Además de Woodstock y la llegada del hombre a la Luna, 1969 sentó las bases de un experimento increíble que tenía como meta final transferir datos de una computadora a otra. A cinco décadas de aquella revolución, hoy resulta imposible pensar al mundo sin internet, la red de redes que sueña un futuro de otro planeta.


En el otoño de 1962, Joseph Licklider, profesor de Psicología en el Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT), desembarcó en el Pentágono para organizar la Oficina de Técnicas de Procesamiento de la Información, un esfuerzo de ARPA (la unidad del gobierno estadounidense para potenciar iniciativas tecnológicas) por financiar investigaciones sobre computación. Lo había inspirado el Proyecto Lincoln: una red de la Fuerza Aérea para alertar sobre posibles bombas nucleares de la URSS. El sistema, que permitía rastrear 400 aviones al mismo tiempo, fue el primero que logró que las computadoras transmitieran datos mediante líneas telefónicas.

Pero Licklider estaba obsesionado con el factor humano. Llevaba años dando charlas sobre un proyecto similar, aunque enfocado en promover el poder de la mente. Las computadoras de esos “centros de pensamiento” trabajarían en tiempo real sobre bibliotecas que cubrieran cualquier asunto imaginable. El profesor empezó a proyectar su visión cuando las computadoras todavía eran mastodontes que ocupaban toda una habitación y costaban cientos de miles de dólares.

Otros pioneros se fueron sumando al proyecto. En la oficina de Robert Taylor, que dejó la NASA para dirigir la división de ciencia computacional de ARPA, había terminales conectada al MIT, a la Universidad de Berkeley y a la Corporación Rand, un think tank de las Fuerzas Armadas. “Eran instancias individuales de computación interactiva a través de tiempos compartidos”, explicó a la revista Vanity Fair. Para usarlas tenía que moverse de una terminal a la otra. Entonces surgió la idea obvia: ¿por qué no tener una sola, que se comunique a cualquier cosa con la que quieras estar conectado?

El 2 de septiembre de 1969 –el año de Woodstock y la llegada del hombre a la Luna– se conectó a un host de la Universidad de California el Procesador de Mensajes de Interfaz (IMP), el primer dispositivo que haría posible mandar y recibir grandes cantidades de datos. Fue el comienzo de Arpanet, la antecesora de la red como la conocemos hoy. Los nodos se fueron sumando, hasta que en 1974 se sentaron las bases de un protocolo de comunicación, el TCP/IP, que codificaría paquetes y direcciones de información comunes. Era imprescindible: como todos los informáticos estaban armando sus redes, había que unificar lenguajes.

Las condiciones para la masividad se fortalecieron en 1977, cuando Steve Jobs y Steve Wozniak lanzaron la Apple II, una de las primeras computadoras personales accesibles (1.200 dólares). En 1981, IBM presentó su competencia, la PC. A mediados de esa década, America Online empezó a desarrollar sistemas de chat y correo electrónico. “El mayor éxito –contó el ejecutivo Steve Case– fue convencer a los fabricantes de PC de poner los módems dentro de las máquinas”, algo que IBM hizo en 1989. El e-mail estaba listo para meterse en los hogares.

Mientras tanto, internet se expandía. La red más importante era NSFNet, disponible para los investigadores de todos los campus. De a poco se transformó en la columna vertebral del sistema. En 1991, el laboratorio de física CERN presentó la World Wide Web, una vasta estructura de vínculos entre documentos que habían desarrollado el científico británico Tim Berners-Lee y su colega belga Robert Cailliau. Así surgieron los navegadores: Mosaic, Netscape, Yahoo! y el omnipresente Explorer, de Microsoft.

A mediados de los 90, internet era parte de la vida cotidiana. En 1993 había 130 sitios; en 1996, 100 mil. Para 1998 había llegado a 50 millones de usuarios. En la década siguiente transformaría a la humanidad en forma irreversible. La red empezó a sentirse como una cadena de conmociones: Napster y la crisis de la industria discográfica, Google y su omnipresencia, los smartphones y las redes sociales, las fake news y la posverdad. A fines de marzo de este año, el sitio especializado Internet World Stats informó que ya hay 4.400 millones de usuarios, el 57% de los humanos. En la Argentina las cifras llegan a un sorprendente 93%, las más altas en Sudamérica.

¿Cómo lucirá la red en los próximos cincuenta años? Algunas tendencias del presente habilitan a proyectar hipótesis de futuro. La conexión será permanente y automática. La realidad aumentada se volverá más relevante: los próximos smartphones proyectarán la red sobre el mundo real, expandiéndose sobre lo que vemos. La “internet de las cosas”, que ya conecta autos y electrodomésticos, se extenderá a todos nuestros dispositivos.

Hay una certeza: todo cambiará demasiado rápido. Con la explosión de los algoritmos, los sistemas empezarán a autorregularse. Es uno de los principales temores de Elon Musk, el hombre que revolucionó la movilidad terrestre con la firma Tesla y espera hacer lo mismo en el espacio con SpaceX. Cuando deja de pensar en la rebelión de las máquinas, Musk cultiva el sueño de llevar internet a Marte. Si sus planes se cumplen, la primera colonia humana llegará en 2030. Esos hombres y mujeres podrán chatear con sus familias a 55 millones de kilómetros… y postear fotos que despierten la envidia universal en Instagram.

A fines de marzo de este año, el sitio especializado Internet World Stats informó que ya hay 4.400 millones de usuarios, el 57% de los humanos.

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