errores siderales pero también con destellos de genuina lucidez: la sociedad danesa, por ejemplo, que suele encabezar los rankings mundiales de felicidad año tras año, hace del nesting un estilo de vida. De hecho, considera que es el puntapié del concepto de hygge, que alude a acoger y sentirse acogido y es para ellxs el secreto de su felicidad sostenida en el tiempo. Parece que finalmente habrá que elegir. Quedarse en casa sin hacer nada no es algo malo pero viene en dos versiones: la más ecofriendly y la más techie. Porque una cosa es ecualizar la agenda para no alienarnos demasiado y otra es protagonizar un capítulo de Blackmirror.

La cultura del ocio existe. Es un conjunto de patrones desarrollados en las sociedades industriales del siglo XX como respuesta a la gradual aparición de la burguesía como nueva clase social a partir de la reducción de la jornada laboral de lxs trabajadorxs. Qué puede salir de todo esto es algo que ya sabemos desde las culturas originales hasta el relato de la Inglaterra victoriana que supo bien cómo aprovechar “el tiempo libre”.

Nesting padece en la actualidad su nueva versión; viene de “nest”, en inglés, que significa “nido”. Un lugar que, según el mandato de la tradición familiar occidental moderna, se abandona para construir otro propio, en la mayoría de los casos, en pareja y así sucesivamente. Sin embargo, durante ese lapso metafísico que atraviesan quienes viven solxs hasta que terminan conviviendo y demás (no importa los motivos en esta nota), tiene su mapa y su territorio. “Me gusta mi casa. Me gusta pasar tiempo acá sin presiones ni obligaciones. Tengo la suerte de contar con un lugar en el que estoy cómoda y lo honro habitándolo”, dice Laura (34), operadora de radio. Trabaja más de ocho horas por día pero asegura que, si trabajara menos, también elegiría quedarse en su monoambiente del barrio de Almagro. Lo mismo dice Fabrizio (32), empleado de un banco al que llega a su escritorio todas las mañanas en el Subte D: “De día o de noche, mi casa siempre está disponible. De hecho, mis amigos tienen copias de las llaves y saben que cuentan con un lugar”.

El mercado lo sabe y responde: la tentación de imitar a las revistas con preciosos objetos de diseño para comprar hasta el hartazgo y la comodidad de resolver cualquier indicio de necesidad o aburrimiento desde el celular son ejemplos fieles. Hasta hay marcas de ropa que lanzaron colecciones especiales para usar en casa (homewear): pijamas de autor que quedan divinos con cualquier tapado y un buen par de zapatillas. Mención especial merece Netflix –el permitido global– y su invaluable precuela Cuevana (atentxs, que sigue en perfecto funcionamiento); Spotify; a todo volumen cuando limpiamos u ordenamos el placard; el crisol de redes sociales para explorar hasta el amanecer. Nos comunicamos, nos educamos, nos informamos y nos expresamos a través de internet yacientes sin límites debajo del acolchado. Demás está decir: la falacia del homeoffice no aplica pues estamos hablando de no hacer nada durante horas. El cansancio cotidiano sí tienta cuando el plan de la noche arranca a las 23. Y la economía. Y el frío.

Tal vez es así y el momento de mayor libertad del cual la especie humana pueda gozar quizás sea pasar el tiempo –“el dinero es tiempo”– haciendo nada productivo en el rol que ocupamos de la cadena de producción que mueve al mundo. Mirar por la ventana, caminar por el barrio, leer sobre el pasto, tener sexo, dibujar: ¿quién puede gobernar el deseo, la intimidad?

Quedarse en casa haciendo nada es la opción que la mayoría de lxs jóvenes de más de treinta años que no conviven elige como bandera. Como una declaración de principios, quedarse en casa ya no se cuestiona.

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