Por qué fue el año más importante de la cultura pop. El último envión del siglo XX… que se inventó todo el XXI.


La sensación de estallido estaba ahí, recorría nuestro interior como esos virus mutantes que aparecían en las primeras películas de Cronenberg. Después del 99, el terror podía apropiarse de las computadoras poseídas por el Y2K, un error de software que omitía el cambio de milenio en el almacenamiento de fechas.

Si la PC enloquecía como HAL en 2001, lo importante era que el cable siguiera funcionando. El año anterior había terminado Seinfeld y si eso no fue el fin de una era yo ya no sé qué decirte, amigo. Por aquel entonces, E! Entertainment no era el hogar de las Kardashian sino el de Steve Kmetko y Jules Asner, E! News no se ocupaba de instagramers sino de actores y A. J. Benza nos deleitaba con su detective de cabotaje en el mítico Mysteries and Scandals. Jorge Rial lo imitaba usando el mismo impermeable; nuestras reversiones suelen ser insuperables.

Los kioscos rebasaban revistas importadas y las comprábamos. Ted Casablanca llevaba su columna “The Awful Truth” desde las páginas de Premiere hasta la televisión; “hay un cantante que tiene mucha ‘loca’ en su vida”, decía con cierta risita torcida. Ricky Martin desembarcaba en el mercado estadounidense y no era fácil livin’ la vida con una falsa novia y el clóset repleto de muñecos. La patada en la puerta del armario no era una opción; si no, pregúntenle a Kevin Spacey, que ya pensaba en su potencial Oscar por Belleza americana y contrataba a una empleada para hacerse pasar por su mujer y agradecerle la estatuilla.

En el clóset se estaba “bien calientito”, diría Cartman años más tarde en un formidable capítulo de South Park, en el que Tom Cruise y John Travolta se niegan a salir del placar, pero esa ya es otra historia. Kenny murió, y la incorrección política también.

Quizás las señales del fin de la civilización habían empezado conjuntamente con el inicio de la década, cuando el psicópata americano Patrick Bateman bramaba su “tengo que devolver unos videos” y su máscara de cordura estaba a punto de caer. A fines de los 90, Netflix se llamaba Blockbuster y el streaming era ir todos los fines de semana a buscar las películas que siempre ya se habían llevado otros clientes más afortunados. Pero estaba MTV y podías ver a los Beastie Boys cantando “Sabotage” desde Glasgow o a Britney sacudiendo sus pompones. Trencitas, medias bucaneras, uniforme escolar y ombligo al aire. Hit me, baby, one more time. Por aquel entonces, el calentamiento global era eso.

El 99 fue un particular año musical. Blink-182 nos hizo creer que existía un nuevo punk en la costa oeste con Enema of the State y su enfermera dragqueenesca en tapa; Gwen Stefani seguía cantando “Don’t Speak” desde el 97, pero ahora con el pelo teñido de rosa; Californication asomaba su sexualidad sinuosa y oscura mientras los Red Hot se paseaban con modelos prendidas a sus pantalones; Korn traía el metal rabioso aferrado a ese muñeco de trapo tuerto que saludaba desde la portada en su disco Issues; el único trap que conocíamos era Cuca Trap, y The Notorious B.I.G. la rompía con Born Again… aunque había muerto dos años antes. “Live and Let Die” habían cantado los Guns en el 91, la vieron venir.

Por estos lares, Andrés Calamaro sacudía el fin de la década con su álbum doble Honestidad brutal y yo le daba como loca al rewind de aquel pasacasete que tenía mi Ford Taunus hasta que gasté la cinta. Clonazepán y circo.

La industria farmacéutica tomaba por asalto cuerpos y pantallas. El informante se enfrentaba al Goliat de las tabacaleras porque Michael Mann estaba tras la cámara y Russell Crowe se la bancaba. El entrañable enfermero que encarnaba Philip Seymour Hoffman en Magnolia confiaba más en la piedad y en las revistas porno que en los analgésicos, y Neo tenía que elegir entre la pastilla roja y la azul. Darse la cabeza contra la realidad o vivir narcotizado en la Matrix, ese era el dilema. En aquel momento, las hermanas Wachowski no se llamaban Lana y Lilly sino Larry y Andy. La sociedad optó por la ficción azul de las redes sociales, ellas por el rojo carmesí de la identidad trans. El único que está igual es Keanu Reeves, tan joven en la tercera entrega de John Wick, recién estrenada, explicame eso.

Y ya que estás, hablame de empoderamiento mientras Nicole le confiesa a Tom que una mujer es capaz de cualquier fantasía gozosa aunque elijas tener los ojos bien cerrados. El deseo puede palpitar su momento debajo de los pétalos que cubren a una adolescente en Belleza americana, esconderse bajo la cama cuando un niño ve gente muerta con su sexto sentido o convertirse en violencia desatada mientras Tyler Durden estrella jabones contra el sistema en El club de la pelea. El infierno es el otro, el ciudadano común con el que compartís cuerpo y mente. Puede ser el oficinista que encarna Edward Norton o el titiritero loser que encuentra un camino hacia la mente de un actor. ¿Quieres ser John Malkovich? Pensalo. Mientras tanto, el televisor del 99 repite sin cesar la canción de Bob Esponja, Patricio Estrella sabe que nada volverá a ser lo que era y Tony Soprano se apropia de algo que “no es televisión, es HBO”. Su mundo brutal, salvaje y conflictuado terminará en unos años con la pantalla fundida a negro, pero todavía no lo sabe. “Volveré y seré maratoneado”, creo escuchar la voz de Gandolfini entre sueños. Dejé el celular prendido, escroleo, tiro tres likes y vuelvo a dormirme, mañana yo también tengo que devolver unos videos.

A fines de los 90, Netflix se llamaba Blockbuster y el streaming era ir todos los fines de semana a buscar las películas que siempre ya se habían llevado otros clientes más afortunados.